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Daniel Capó


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  • 20
    Agosto
    2013

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    La consagración de la primavera

    Hace cien años se estrenó el ballet más polémico del siglo XX. Esa “barbarie pueril”,
    como lo tildó la prensa francesa, presagiaba una nueva época

    El impacto de escuchar por primera vez una obra como La consagración de la primavera resulta algo difícil de olvidar. En mi caso fue durante el bachillerato, en un disco de vinilo que dirigía el mediocre Rafael Frühbeck de Burgos. Por aquellos años —sería a finales de los ochenta—, Leonard Bernstein explicaba a una orquesta de estudiantes que el auténtico sentido del ballet de Igor Stravinski se encuentra ligado al deseo sexual —subrayemos el matiz, al sexo más que al amor—, que adquiere todo su vigor cuando entra en contacto con las raíces primordiales de la naturaleza. Lo cierto es que el 29 de mayo de 1913 —hace ahora cien años—, el estreno mundial de La consagración de la Primavera en el Teatro de los Campos Elíseos causó un estallido de indignación tal que casi derivó en batalla campal. A lo largo de la representación se sucedieron los insultos dirigidos contra la orquesta, los silbidos, las risas, los puñetazos y los pataleos, junto a los aplausos de los partidarios de la vanguardia. En su crónica, el crítico de Le Figaro hablaría de una obra “pueril y bárbara”, mientras que The New York Times destacó que el teatro se había visto obligado a apagar las luces para frenar “las demostraciones hostiles” del público. Ya en nuestro tiempo, el mediático director venezolano Gustavo Dudamel ha asegurado que esta obra sólo puede ser concebida e interpretada desde la sonoridad del rock, como si se tratara de una prefiguración del mismo. Tal vez, aunque Stravinski fue siempre —o casi siempre— un compositor sujeto a los cánones; esto es: un rupturista que se ajustaba al orden y los valores clásicos. Y de hecho, sus mejores obras (de Petrushka a la Sinfonía de los salmos) han soportado mejor el paso del tiempo que las de otros vanguardistas y hoy se le sigue escuchando con el mismo interés que hace un siglo. Pero con él se rompieron algunos de los diques de contención de un mundo cultural, el burgués, que empezaba a mostrar claras muestras de fatiga. De la I Guerra Mundial a la caída de los grandes imperios europeos, del psicoanálisis freudiano a la Revolución rusa del 17, media Europa iba a sufrir, en el lapso de una década, cambios profundos que afectarían a lo que restaba de siglo. Si el arte actúa a menudo como un sismógrafo que recoge el malestar de la sociedad y apunta hacia el futuro, esa “barbarie pueril” de Stravinski tenía mucho de metáfora. Presagiaba un final y un comienzo. Y, sobre todo, una nueva sensibilidad.

    El siglo XX se mueve entre 1914 —la Guerra Mundial— y 1989 —la caída del muro de Berlín—. Fue una centuria corta a la que le sobraron dos décadas; pero suficiente para el delirio de los totalitarismos, que no fueron sino una expresión exacerbada del nacionalismo, y para la lenta demolición de la mentalidad burguesa e ilustrada del XVIII y del XIX. Por supuesto, en el cambio, las ganancias se equipararon con las pérdidas. El abuso de la imagen eclipsó la estructura lógica del lenguaje a la vez que se universalizaban los beneficios sociales y se extendía el crecimiento económico. La pobreza disminuyó al tiempo que surgía la proletarización. Sin el ancla de unos referentes clásicos, el miedo a lo desconocido se incrementaba bajo la desazón de la incertidumbre y de la inmediatez. Las modas se han devorado unas a otras sin otra cortapisa que la perpetua novedad. La fluidez líquida teorizada por Zygmunt Bauman adquiere así un particular protagonismo, al albur de las olas caprichosas del instinto. Leemos a Montaigne, escuchamos la música de Bach o contemplamos un óleo de Vermeer con la envidia de lo irremediablemente perdido. En realidad, una cierta forma de contemplar el mundo fue sustituida por otra más vital, más enérgica, más resuelta, menos sosegada. Los colores son más intensos, sin matices, como la música feroz de Igor Stravinski. Diríamos que es el sentido del ritmo y la energía incesante lo que ahora predomina: la barbarie pueril que denostaron los críticos franceses. Sí, pero sobre esa barbarie se ha edificado buena parte de nuestro mundo.

     

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