Blog 
Las cuentas de la vida
RSS - Blog de Daniel Capó

El autor

Blog Las cuentas de la vida - Daniel Capó

Daniel Capó


Archivo

  • 07
    Mayo
    2014

    Comenta

    Comparte

    Twitea

    El sol naciente

    Del Elogio de la sombra hecho por Tanizaki a la serie de Cartas edificantes firmadas por los jesuitas europeos en el siglo XVI y XVII, de la hierática ceremonia del té a la mirada secreta de las geishas, Japón ha fascinado a Occidente. Creo recordar que fue el escritor alemán Ernst Jünger quien encomió la extraña capacidad nipona para asimilar el hábitat moderno con el sentido artesanal y antiguo de la vida: la filosofía zen y la high-tech, la fidelidad familiar hacia la empresa y el lenguaje del manga. De siempre, el nexo entre tradición y modernidad ha constituido uno de los ejes clásicos del pensamiento conservador, que canta las bondades del orden —y de la mejora gradual— frente al apremiante tempus fugit de la revolución. Desde ese prisma, cabe sostener que el país del sol naciente representa un clásico exponente de las bondades y de los defectos de una sociedad conservadora que ama la tecnología, pero que es renuente a mutar los genes de su personalidad. Si, a lo largo de las últimas dos décadas, el difícil ajuste deflacionario de la economía nipona le ha valido todo tipo de epítetos descalificadores, la realidad quizás sea bien distinta. Por citar unos ejemplos: la esperanza de vida de los japoneses es de 83 años, su renta per cápita asciende a los 50.000$ anuales, la tasa de paro se encuentra por debajo del 5% y los niveles de pobreza se sitúan en el 9% de la población. Son datos que nos hablan de una sociedad próspera y muy estable, que nada tiene que ver con el país fracasado que algunos imaginan. Por supuesto, Japón encara los desafíos de la globalización —que son muchos— como cualquier otra nación del mundo. El envejecimiento demográfico no juega a su favor —como tampoco lo hace en España— y su situación geográfica, frente al gigante chino, resulta una lógica fuente de inestabilidad. Pero el país se mueve. Y, a menudo, más rápido que nosotros.
    Esta semana el ministerio de educación japonés acaba de informar que, muy pronto, todas sus reuniones, despachos y encuentros se van a realizar en inglés, lo cual exigirá que sus cargos directivos tengan que hablarlo con suficiente fluidez. La idea es que, al dar ejemplo desde arriba, el interés por la enseñanza del inglés acabe permeando las distintas capas educativas. No se trata de un fenómeno aislado, aunque sí llama la atención en una sociedad tan homogénea y culturalmente autosuficiente como la nipona. En Europa, es habitual que las tesis doctorales se escriban en inglés o que los posgrados se impartan en ese idioma. Hace ya décadas, Singapur adoptó un modelo de inmersión lingüística en inglés, de modo que los niños no son alfabetizados inicialmente en su idioma materno. Por otra parte, Michel de Montaigne cuenta en sus Ensayos que aprendió el latín antes que el francés por expresa voluntad de sus padres. Un idioma define una cesura cultural, además de una mentalidad: nacional o global.

    En España, algunas comunidades autónomas llevan tiempo apostando por el bilingüismo escolar —el caso más notable es el de Madrid— y algunas otras         —como Baleares— se plantean un modelo trilingüe. Los resultados, por lo que se sabe, son discutibles. Se achacan a la falta de recursos pedagógicos y de preparación específica del profesorado, a la diferencia de nivel entre los alumnos y a la ausencia de un humus cultural favorable al aprendizaje de idiomas. Supongo que hay un poco de todo, sin olvidar que en España los problemas —y la calidad educativa es, sin duda, uno de ellos— normalmente se abordan tarde y mal. ¿Tiene sentido que las Matemáticas, las Ciencias o la Historia se enseñen en un idioma extranjero? De entrada, no lo creo. ¿Tiene sentido que un país que aspira a situarse en el siglo de la globalización no domine el inglés como herramienta de cultura? Tampoco. El ejemplo reciente de Japón nos muestra de qué modo incluso las sociedades más tradicionales se mueven en una dirección determinada. Con inteligencia y mesura —que es todo lo contrario a la improvisación—, éste es un camino que a España no le queda otro remedio que recorrer.

     

    Denunciar
    Compartir en Twitter
    Compartir en Facebook