Blog 
Las cuentas de la vida
RSS - Blog de Daniel Capó

El autor

Blog Las cuentas de la vida - Daniel Capó

Daniel Capó


Archivo

  • 08
    Enero
    2013

    Comenta

    Comparte

    Twitea

    La Corona

    En uno de esos cambios de humor habituales en España, hemos pasado de elogiar al rey a convertirlo en una diana. Si hasta hace unos meses se ponderaba la utilidad de la Corona, ahora, de repente, resulta un costoso anacronismo.

    Creo que, si a mi generación se le preguntara por la monarquía, la respuesta de muchos rayaría en la indiferencia. No debiera sorprendernos. ¿Qué sabemos acerca de la Corona, de su papel a lo largo de la historia de España o de su función en el actual modelo parlamentario? Como mucho, alguna que otra vaguedad. Por ejemplo, hemos oído repetidas veces que los españoles no somos monárquicos sino juancarlistas, que al rey le gusta la vela, que tuvo el acierto de poner en marcha la Transición o que es nuestro mejor embajador. Pero nadie nos explicó nunca —hablo del colegio, del instituto, incluso del acervo general— por qué la España moderna decidió constituirse en monarquía, ni qué puede aportar la Corona al presente y el futuro del país, ni cuál es su sustento intelectual. Quiero decir que mi generación —al igual, supongo, que las siguientes— se formó en el convencimiento de que la Historia era una realidad que pertenecía a los museos y a los planes de estudio, esto es: una estatua de mármol, un fósil, la fecha de una batalla cuyo nombre olvidábamos al momento, algún texto adaptado al gusto de los adolescentes... No sólo era eso, por supuesto, sino que, además, existía la prevención de las dos Españas, cuyos avatares inevitablemente se leían en clave maniquea: los Reyes Católicos, la Inquisición, la debacle de la Invencible y la leyenda negra, el Decreto de Nueva Planta, la pérdida de las colonias, Fernando VII y el odio a los afrancesados, las Guerras Carlistas, la Guerra Civil, el franquismo... En ese choque de legitimidades, la enseñanza de la Historia empezó a fragmentarse por autonomías, cayendo en un localismo identitario que buscaba reescribir ciertos mitos fundacionales. Pero lo grave no era exactamente eso —yo, al menos, lo viví sólo en sus inicios— sino la ausencia de un encuentro fructífero con la experiencia humana, tal como se ha transmitido a lo largo de los siglos. Me refiero a una educación de la memoria que nos hubiera ayudado a interpretar el presente desde una perspectiva menos sesgada por los vaivenes ideológicos.

    No creo que las cosas sean muy diferentes desde entonces. El escritor mallorquín Valentí Puig ha insistido a menudo en que la falta de un ensayismo serio y potente en nuestros días explica muchos de los males de España. Los debates sobre el fracaso de las instituciones, la reforma territorial o el futuro de la Corona adquieren con rapidez un sorprendente tono de prensa amarilla. En uno de esos cambios de humor habituales en nuestros país, hemos pasado del elogio juancarlista al tiro al blanco en televisión. Si hasta hace unos meses se ponderaba la utilidad de la monarquía, ahora resulta un anacronismo. Lo mismo sucede con la Constitución del 78, los funcionarios, el Estado autonómico, la jubilación a los 65 y así todo lo demás. Me parece bien, aunque me temo que con este tipo de reduccionismos no se vaya muy lejos.
    Lo cierto es que las naciones modernas necesitan instituciones sólidas, capaces de evolucionar con el tiempo sin perder el sentido de su articulación histórica. Durante siglos, la fortaleza de las formas —la separación de poderes, el respeto a la Ley, los plazos parlamentarios, el papel de los símbolos como elementos de cohesión— ha servido de contrafuerte ante los riesgos de la demagogia. Pensemos, por ejemplo, en el Reino Unido (frente a otras culturas de tendencia más revolucionaria): el reformismo dentro de los cauces de la tradición, la estabilidad y la moderación. En nuestro caso, la pregunta sería otra: ¿qué ha supuesto en términos de libertad, prosperidad y práctica democrática el reinado de Juan Carlos I? Y también, ¿qué saldríamos ganando si renunciásemos a la Corona? Probablemente nada.

     

    Denunciar
    Compartir en Twitter
    Compartir en Facebook