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Daniel Capó


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  • 14
    Marzo
    2013

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    El nuevo Papa

    Del cónclave no sale un gran intelectual ni una figura carismática, sino un moderado llamado a tender puentes entre las distintas sensibilidades eclesiásticas, que deberá reformar la Curia y hacer frente a los escándalos que han sacudido a la Iglesia en los últimos años.

    El escritor converso G.K. Chesterton escribió en una ocasión que Jesucristo fundó la Iglesia sobre Pedro, no porque el primer papa fuese el mejor de los apóstoles ni el más inteligente ni el más santo, sino sencillamente porque era un hombre normal, con su carga de errores, culpas, pecados y aciertos. Y en efecto, a lo largo de la historia, la biografía de los papas ha sido dispar: los ha habido humildes, reformadores, dogmáticos, intelectuales, dubitativos, gélidos e incluso los ha habido cismáticos, si nos remontamos a la época de Avignon. Con el tiempo, el papado ha ido rehaciendo su rostro, de forma que el protagonismo político de antaño ha ido cediendo paso a una especie de auctoritas moral que se proyecta no sólo sobre el conjunto del cristianismo, sino también —al menos desde los encuentros de Asís que puso en marcha Juan Pablo II— sobre el resto de religiones mundiales. Encíclicas como la Pacem in Terris —de la que ahora se cumple medio siglo— o la defensa cerrada de los derechos humanos que impulsó Karol Wojtyla subrayan este papel del catolicismo como mediador de la paz, es decir, como autoridad moral en un mundo mestizo, crecientemente secularizado.

    Del nuevo pontífice, Jorge Mario Bergoglio, se pueden decir muchas cosas, pero sobre todo que se trata simplemente de un hombre, como lo fue Pedro, y quizás por eso mismo ha sido elegido. Quiero decir que del cónclave no sale un gran intelectual ni una figura carismática, sino un moderado llamado a tender puentes entre las distintas sensibilidades eclesiásticas, que además deberá reformar la Curia y hacer frente a los escándalos que han sacudido a la Iglesia en los últimos años. Como jesuita –no olvidemos que se trata del primer hijo de San Ignacio nombrado Papa–, Bergoglio goza de una amplia experiencia internacional. Argentino, de padres italianos, que estudió en Alemania, es teológicamente un moderado que se ha caracterizado por su cercanía a la gente. Su nuevo nombre, Francisco, como el santo de Asís, nos habla de la sencillez y de la pobreza que definen su personalidad. En Buenos Aires se le ha visto a menudo desplazándose en autobús y saliendo siempre al encuentro de los pobres y de los más necesitados. De entrada, quizás lo que nos sorprenda de él sea su impronta ascética, reacia a los grandes fastos. Descree de una Iglesia autorreferencial –“prefiero una Iglesia que sufra un accidente por estar en la calle a otra que enferme espiritualmente por encerrarse en sí misma”, ha afirmado en alguna ocasión–, al igual que es notoria su profunda piedad personal. En Francisco I, los cardenales han optado por un papa mediador y centrista, por un hombre que ha vivido su evangelio –su camino de cristiano, diríamos–, desde la más noble austeridad. No es un hombre de poder y ahí creo que reside uno de los mayores elogios que se le puede hacer. Seguramente –al igual que sucedió con Ratzinger–no deseaba ser Pedro. Pero como hijo de San Ignacio es obediente. El nuevo Papa.

     

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