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Daniel Capó


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  • 06
    Noviembre
    2013

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    El síndrome de la subvención

    Durante años, la España subsidiada respondía a la arquitectura bufa de Santiago Calatrava. Podar los presupuestos de subvenciones inútiles sería la mejor inversión de futuro

    Hace ya dos o tres años, Alfredo Pastor, ex Secretario de Estado de Economía, publicó en La Vanguardia un artículo donde cifraba en el 6% del PIB —alrededor de sesenta mil millones de euros anuales— la cuantía de subvenciones que circulan por la economía española. Con el PSOE o el PP, con CIU o el PNV, los presupuestos de las diferentes Administraciones Públicas han buscado proteger la industria local de los rigores del libre mercado. Debido a las subvenciones a las energías  renovables, el ciudadano medio de nuestro país paga la factura eléctrica más cara de Europa. La burbuja de la vivienda se alimentó durante décadas de las deducciones aplicadas al IRPF, como también sucedía con los alquileres. Los reyezuelos autonómicos extendían su telaraña clientelar, regando con dinero público los negocios cercanos al poder: grupos editoriales, publicistas, constructores, cámaras de comercio y colegios profesionales, agricultores y ganaderos, asociaciones de la tercera edad o de cazadores, grupos de teatro y de animación, y así un largo etcétera. Cuando llegó el duro momento de la reconversión, el verbo “modernizar” se conjugó con la actuación decidida de los presupuestos del Estado y con las generosas prejubilaciones que se concedían, por ejemplo, en la banca.  Eran años de hipercolesterolemia, en los que, como michelines, proliferaron en abundancia las empresas públicas: canales autonómicos de televisión, compañías de aviación, marcas agroalimentarias... Por supuesto, hablamos de un clima moral que hizo del exceso el punto de equilibrio de la economía. La consecuencia fue doble: por un lado, el incremento acelerado de la inflación; por el otro, la pérdida generalizada de competitividad. En todo caso, a muchos les resultaba sencillamente más rentable infiltrarse en el entramado de la burocracia que dedicarse a la dura tarea de abrir mercados. La dinámica de crecimiento fue la del bumerán. Las costumbres de la sociedad se modernizaron, la calidad de vida mejoró a ojos vista y, durante unos años, creímos ser el modelo para una Europa renqueante. Sin embargo, esa España subvencionada respondía a la arquitectura bufa y grotesca de Santiago Calatrava. Pronto aparecieron las goteras.
    Bien mirado, seis puntos del PIB equivalen casi con exactitud al déficit anual en las cuentas del país y esta cantidad no tiene en cuenta las inversiones en infraestructuras inútiles, ni el rescate multimillonario a las cajas de ahorro, ni el coste de las ineficientes empresas públicas, ni la sobredosis de cargos elegidos a dedo. ¿Cuántas de estas ayudas son realmente útiles? ¿Cuántas indispensables? Se trata de preguntas que sugieren respuestas de difícil encaje. Si los teóricos de la austeridad propugnan los rigores de la dieta, es precisamente para huir de la peligrosa demagogia de los excesos. Pagar por lo necesario es muy distinto a pagar por lo que no lo es. De hecho, con la poda se prepara el futuro.

    La España de las vacas flacas es la del endeudamiento, la subvención y los altos impuestos, síntomas que auguran una larga travesía antes del crecimiento sostenido. Los primeros síntomas esperanzadores – que los hay y muchos – chocan con el gran muro de las ineficiencias y la mala asignación de los recursos. Debilitar los elementos cohesionadores del Estado del Bienestar ahonda la sintomatología de la desigualdad que necesita como contrapeso un horizonte de oportunidades si no queremos ceder a la epidemia del fatalismo. Casi sin resuello, la debilitada clase media exige pagar menos tributos y no al contrario. La presión fiscal decapita el ahorro y la inversión, además de provocar movimientos migratorios. En América, los estados que no cobran el impuesto sobre la renta – Texas, por ejemplo – han visto crecer su población a tasas de un 21%. Es probable que en España ya se hayan realizado los grandes ajustes al Estado del Bienestar, pero  aún queda mucho por hacer para una asignación eficaz de los recursos. ¿Subvencionar los paneles solares? ¿Los grandes latifundios? ¿El cine? ¿La industria automovilística? ¿Y la farmacéutica? En contra de lo que pueda parecer a simple vista, sin la incontinencia presupuestaria del pasado la economía de nuestro país sería ahora más próspera y estable. Como todas las adicciones, el síndrome de la subvencionitis es un vicio —o un lastre— de difícil solución.

     

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