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Daniel Capó


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  • 16
    Enero
    2013

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    La dansa de l’arquitecte

    Antoni Pizà es uno de esos raros y escasos intelectuales que ha dado Mallorca. Desde Nueva York, donde reside, sus artículos para Bellver constituyen un auténtico lujo que ahora recopila en ‘La dansa de l’arquitecte”

    Pienso que la inteligencia sería la cualidad que mejor resume la obra del musicólogo y colaborador de Diario de Mallorca Antoni Pizà. Le conocí a mediados de los noventa en la vieja sede del Instituto Cervantes de Nueva York, cuando él tendría treinta y pocos años y yo acababa de estrenar la veintena. La última vez que nos vimos fue una tarde de agosto en terraza frente al mar, donde habíamos quedado para tomar unas cervezas. Recuerdo que ese día hablamos de la poesía de Milosz y Joseph Brodsky, del archivo etnomusical de Alan Lomax —una de sus grandes pasiones— y de las memorias de Shostakovich —apócrifas o no—, editadas por Solomon Volkov. Hablamos del papel del mito en la biografía de los artistas y también de la cultura como una tentación que puede llegar a anular el alma. Es una idea que le he oído desarrollar repetidas veces y que, de entrada, sorprende en alguien como él, que ha hecho de su obra —compuesta por centenares de artículos, brillantes ensayos y gruesas monografías— el rostro de la ambición intelectual. Cuando yo estudiaba en Manhattan y charlábamos a menudo, me solía advertir de que el mayor riesgo de aquella ciudad consistía en su infinita oferta —las tres o cuatro óperas diarias; los conciertos sinfónicos, de cámara, de jazz; las exposiciones, las conferencias...—, ya que, si uno no lograba organizarse y domar la voluntad, nada llegaba a consolidarse en nuestro interior. Con el tiempo comprendí que, para Pizà, la pasión resulta indisociable de la disciplina y que sólo con el trabajo constante —el sentido del deber— se logra sedimentar la cultura. Esa misma tarde de verano le pregunté si, alguna vez, se había arrepentido de vivir en Nueva York. Me contestó que no. “Desde que era niño —añadió—, soñé con vivir en el país de la inteligencia. Y para mí Nueva York representa algo parecido a eso. Me considero un hombre afortunado”.

    La amenidad, el rigor y la lucidez de su mirada sobre el mundo de la cultura definen el libro que acaba de publicar Antoni Pizà: La dansa de l’arquitecte. En él se recopilan cerca de diez años de colaboraciones con el suplemento Bellver, en las que se constata la amplitud de sus intereses: George Steiner y The New Yorker, Björk y Lady Gaga, una retrospectiva de la pintura de Rauschenberg junto a la poética de W. H. Auden, la banda pop Antònia Font y Richard Wagner, el nazismo y la muerte de la ópera, según el filósofo Slavoj Zizek. Como indica Melcion Mateu en el prólogo, “Pizà pot començar parlant de Mahler i acabar parlant de Beyoncé, o començar parlant de Bob Dylan i acabar parlant de Glenn Gould, o començar amb Jerry Roll Morton i acabar finalment —elegant, però informal— amb Wittgenstein. Vet aquí la ductilitat del seu estil.” Por supuesto es una cuestión de estilo, aunque no sólo de estilo. En su conjunto, se trata de un libro de un vigor inusual entre nosotros.

    De la lectura atenta de La dansa de l’arquitecte se desprende la generosidad intelectual del autor, además de su ideal de libertad crítica, no sujeta a moda alguna ni a clichés; a veces irreverente o iconoclasta, pero nunca desligada de la conciencia. Tal vez lo que más admire en Antoni Pizà —de hecho, lo que más admiro en cualquier pensador— es que no haya cedido nunca a la idolatría de lo corrosivo, del relativismo o de la mentira. Y pienso que quizás también él se refiriera a eso cuando me dijo que la cultura podía llegar en ocasiones a anular el alma: una cultura, claro está, que se mueva entre el cinismo y la frivolidad, que no vertebre ni sedimente nada, que no sea capaz de cuestionar ni de cuestionarse, precisamente, porque ha olvidado el valor de la verdad.

     

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