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Daniel Capó


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  • 19
    Febrero
    2014

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    La casa común

    Si ninguna definición de Europa puede soslayar el campo de batalla, el éxito de la Unión Europea surge de unas instituciones que nos arraigan en la casa común

    A lo largo de la Historia, la disolución de los imperios ha desencadenado una espiral de conflictos. Así ocurrió con el otomano, con el austrohúngaro o, más recientemente, con la caída de la URSS. Las naciones emergentes buscan consolidar su poder o expandir su espacio vital. Los intereses económicos y lingüísticos, religiosos y geográficos entran en pugna, de tal modo que se hace perentorio lograr el control de un puerto de mar, un valle o un paso de montaña, de unas fértiles llanuras o de unos pozos petrolíferos. Para no irnos muy lejos en el tiempo, la I Guerra Mundial fue, en palabras del historiador Fritz Stern, “la calamidad de la que surgieron todas las demás calamidades”: veinte millones de muertos y tres imperios destruidos. Como sucede casi siempre, fue la gran literatura de Stefan Zweig a Joseph Roth— la que trazó una cartografía de la nostalgia, que representaba también el corpus posibilista de la seguridad jurídica, las libertades individuales y la libre circulación de personas y de bienes, a lo largo de ese reino sin atributos que latía en el corazón del Viejo Continente. Una de las lecciones de aquella generación rota de escritores sería que la novela sostiene la arquitectura moral de Occidente gracias precisamente a su arraigo en la Historia y en la naturaleza humana y a su sensibilidad ante cualquier impostura ideológica. Cuando, a las puertas de la II Guerra Mundial, el poeta Mihály Babits escribió que los húngaros “ahora lamentamos y lloramos el regreso de lo que una vez odiamos”, resulta difícil explicar el porqué de ese odio, inserto como estaba su pueblo dentro de un imperio que, en palabras del historiador Christopher Clark, constituía “un sistema de gobierno único, como un huevo con dos yemas”. Poco se ganó al firmar el finiquito, aunque ya sabemos que la Historia tiende al desaire y a repetir su panoplia de errores. Quizás la vida sea demasiado corta para asentar el poso de la experiencia.

    Si ninguna definición de Europa puede soslayar el campo de batalla, el éxito de la UE surge de unas instituciones que nos arraigan en la casa común. De la economía a la cultura, de la defensa atlántica a la política exterior, el centro de gravedad del proyecto europeo se ha erigido para favorecer la integración de los diversos Estados y frenar los reactores del nacionalismo. Al fin y al cabo, la principal virtud del corsé legal consiste en reforzar los vínculos, puesto que siempre serán preferibles unos lazos incómodos a la ausencia de los mismos. La Unión se mueve sin descanso hacia una “multisoberanía” en la que, por así decirlo, la pesca en los caladeros del Cantábrico se hace depender de los intereses de los fabricantes de vodka polaco o de la alta velocidad francesa. Esa telaraña poliédrica juega a favor de la vía común, aunque ningún camino carezca de pasos angostos, ni de paredes de hielo, ni de alguna que otra llaga en los pies.

    A los cien años de 1914, las lecciones de la I Guerra Mundial informan el ADN de la Europa comunitaria. Hablo de los riesgos exteriores —la Unión frente a los imperios que la rodean—, tanto como de los interiores: la ruptura de fronteras, por ejemplo. Del mismo modo que España se mantuvo al margen de la Gran Guerra, el corazón de Europa se desgarraría una y otra vez a lo largo del siglo XX. Por ello mismo, si el próximo 1 de julio Bélgica se constituye en una confederación de dos Estados con una capital común y un solo rey, resulta obvio que no existe analogía alguna con el caso español. Me pregunto si esta especie de solución de mínimos hubiera sido posible sin el paraguas de la Comunidad —no en vano, Bruselas es también la capital de la Unión—. Caso cerrado en el país de Simenon, dirán algunos. A favor de esta salida juega la acendrada calidad diplomática de los políticos belgas, junto a la profunda desconfianza de las autoridades comunitarias hacia cualquier cambio en las fronteras interiores de Europa. Pecando de ingenuidad, algunos analistas se han apresurado a ver en la ecuación belga una puerta de salida para el problema catalán, obviando que aquí continuamos anclados en un discurso que pretende desbordar el Estado de Derecho. Y que, a pesar de las dificultades, el desarrollo de la nación española ha sido históricamente razonable, responde a una lógica económica y geográfica y se nutre de un sinfín de lazos familiares y culturales.

     

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