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Daniel Capó


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  • 02
    Mayo
    2012

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    El factor Renoir

    Nadie sabe muy bien lo que nos sucede. La economía y la sociedad se desmoronan entre la crispación y la mirada atónita de la gente. El Partido Popular llegó al gobierno acusando a los socialistas del despilfarro y del endeudamiento que han hundido el país, mientras que la izquierda culpa al liberalismo y al conservadurismo por haber roto los resortes necesarios para el buen funcionamiento del libre mercado. Los hay que hablan de la crisis moral que sacude España como un temporal y los verbeneros apuntan a la teoría conspirativa, ya saben: el club Bilderberg, los rosacruces, la masonería o la CIA con los chinos. Unos enarbolan la idea de las dos Españas y otros reclaman el separatismo como solución. Unos la memoria histórica, otros la pretendida desmemoria constitucional. Unos la monarquía, otros la República. Básicamente, todos contra todos. Si las sociedades permanecen cohesionadas gracias a una narrativa aglutinadora, lo que prevalece hoy es el relato de la desconexión, aunque apuntemos el periscopio hacia el futuro. ¿Qué hacer en estos momentos? ¿Más Europa o salirse del euro? ¿Desmontar el Estado del Bienestar para equilibrar las cuentas y sanear el déficit o impulsar una nueva expansión del gasto público que permita financiar el crecimiento, las infraestructuras, la educación y el I+D+i? ¿Merkel o Hollande? No, nadie sabe muy bien lo que nos ocurre. El gobierno de Rajoy descompuesto a los cien días, con gestos y engaños que evocan ya a Zapatero – pienso ahora en la subida del IVA, que no es la primera mentira ni será la última – y una oposición demagógica que carece de sentido del Estado. En esa partida de ping-pong, Bankia coquetea con la intervención y en los más importantes despachos madrileños se trabaja con la posibilidad de una ruptura de la moneda única y sus consecuencias legales. Son rumores que fomentan los rumores, como un Apocalipsis que se retroalimentara. Pero a día de hoy, la prima de riesgo responde a la rumorología, más que a los fundamentales, al puritanismo de Frau Merkel más que a la realidad. Como ha escrito en alguna ocasión el economista José Ramón Iturriaga, las buenas noticias simplemente no cuentan. El problema no es la tormenta perfecta sino la ausencia de un Meteosat.

    Entre las buenas noticias de esta semana no se encuentran ni el ridículo viaje a Suiza  del Govern ni el cierre de los multicines Renoir. La cultura no es un hecho aislado, sino una retícula que sostiene a la sociedad. En algún lugar de su obra, George Steiner ha defendido que Europa es la consecuencia de sus cafés, de sus librerías y de los caminos que la recorren. Uno se pregunta entonces cómo sería Palma si careciese de la red de bibliotecas y del conjunto de librerías – de Llibres Mallorca a Embat, de Literanta a La Biblioteca de Babel – que dotan a la ciudad de una determinada textura cultural. El parte de bajas es notable: algunas bibliotecas han cerrado, la Simfònica de Balears en peligro, la clausura del Centre de Cultura de Sa Nostra – ahí estuvimos todos, como ha escrito con acierto J.C. Llop – y ahora los Renoir. La paradoja nos conduce de nuevo a Suiza, donde las habilidades plurilingües se alimentan asimismo del “factor Renoir”, esto es, de la versión original como un sello de civilización. ¿Quién no firmaría los cuatro idiomas? Pero la realidad es que los Renoir echan el cerrojo y que la mayoría de nuestros adolescentes ni siquiera dominan con holgura dos lenguas hermanas. La suma de preguntas es obligada: ¿en qué siglo fueron alfabetizados los cantones suizos? ¿Y el norte de Europa? ¿De qué modo se relaciona la lectura con el éxito académico? La cultura da credibilidad a los pueblos. No sólo eso, por supuesto, aunque también eso. Que se ponga el telón no es una buena noticia.

     

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