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Daniel Capó


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  • 26
    Febrero
    2014

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    Equilibrio inestable

    Afortunadamente se ha evitado la guerra civil y el derramamiento de sangre en Ucrania, pero los equilibrios inestables presagian un difícil futuro

    Creo recordar que fue Isaiah Berlin quien reprochó al embajador Kennan que hubiese leído en exceso la Historia de la decadencia y caída del Imperio romano, de Edward Gibbon. Kennan, el hombre de Washington en Moscú, el teórico de la doctrina de la contención frente a la URSS, el más hábil de los diplomáticos de su país, entendía la Historia como una máquina tramposa y asesina destinada a crear quimeras y destruirlas, a suscitar atractivos espejismos para luego regodearse en la danza de la muerte que sucede a los sueños convertidos en pesadillas. Por aquellos mismos años, la década de los cincuenta, como en un arranque de rabia escupido al suelo, el periodista Gaziel anotó en sus diarios que “la història és pura zoologia”. No, por supuesto, el espacio noble de la concordia y el reencuentro; no el ámbito de la inteligencia moral que refrena los excesos emocionales, sino el reino desembridado y caprichoso de los deseos, el crimen y la traición. “I el qui no ho veu a temps —insistía Agustí Calvet en Meditacions en el desert— i va badant, amb el cor a la mà i els ulls fits al cel, els seus mateixos el pengen”. Una certeza hija del desengaño —en el caso del antiguo director de La Vanguardia— o de la II Guerra Mundial y el subsiguiente horror soviético - en el caso del George Kennan -, que tendríamos por una verdad indiscutible si no fuera por el contrapeso de la civilización, el artesonado ejemplar de la conciencia y el fulgor íntimo de la belleza que se sustancia en el arte y la cultura. Sin estos contrafuertes, la lógica de la Historia —rubricada desde Caín con la sangre de las víctimas— se conjugaría tan solo en forma de tragedia. La grandeza de la democracia parlamentaria consiste precisamente en el intento de encauzar esa corriente violenta de la historia, evitar sus remolinos y domeñar la carga salvaje de los instintos. Y, por supuesto, en modular los mesianismos e impedir el caos.

    Nadie sabe lo que va a suceder durante los próximos meses en Ucrania. Gaziel habría desconfiado de la inocencia de los movimientos de masas —“totes les revolucions vénen de dalt”, escribió el 26 de julio de 1946—; Kennan habría subrayado los efectos potenciales del desmoronamiento del régimen de Yanukóvich en la Rusia de Putin. La experiencia reciente de la plaza Tahrir nos recuerda que no es necesariamente una democracia lo que sucede a las revoluciones, aunque éstas se hayan planteado en nombre de los derechos y de las libertades. Con la economía nacional cercana al colapso financiero, sin tradición parlamentaria digna de su nombre, con la hostilidad abierta del imperio ruso y la debilidad militar y diplomática del flanco europeo, sin partidos políticos —ni instituciones— dignos de ese nombre y con una sociedad profundamente fracturada entre rusófilos y prooccidentales, entre ortodoxos y greco-católicos, entre las organizaciones mafiosas que controlan el poder y una oposición —Timoshenko, por ejemplo— que dista de ser impoluta, cabe preguntarse si Ucrania será capaz de reinventarse a sí misma o si, por el contrario, se sumergirá en la anarquía. Situada en el límite oriental de la UE, como un eslabón entre dos potencias, la pérdida de peso estratégico del Kremlin en Kiev será interpretada forzosamente por las elites rusas en clave de amenaza. ¿Qué papel han desempeñado los Estados Unidos en el levantamiento del Maidán? ¿Será capaz Europa de adoptada un rol protagonista en la era post-Yanukóvich? ¿Y cuál será la reacción de Rusia?

    Afortunadamente se ha evitado, de momento, la guerra civil y el derramamiento de sangre. Pero no sabemos si Ucrania se dividirá o si será traicionado por Occidente o si unas mafias sustituirán a otras o si la humillación rusa tendrá consecuencias en Siria, en Irán o en cualquier otro enclave donde estén en juego sus intereses estratégicos. Cuando falta el noble peso moderador de las instituciones y una clase media liberal y burguesa que sedimente la cultura parlamentaria, la Historia reescribe la crónica inacabable de la tragedia. Los equilibrios inestables presagian un futuro difícil.

     

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