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Daniel Capó


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  • 03
    Julio
    2013

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    Familias bajo presión

    Donde se reflexiona sobre la desvalorización en el trabajo, el desempleo, la falta de expectativas y el agotamiento físico y mental en las familias

    Esta semana el INE ha publicado que el salario más común entre los españoles ronda los quince mil euros brutos anuales. El sueldo medio no alcanzaría los veintitrés mil euros, demostrándose una vez más que los porcentajes estadísticos son una ficción útil, pero no estrictamente real. Si comparamos estas cantidades con las que se pagan en el resto de la zona euro, el alto coste del trabajo en España se convierte como mínimo en un tópico discutible. ¿Cuál es la causa de nuestra escasa competitividad? ¿Los altos salarios? ¿El deficiente capital público? ¿La caótica articulación del Estado? ¿El proteccionismo corporativo que se esconde tras de los colegios profesionales y las grandes empresas amamantadas por el BOE? El hecho es que el desarrollo de la economía española se ha sustentado en tres pilares —una estructura industrial que favorece el uso intensivo de mano de obra barata, el excesivo proteccionismo en muchos sectores y la hiperinflación facilitada por el acceso indiscriminado al crédito (y el abuso sistemático de las subvenciones)— que funcionó el tiempo que funcionó, mientras creíamos real un espejismo y España pasaba por ser la nueva Europa.
    En 2008 estalló la burbuja y se inició un proceso de ajuste que se extenderá más allá de una década. El desempleo se ha disparado, al igual que el déficit y el endeudamiento públicos. Ha cundido la desertificación empresarial, se ha rescatado un sistema financiero en riesgo de colapso y se han recortado las prestaciones sociales. El resumen es que el país se ha empobrecido a una velocidad de vértigo. El INE cifra en quince mil euros el sueldo bruto de la mayoría de los españoles, apenas mileuristas, o quizás ni eso. De hecho, en cada ejercicio fiscal, se puede constatar la magnitud de la caída en la riqueza nacional. Aquellos que cuenten con un patrimonio inmobiliario habrán comprobado que, aparte de unos pocos barrios privilegiados, las casas carecen de valor. Los alquileres presionan a la baja, si es que se cobran. Las empresas han reducido el pago de dividendos, mientras el IBEX 35 cotiza a la mitad que en 2008. De los hidrocarburos al IVA, del IRPF a Sociedades, del Patrimonio al IBI, todos los impuestos se han incrementado de un modo significativo. En el mejor de los casos, los salarios se han mantenido estables, sin ningún aumento indexado al IPC. Pero, como digo, eso ha sucedido en el mejor de los casos, ya que lo habitual ha sido recortarlos. Se hace difícil precisar cuánto nos hemos empobrecido. Evidentemente mucho. Ahora sabemos que ninguna ficción sale gratuita.

    Algunos economistas sostienen que bajar los salarios nos permitiría recuperar la competitividad perdida. La hipótesis pretende que el coste sería cero, al provocar una deflación controlada que abarataría el conjunto de la cesta de la compra. Y, en efecto, así ha sucedido en algunos sectores de la economía pero no en otros, como ha constatado recientemente la Comisión Europea, apuntando que España necesita abrirse con ahínco a la competencia. Sin embargo, a medio y largo plazo me preocupa el daño social y psicológico inherente al empobrecimiento. La situación de las familias, por ejemplo. ¿Cuántos padres se ven obligados a trabajar en dos o tres trabajos a tiempo parcial para poder llegar a final de mes? ¿Qué efectos tiene sobre la educación de los hijos el privarles de la atención de sus padres? ¿En cuantos casos el desempleo o la depauperación familiar ha llevado a suprimir las actividades extraescolares de los niños, las clases de repaso, etc.? ¿Y qué decir de la ansiedad y la depresión que acompañan a menudo la desvalorización en el trabajo, la falta de expectativas, el agotamiento y el paro? Por supuesto, nada de eso sale gratis. Los estudios demuestran que el debilitamiento moral y económico de las familias va asociado a una serie innumerable de problemas sociales: del fracaso escolar al alcoholismo, de la drogadicción al crimen. También el consumo y el ahorro se resienten. Equilibrar los costes del presente con las sendas del futuro exige una inusual inteligencia política capaz de mirar más allá del día a día y de ponderar el largo plazo. Una habilidad tan preciada como escasa.  

     

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