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Daniel Capó


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  • 17
    Abril
    2013

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    Krugman, Forcades, Ginzburg

    Krugman, Sor Forcades y Natalia Ginzburg tienen poco en común, más allá de que cada uno de ellos
    —a su manera— nos habla del mundo de hoy

    Tan brillantes como polémicas, las tesis del economista Paul Krugman son insoslayables desde un punto de vista teórico. “La deflación galopante o, su contraria, la hiperinflación —escribe—, las depresiones o la guerra civil pueden hacer que un país se empobrezca, pero sólo las ganancias de la productividad permiten enriquecerlo.” No obstante, a lo largo de las últimas décadas, España se ha ajustado a la media de la riqueza europea sin que haya aumentado notablemente su competitividad. Aunque escribo de memoria, por lo que me puedo despistar en alguna décima, entre 1992 y 2012, el incremento de la productividad española giró en torno al 0,8 % anual, esto es, muy por debajo del crecimiento previsto para una sociedad que se abre al exterior. En petit comité, el insigne economista catalán Alfredo Pastor ha incidido en los efectos perturbadores de las dos décadas perdidas, cuya consecuencia más evidente ha sido una notable mejora de la calidad de vida sin el correspondiente reflejo en la estructura industrial y productiva del país. El crédito fácil, los fondos europeos, la megaburbuja inmobiliaria, la economía del BOE —y sus sucursales autonómicas—, el proteccionismo gremial que adulteraba la competencia sostuvieron durante veinte años una ficción que ha terminado por desvanecerse. Sin ganancias productivas —Krugman dixit— ninguna sociedad prospera. Ahora lo sabemos. Quiero decir que lo hemos aprendido con dolor, porque antes no lo sabíamos. En economía, los cursos suspendidos requieren fuertes ajustes salariales y lustros de desempleo masivo. Ningún cambio estructural resulta sencillo ni cómodo. Y muchos menos cuando las resistencias a trastocar los privilegios son enormes y aletea en Europa el fantasma de un renaciente populismo.

    Sor Forcades es la sal que no puede faltar en ningún guiso que se precie. Junto al coach Pep Guardiola y al prestigioso profesor Sala-i-Martin, conforma la santa tríada mediática de la intelectualidad catalana; pero, al contrario de lo que sucede con los otros dos – referentes mundiales en su ámbito profesional –, no se sabe muy bien en qué destaca la monja benedictina: si en la medicina holística, el lobby antivacunas, la teología feminista, el círculo de los admiradores del chavismo o la tentación de la antipolítica. Seguramente la clave se encuentre en el prefijo anti que articula un discurso público escorado hacia el ilusionismo. Més rauxa que seny, por así decirlo, mientras los escraches se ofrecen como alternativa al descrédito institucional y se acentúa una peligrosa fragmentación social. Enric Juliana ha escrito que con Forcades llega el “grillismo” a la política catalana, aunque me temo que el destilado Forcades/Oliveres ofrezca componentes esperpénticos aún superiores al original italiano. No se puede descartar la posibilidad de ver a Marine Le Pen en Matignon, a Beppe Grillo en el Palazzo Chigi y a una España en pleno disparate. De todas las tentaciones, ninguna nos debería preocupar más que la antipolítica – o sea, el populismo como negación última de la realidad.

    “Por lo que respecta a la educación de los hijos, creo que no hay que enseñarles las pequeñas virtudes sino las grandes. No el ahorro, sino la generosidad; no la prudencia sino el coraje y el desprecio por el peligro; no la astucia, sino la franqueza y el amor por la verdad; no la diplomacia, sino el amor al prójimo y la abnegación; no el deseo del éxito, sino el deseo de ser y de saber”, escribió Natalia Ginzburg en un breve libro titulado Las pequeñas virtudes. Leo y releo a Ginzburg con el mismo fervor con el que escucho los contrapuntos de Bach o los cuartetos últimos de Beethoven. Desde hace años, sus microensayos, notas y apuntes familiares me acompañan como un rescoldo que calienta lo justo en las noches de frío. Hay pocos escritores a los que admire tanto, Milosz quizás – de un modo muy distinto –, Chéjov y también Nadiezhda Mandelstam. Me refiero, claro está, a una admiración moral y no meramente artística. En Ginzburg, el pensamiento se ciñó a un único dogma – el amor a la vida –, que ella supo contemplar con la precisa devoción de la inteligencia. Ginzburg, a la que siempre debemos volver, aunque sólo sea para recordarnos la vocación irrenunciable de la bondad, esa apuesta que funda la grandeza del ser humano.

     

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