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Daniel Capó


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  • 20
    Junio
    2012

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    Hipótesis de trabajo

    Propongo una hipótesis de trabajo: independientemente de lo que suceda en Grecia los próximos días, es probable que España necesite un rescate a gran escala pasado el verano, quizás en septiembre o en octubre. Hablamos de futuribles, claro está, porque también podría ocurrir lo contrario, a saber: que Rajoy logre calmar a los mercados financieros con un durísimo plan de ajuste o que la FED y el BCE inyecten enormes dosis de liquidez o que Merkel acepte al fin mutualizar la deuda soberana. En realidad, yo creo que, de algún modo, va a suceder todo esto y que, en última instancia, aunque sea a duras penas, la Eurozona saldrá adelante, con unas instituciones comunes reforzadas y un horizonte económico más austero y exigente. Pero, acontezca lo que acontezca, no considero que afecte mucho a la hipótesis de trabajo. A lo largo de los próximos meses, la sociedad española tendrá que afrontar un shock de realismo difícil de asimilar. Algunas de estas medidas ya han sido anunciadas por el FMI —incremento significativo del IVA, retraso en la edad de jubilación, endurecimiento de las condiciones para cobrar el desempleo— y el resto lo iremos conociendo pronto. No serán agradables. En contra de lo que defiende el buenismo, las decisiones políticas no son neutrales en absoluto, como hemos comprobado desde hace meses. Los países exitosos son los que huyen del populismo y aquí llevamos demasiado tiempo negando la evidencia de una economía enferma, pregonando una solidez que no existe, mientras se juega una partida de mus contra el futuro. No hablo sólo de Zapatero, aunque él represente la quintaesencia del síndrome Peter Pan, ese eterno adolescente que aborrece la estulticia de la vida adulta. Pero podríamos citar también a Jaume Matas para entender que la irresponsabilidad ha sido el signo de la política española en los últimos años. Ahora toca poner a punto la máquina sin demora: ganar competitividad, equilibrar cuentas, eliminar rigideces… y eso duele. Y además genera crispación, porque pone de manifiesto las injusticias estructurales del sistema. Con lo que vuelvo a la hipótesis de principio: la posibilidad de que los dos grandes partidos nacionales estén llamados a vivir su particular travesía del desierto. No, no creo que se vaya a dar un vuelco de poder en Madrid —no, al menos, por ahora—, pero sí que asistiremos a una nueva estructura de equilibrio de fuerzas, con una progresiva atomización de la clase política. La atomización —social, económica, religiosa— será uno de los grandes temas del futuro. De eso no me cabe ninguna duda.

    Y en Mallorca, ¿qué? Sospecho que sucederá algo muy similar, con la Lliga y el PSM recogiendo parte de los votos del PP y del PSOE en la part forana y con UPyD y EU haciendo lo mismo en Palma. Si adoptáramos una visión amplia del asunto —the long view, que dirían los anglosajones—, comprobaríamos que lo acontecido esta semana en Manacor no se aleja mucho de mi conjetura. En primera instancia, el choque Bauzá/Pastor se puede interpretar en clave de ambiciones frustradas, de tensiones de poder o, incluso, subrayar la creciente falla ideológica entre las dos sensibilidades lingüísticas que históricamente han coexistido en el seno del partido conservador; pero, en el fondo, el debate es muy distinto y apunta sin ambages hacia las próximas autonómicas, que tendrán lugar en un contexto económico no muy distinto al actual. Con un Estado del Bienestar cuarteado, los impuestos al alza y el empleo en coma, los dos grandes partidos difícilmente lograrán vehicular el descontento social. Hablo, por supuesto, de una fragmentación cuyas beneficiarias serán las formaciones minoritarias. Y en ese escenario, la derecha regionalista parece destinada a ocupar un lugar de mayor significación. Mucho más, quiero decir, de lo que hubiéramos podido prever hace apenas unos meses.

     

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