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Daniel Capó


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  • 02
    Octubre
    2013

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    El futuro mestizo

    A largo plazo, resulta difícil compatibilizar el bienestar social con el declive demográfico. Europa necesita atraer a más inmigrantes para así impulsar el círculo virtuoso de una economía aletargada.

    umida en el abismo demográfico, Europa precisa una tasa mayor de inmigración. El primer motivo hay que leerlo en clave de políticas públicas. Si queremos cobrar una pensión digna, sólo el boom migratorio permitirá contrarrestar la escasa fertilidad. No hace tantos años, las ratios de la Seguridad Social se expresaban en números mayúsculos. Era la consecuencia del crecimiento exponencial de la economía, del ahorro acumulado y de la fortaleza laboral que demostraban las nutridas generaciones de la posguerra. Por supuesto las directrices se revierten y la debilidad estructural afecta a las zonas más sensibles del sistema: así, en España, de cuatro cotizantes por jubilado hemos pasado a menos de dos, con una tendencia clara a la equiparación. Como es lógico, pretender que en esas circunstancias se mantenga el Estado del Bienestar sin más reformas que unos dolorosos recortes no deja de ser una apelación a la utopía. Los efectos de la crisis han sido inmediatos y no precisamente positivos, da igual que se analice el impacto en la sanidad o en la educación, en el recorrido al alza de los impuestos o en los aprietos para mantener adecuadamente las redes de infraestructuras. La irresponsabilidad fiscal se termina pagando, al igual que la contradicción. A largo plazo, resulta difícil compatibilizar el bienestar común con el declive demográfico. Por no decir imposible.
    Pero no es sólo esto. La Europa aletargada necesita atraer a un mayor número de inmigrantes para impulsar el círculo virtuoso de la economía. La prosperidad funciona como un polo magnético que acentúa la estricta direccionalidad del siglo XXI. En la nueva geografía, la superpoblación es un factor positivo, ya que permite estimular la demanda interna, abaratar los costes e incrementar la competitividad. Como ejemplos, ese doble eje geoestratégico – Asia y Norteamérica – que corrobora el rol de la superpoblación en los grandes centros de poder mundial. También aquí asistimos al incierto futuro de la periferia frente a la pujanza del sur de Alemania o de la City londinense. A pesar de los riesgos implícitos de la inmigración – que son muchos -, un país que le pone trabas no se convierte en un lugar mejor, ni en una sociedad más próspera ni en un epicentro de las oportunidades. El tejido industrial de Stuttgart y Munich atrae a los ingenieros más cualificados de la UE, consolidando la supremacía del automóvil alemán frente a sus competidores. Al Reino Unido acuden los futuros directivos de la banca y los más afamados gestores financieros, pero también miles y miles de médicos y de enfermeras que no encuentran trabajo en su país de origen. Si analizamos la industria agraria española, comprobaremos el papel clave que, en su supervivencia, ha desempañado la inmigración marroquí o rumana. Algo similar ha sucedido con el turismo, que ha obtenido un aumento notable de productividad, frente a la sombría amenaza de la deslocalización – de Cancún a Túnez, de Croacia a Varadero –, favorecida por el abaratamiento de los vuelos, las agresivas campañas de “todo incluido” y la presión exótica de los nuevos destinos. La realidad responde a unos parámetros más complejos y exigentes, donde el único punto de equilibrio es dinámico y la moral una estrategia de auto-marketing. No digo que me guste este mundo, sólo constato que el pulso de la Historia no es neutro.
     
    En contra de la lógica intuitiva,  las sociedades que absorben inmigración generan más oportunidades. Por un lado, se facilita la pervivencia de la industria local; por otro, se incrementan las necesidades de servicios básicos - educación, sanidad, cultura, infraestructuras públicas, vivienda -, lo cual a su vez, facilita la creación de mejores empleos. Cabe pensar que la especialización geográfica será también inevitable. Una autonomía como la balear, por ejemplo, intensificará el uso turístico y el residencial para la tercera edad, lo que conllevará mejorar la atención sanitaria y la oferta global de ocio. Ya se está en ello. La educación adquirirá un peso inaudito, ya que las ciudades con mayor densidad de empresas innovadoras - y con universidades más prestigiosas - son las que disfrutan de una menor tasa de paro. Los movimientos migratorios equivalen a fuerzas tectónicas que van cambiando el rostro global de la sociedad. Guste o no, la identidad mestiza atraviesa el pasado, el presente y el futuro de la humanidad.

     

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