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Daniel Capó


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  • 24
    Septiembre
    2013

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    El ejemplo alemán

    Aceptar el difícil equilibrio de la imperfección resulta preferible a la falsa seguridad de los mitos. Y hay países que lo tienen mucho más claro que nosotros

     

    menudo actúa una doble tentación a la hora de juzgar el tiempo que nos ha tocado vivir. Por un lado se olvidan las ataduras con el pasado y nos dejamos guiar en exclusiva por una especie de idealismo de la moral, por una abstracción falsa y perniciosa que conduce a la decepción y al resentimiento, ya que ni la sociedad ni la democracia alcanzan esa pureza virginal soñada. La segunda tentación viene a negar la anterior y responde a la idolatría de un pasado también mítico y, por tanto, amnésico e irreal. Las consecuencias, de nuevo, serían el rencor, fruto del victimismo, o la glorificación de los valores y de las virtudes que se creen propios frente a la leyenda negra característica de cualquier otra nación. En el primer ejemplo se idolatra el futuro; en el segundo, el pasado. En ambos casos se reduce la realidad a una lectura ideológica que ensombrece, en lugar de iluminar, la complejidad humana. Eso, y la evidencia de que, en contra de lo que habitualmente se cree, la dignidad tiene poco que ver con la perfección y sí con la adhesión a unos principios.

    Escribo estas líneas mientras en Alemania Angela Merkel ha ganado unas elecciones clave para el futuro inmediato de la Unión Europea y del euro. En el Financial Times Weekend, el columnista Tony Barber señalaba que, en lugar de la atmósfera populista y demagógica que afecta al resto del continente, “la Alemania de hoy resulta modélica debido a la madurez de su clase política, la estabilidad de un sistema descentralizado de gobierno, la fortaleza de las instituciones democráticas que se sostienen gracias al respeto de la ley y, finalmente, debido al poder exportador de su economía”. Estabilidad, moderantismo, aceptación democrática de las normas, ausencia de idealismos excluyentes y definitivos serían los conceptos clave. Lo sorprendente es que, durante mucho tiempo —al menos, ese periodo que va de mediados del siglo XIX a mediados del XX—, Alemania fue el principal peligro para Europa: la cuna del Romanticismo antiilustrado y del nacionalismo agresivo, y además el desencadenante de dos guerras mundiales. Quizás por eso mismo, los alemanes hayan aprendido a reconocer los peligros de cualquier idealización, ya sea de una ideología, de una época histórica o de un futuro incendiado por las cargas de caballería de lo utópico. Y también que el auténtico valor de la democracia reside en sus instituciones mediadoras —los parlamentos, el garantismo de las leyes, los tribunales, el equilibrio regional, etc.— más que en los dudosos beneficios de la democracia directa.

    Sospecho que el futuro distinguirá entre los países que hayan sabido gestionar la complejidad y los que hayan cedido a la lógica del mito. La atomización de las clases sociales conducirá a la necesidad de construir puentes que mantengan la estabilidad; el pavoroso crash demográfico pondrá en peligro —como ya ocurre— la generosidad del sistema de bienestar. Con la globalización, el mercado exterior restará protagonismo a la demanda interna, mientras se irá intensificando el deterioro laboral de las clases medias. De hecho, cabe constatar que el trasvase de la tradicional clase media española —formada por los obreros de la industria, el pequeño comercio y el funcionariado— hacia los sectores profesionales ya está sucediendo. Me pregunto qué puede aportar en este contexto la lógica tribal de la mitificación: ¿un cierto sentimiento de comunidad? Tal vez, pero sólo entre los creyentes y durante el corto plazo de unos lustros; no mucho más allá.

    Con todos sus defectos, el exitoso ejemplo de Alemania nos habla de la importancia de atemperar las lecturas dramáticas de la Historia, tanto como la hermenéutica de la utopía, para centrarse en la responsabilidad social y económica, junto a la prudencia política. Como siempre ha sucedido, nuestra época dicta el futuro con los inevitables borrones de la incertidumbre. La complejidad no ha llegado para marcharse, aunque algunos crean disponer de una varita mágica que los demás desconocemos. Aceptar el difícil equilibrio de la imperfección —esa prudente mecánica de errores y de aciertos— resulta preferible a la falsa seguridad de los mitos. Y hay países —como Alemania— que lo tienen mucho más claro que nosotros.

     

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