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Daniel Capó


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  • 16
    Julio
    2013

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    El Mesías

    Un misterioso violín, apodado ‘El Mesías’, es el único stradivarius que ha permanecido inalterado a lo largo del tiempo. Su historia ilustra los riesgos de la mitificación del pasado

    También la pequeña historia guarda recelosa sus secretos. A pesar de su fama, nadie sabe, por ejemplo, cómo sonaban originalmente los violines Stradivarius, los Guarnerius o cualquier otro instrumento de la mítica escuela de Cremona, ya que los que se conservan en la actualidad —hay cinco, pongamos por caso, en el Palacio Real de Madrid— están completamente modificados. Me lo contaba este jueves, en casa, un amigo violinista. “Los grandes violines históricos —me decía— son como cuerpos devorados por las cicatrices: el barniz original ya no existe, el mástil y la voluta han sido cortados y reemplazados varias veces (una práctica muy habitual en el siglo XIX cuando se empezaron a sustituir los violines barrocos por los de concierto). Las tapas han sido abiertas en múltiples ocasiones, ya sea para cambiarles el alma o la barra armónica. Por supuesto, a ello se suma el puente nuevo, las reparaciones, etc. Sólo queda del original la madera base y así resulta imposible dilucidar cuál era su auténtico sonido en el Barroco.” Y, de hecho, cuando se han efectuado pruebas a ciegas para comparar Stradivarius y Guarnerius con instrumentos fabricados hoy, los antiguos no han quedado mejor situados que los modernos, sino más bien al contrario. En una entrevista le preguntaron al reputado intérprete Ytzak Perlman si alguno de sus violines modernos sonaban tan bien como su maravilloso Stradivarius “Soil” y contestó: “Sí, seguro que sí; pero, ¿sabe?, con ellos no me siento tan seguro”. 

    El mito de los Stradivarius bebe tanto de la tradición como del presente. Nacieron nobles y —al igual que la educación permite expresar la potencialidad de la genética— el transcurso del tiempo los ha ennoblecido aún más. Perfectamente construidos, han ido pasando por el taller de reparaciones de los mejores lutieres de cada época, añadiendo cada uno de ellos un matiz nuevo al sonido y modificando otros. La lección sería que, cuando pretendemos fijar en el pasado una especie de verdad inamovible y mítica, nos engañamos. La Historia es movimiento, evolución, desarrollo, crecimiento orgánico.... Y también lo es la lectura que hacemos de ella. No podemos —ni sabemos— mirar con los ojos del ayer: debemos hacerlo con los de hoy, aunque sea el pasado el que dote de consistencia al presente. Por supuesto, la tentación populista resulta siempre la contraria: vendernos un mito fosilizado como la raíz única de la verdad. O lo que es mismo: extender la mentira bajo el ropaje de un túnica aparentemente impoluta y emotiva. Por más que esa desnudez sea sólo la de un espejismo.

    Luego pasamos a hablar de “El Mesías”, un violín legendario al que sin duda se puede aplicar el apelativo de único. Su historia daría para uno de esos thrillers pseudohistóricos tan en boga, si bien en este caso me sirve para ejemplificar lo que intento decir. Firmado por Stradivarius, “El Mesías” es el único violín del lutier de Cremona que no ha sido modificado jamás y que, por tanto, permanece inamovible al paso del tiempo (su barniz rojo característico de la época, frente al color miel o marrón de ahora, resulta llamativo). El origen de su nombre se debe a que en el siglo XVIII los intérpretes se referían a un instrumento secreto y maravilloso —el más perfecto jamás construido— que nadie había visto ni tocado, aunque todos hablasen de él. Stradivarius se lo vendió a un coleccionista aristócrata que no sabía tocar el violín, sin embargo hay que suponer que fue usado de forma esporádica. Hoy se preserva en el museo Ashmolean, de la universidad de Oxford, como un documento inalterado de antaño, y de vez en cuando se reabre la polémica sobre si se debería volver a utilizar. De hecho, ¿no podría proporcionar “El Mesías” la clave del auténtico sonido de los Stradivarius? Un mito encarnado, milagrosamente resguardado del vulgar manoseo de los hombres y de la Historia. No obstante, el precio que conlleva esa pureza de siglos es un sonido distinto, seguramente deslucido por el paso del tiempo, una mera sombra de lo que debió ser en sus orígenes. Y ahí permanece, en Oxford, como un maravilloso fósil de la historia de la música, una huella del Edén tan tentadora como todo lo prohibido, pero también tan falso como lo que ha permanecido congelado en un tiempo que ya no es el nuestro. Ni tampoco el suyo. 

     

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