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Daniel Capó


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  • 29
    Abril
    2014

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    La hora del erizo

    A medio camino entre el pesimismo congénito y el optimismo alocado, España se despierta de su pesadilla todavía con la resaca del exceso. Los incentivos perversos reducen la movilidad social y deterioran las estructuras del país. El endeudamiento masivo y la mala asignación de recursos, una productividad estancada y el clientelismo político, la rigidez del mercado y unas instituciones dudosas..., esta pluralidad de motivos se podría leer en clave de manifiesto regeneracionista, si apeláramos a sus correspondientes antídotos: frente al endeudamiento, la estabilidad presupuestaria; frente al clientelismo, una política pública de la inteligencia. Como nación, una de las grandes cuestiones que nos afectan —leemos en La hora del erizo, que acaba de publicar la editorial Elba— es esa especie de escapismo histórico que conduce a no querer afrontar los problemas cruciales que nos afligen; dejándolos pudrir hasta que se enquistan, a la espera de que el paso del tiempo los disuelva. Sin necesidad de salirnos del marco democrático de estos últimos treinta años, tan exitoso por otros motivos, los ejemplos son innumerables: ¿cómo se explica la ausencia de una profunda reforma educativa que adapte la escuela a las exigencias del siglo XXI? ¿Por qué los famosos Pactos de Toledo no encararon a fondo la sostenibilidad de las pensiones, cuando el envejecimiento demográfico apuntaba desde hacía décadas en una única dirección? Los costosos planes de infraestructuras, financiados en gran medida por Europa, ¿respondieron a parámetros lógicos o a los intereses electorales y clientelares de los partidos? Es curioso observar que la notable mejoría en la calidad de vida de los españoles no ha implicado un incremento real en la productividad nacional ni la modernización de las estructuras industriales, más allá de algunos ejemplos notables en el sector de la exportación. Las piezas no encajan. O sí: cuando las dificultades se aparcan en pos del beneficio inmediato, los incentivos se pervierten y la sociedad se empobrece. Los grandes fracasos son consecuencia de errores de la inteligencia, nos advirtió con lucidez el historiador francés Marc Bloch.

    La sensatez, principio de la civilización, contrasta con el ruido de moscas que vicia cualquier tipo de debate sosegado. Provisto de una rara y exquisita cultura, figura pública ejemplar desde sus años de Secretario de Estado de Economía con el primer Pedro Solbes, Alfredo Pastor nos invita en La hora del erizo a huir de la batería de lugares comunes y análisis histriónicos para centrarnos en las cuestiones medulares que determinan la dinámica social y el horizonte de futuro. De fondo, la importancia de Europa, entendida como un imperativo moral que contrasta con los populismos del desengaño. Así, en este libro imprescindible, rige la prudencia frente a los cantos de sirena de la demagogia —o de la utopía— que se une a un acendrado sentido de la historia, capaz de discernir entre lo accesorio y lo esencial, entre la coyuntura y los cambios sustanciales. Ciñéndonos a la economía, lo peor probablemente haya pasado y, si nada se tuerce, España crecerá de nuevo a tasas razonables en los dos próximos años. Sin embargo, Pastor nos advierte de que la senda de la normalización no será breve ni cómoda: “El mayor obstáculo es, en este momento, la lenta degradación de toda nuestra sociedad, que se manifiesta, entre otras cosas, en una convivencia cada vez más ingrata. En el terreno político —el más visible, pero no el único— cuesta entender que los dos grandes partidos, que no tienen margen para proponer programas económicos o sociales muy distintos, se empeñen en desacreditarse mutuamente en lugar de aunar esfuerzos: ¡como si fueran unas elecciones y no el futuro del país, lo que está en juego! Esta táctica de enfrentamiento se contagia hacia abajo y provoca lo peor en momentos de peligro como éste: la desunión”. Sin duda, las heridas no se restañan en unos meses del mismo modo que el capital que una sociedad ha acumulado a lo largo de los años (y no hablo sólo del económico) se deshace como un azucarillo cuando se persiste en las decisiones equivocadas. La civilización tiene mucho más que ver con el respeto a unos principios que con los raptos ideológicos, por muy proclives que seamos todos a los partidos de turno. Y no les quepa duda de que entre la civilización, el desarrollo y el bienestar hay algo más que una relación casual.

     

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