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Daniel Capó


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  • 12
    Junio
    2013

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    Elogio de la timidez

    Donde se elogia la timidez como valor social frente a la cultura del exhibicionismo, el dinero fácil y la nueva ley de costas

    Hace unos meses mi amigo Ignacio Peyró, director de la revista Suma Cultural, entrevistó al ensayista británico Th. Dalrymple en la sede de la Fundación Rafael del Pino. “Vestido elegante de panas oscuras – me escribió entonces -, tweed verde claro, corbata de punto en verde oscuro, zapatones... ¡Ah, Inglaterra!, esa compostura en que la mayor educación es la timidez”. La mayor y la mejor, añadiría yo, consciente de que la timidez no sólo legitima el valor de la elegancia como un atributo del respeto hacia la gente, sino que constituye además uno de los dones fundamentales de la inteligencia. Piensen en la solidez de una sociedad tímida, reservada, no encerrada en sí misma, pero sí celosa de la intimidad, reflexiva y respetuosa, frente al exhibicionismo cotidiano de la cultura del espectáculo; ya sea la cínica apelación al sentimentalismo del pueblo, los eslóganes del pensamiento único o la frivolidad televisiva, que pretende sustituir la narrativa rigurosa e informada de la realidad por un guión de telenovela. En sus ensayos y artículos de prensa, Dalrymple ha polemizado contra la Inglaterra moderna con la artillería de un escéptico pesimista y furioso, entre el humor cáustico y el destape severo. “Me temo – manifestó en la entrevista -  que los ingleses han perdido el sentido de la ironía: Tony Blair carecía por completo de él y a Cameron no se le conoce una broma”. Como se ha perdido el hábito del retraimiento en las formas y el influjo del dinero kitsch inunda el gusto – o el mal gusto- de la calle. Desde este punto de vista, la sociedad española no es tan diferente de la británica ya que compartimos fascinaciones similares, aunque los temperamentos         -al igual que las tradiciones culturales– resulten dispares.

    No soy ni he sido un lector asiduo de Dalrymple, pero pensé en él mientras cenábamos mi mujer y yo con unos amigos. En un momento dado, surgió el tema de la enésima desprotección del litoral a cargo de la nueva Ley de Costas, con la vieja excusa de convertir a España en la Florida europea. Yo dije que estas cosas no suceden en otros países más al norte y recordé que, en alguna ocasión, Dalrymple ha comparado la arquitectura moderna con el régimen norcoreano de los Kim. “Exageráis, tanto tú como el inglés”, me espetó uno de mis amigos, arquitecto él. Le di la razón de inmediato, entre otros motivos porque admiro la arquitectura racionalista del XX; pero apostillé enseguida que la destrucción del paisaje, la desprotección del suelo y el afán urbanizador han ido de la mano en estas últimas décadas. Y que, a cambio, no hemos logrado garantizar una vivienda digna y económica para la mayoría, sino tan sólo endeudarnos de por vida en comunidades enjambre y pisos diminutos. ¡Ah!, y los políticos a saciar su vanidad con los boletus radioactivos de los museos de arte contemporáneo y/o los palacios de congresos y/o los nuevos auditorios y/o los mastodónticos complejos deportivos para grandes eventos y/o... Consecuencias del dinero kitsch y del mundo cuché, me parece a mí.

    Unos días antes había leído que el Ayuntamiento de Madrid ha demolido, por amenaza de ruina, una casa blasonada del siglo XVII que era de su propiedad. En el solar vacío, se levantará un edificio moderno de servicios municipales, deportivos o socioculturales...; lo que decida la alcaldesa. No se trata de hechos aislados, sino de la práctica habitual de una clase dirigente         inepta y vulgar. Nos dedicamos a desmantelar el rostro noble de los pueblos y de las ciudades para erigir, en su lugar, infraestructuras públicas de una indecente fealdad. Hemos cedido a los intereses bárbaros de la industria inmobiliaria y financiera, cuya responsabilidad en la formación de la burbuja resulta insoslayable. Asolamos el frágil equilibrio de un paisaje esculpido a lo largo de los siglos, a favor del negocio de unos pocos. Esto último no lo dije en la cena, aunque creo que habrían estado de acuerdo conmigo. Preferimos hablar de otras cosas. Como de la necesidad de recuperar los anticuerpos de la timidez en la vida social. O de su papel en las relaciones humanas. O de si este verano saldríamos de vacaciones.

     

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