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Daniel Capó


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  • 05
    Junio
    2013

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    La americomanía

    Los nacidos en los años setenta hemos sido la primera generación de españoles plenamente americanizados, aunque el inglés de la mayoría de nosotros no vaya mucho más allá de unos malos rudimentos

    A finales de la década de los ochenta, los politólogos norteamericanos —con Nye a la cabeza— empezaron a reflexionar sobre la importancia del poder blando (soft power) en lugar del poder duro (hard power), que había sido propiciada por los halcones de Washington desde la Guerra Fría. Eran los años de la derrota del comunismo, del final de la Historia —que preconizaba Fukuyama— y de la absoluta superioridad militar estadounidense ejemplificada por la balística nuclear, los misiles Patriot, el caza de combate stealth y el proyecto de la Guerra de las Galaxias. El siglo XX se acercaba con rapidez a su término con una miniguerra en Irak, con el manto protector de la Alianza Atlántica extendiéndose hacia el Este, con la desmembración soviética y con el Tratado de Maastricht anunciando la llegada de la moneda única. Frente a los teóricos de la supremacía militar y económica, los defensores del poder blando se ceñían al papel crucial que desempeña el magnetismo y la influencia cultural de un país y de una sociedad. Si la Pax Americana estaba llamada a perdurar en el tiempo, no sería gracias a su ejército ni al tamaño de su producto interior bruto, sino a la universalización de una peculiar forma de vida, que se caracteriza, ante todo, por los anhelos consumistas y de seguridad económica de unas clases medias preponderantes: Hollywood y la Coca-Cola, la proliferación de grandes centros comerciales, el basquetbol y los cupcakes, los hoteles Hilton, las series televisivas, los planes privados de pensiones y las tarjetas de crédito, Walt Disney y los viajes al espacio, el culto a las celebrities, California, los noticiarios de la CNN, The New York Times y las universidades de la Ivy League. En el diseño del poder blando, más que el dominio, prima la admiración y, tal vez, si se quiere, también el prestigio, aunque se trate de un prestigio muy diferente a lo que Europa ha entendido históricamente como tal. “Los grandes logros de la civilización europea durante los últimos quinientos años —sostiene el historiador de origen húngaro John Lukacs en The Passing of the Modern Age— son de inspiración patricia, además de urbana en sus formas y costumbres, así como en el espíritu”. Piensen en la anglomanía que recorrió el siglo XIX y la primera mitad del XX entre las clases altas de medio mundo, en la pasión literaria por el francés —y por París— o en la tendencia germanizante de buena parte de las clases medias. Por ejemplo, los clubes de polo y de tenis, la elegancia del gentleman y el acento oxbridge, L’Art du cuisinier de Beauvilliers y las novelas de Marcel Proust, Wagner y Goethe. Nada de eso tiene que ver exactamente con la meticulosa propagación del American way of life, cuyo eje es la prosperidad económica, la cultura de la imagen, la fe en la tecnología y la difusión del gusto popular manipulado por la publicidad. Del mismo modo, cabría argumentar que la sociedad urbana de nuestra época resulta distinta a la del pasado —donde la disimilitud entre el campo y la ciudad era radical; de ahí el rol simbólico de las murallas—, mientras que hoy esas diferencias se han difuminado en gran medida.

    En alguna ocasión he escrito que los nacidos en los años setenta hemos sido la primera generación de españoles plenamente americanizados, aunque el inglés de la mayoría de nosotros no vaya mucho más allá de unos escasos rudimentos. Estadounidense es el cine que hemos visto, la música que hemos escuchado, los libros que hemos leído, la comida y la bebida que preferíamos, el culto al consumismo y el uso indiscriminado del crédito para acelerar la llegada del futuro. Ahora el poder económico —y quizás también el militar— bascula hacia Oriente, con China en su epicentro. Sin embargo, sospecho que la influencia de los hábitos culturales americanos           —ese poder blando sobre el que teoriza Joseph S. Nye— perdurará por mucho tiempo. En ese fresco del siglo XXI, Europa se difumina, por más que mantenga el prestigio descolorido de un pasado que ya no existe. O del que sólo quedan algunos trazos.

     

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