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Daniel Capó


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  • 13
    Marzo
    2013

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    El deber de la política

    Ni Aznar ni Rodríguez Zapatero supieron aprovechar la coyuntura histórica para modernizar el país. No se acometieron las reformas necesarias y ahora las prisas, el endeudamiento y la falta de adaptación nos ahogan en un bucle difícil de romper. La auténtica política consiste en saber tomar medidas impopulares.

     

    De acuerdo con Valentí Puig —Los años irresponsables (Ed. Península, 2013)—, durante el gobierno de Rodríguez Zapatero, “la sociología del sondeo sustituyó la reflexión socialdemócrata”. El apunte resulta especialmente atinado si pensamos en la ingenuidad de fondo que ha marcado el desarrollo de las últimas legislaturas. Cabe preguntarse si la inteligencia política responde al vaivén en los gustos de la ciudadanía o si, por el contrario, exige un prudente distanciamiento, una realpolitik que armonice los intereses inmediatos con las necesidades del futuro. ¿Qué habría sucedido, por ejemplo, si Aznar hubiera utilizado su mayoría absoluta para deshacer los círculos oligárquicos del país? ¿Dónde nos situaríamos ahora? ¿Estaríamos mejor o peor? Imaginemos que, tras la introducción de la moneda única —esos años perdidos—, el gobierno se hubiese arriesgado a liberalizar los colegios profesionales, flexibilizar el mercado laboral, reformar los horarios comerciales, ajustar las pensiones públicas, acortar el subsidio de desempleo y atajar las subvenciones improductivas y el gasto farmacéutico. Imaginen que la legislatura siguiente, el PSOE se hubiese atrevido a modernizar la administración, internacionalizar las universidades y transformar el modelo educativo, rompiendo el inmovilismo sindical y otras ineficiencias que resultan obvias. Imaginen que se hubieran retirado las competencias urbanísticas – esa veta inagotable de corrupción – o que se hubiera racionalizado la planificación de las infraestructuras – vías ferroviarias para transporte de mercancías en lugar del AVE, Corredor del mediterráneo, polos energéticos... –, sin ceder a las especulaciones de los reyezuelos autonómicos, o que se hubiera regulado de forma más estricta el crédito al sector inmobiliario. Hablo sencillamente de lo que no se hizo en su momento – de 2000 a 2007, cuando el crecimiento económico jugaba a nuestro favor – y ahora, en un contexto recesivo, se plantea de prisa y sin reflexión previa.

    Las consecuencias de la inercia son evidentes, tanto como los riesgos de la ausencia de criterio. La Europa del Norte exige, el Sur se ahoga. Hay que pensar que el éxito alemán contrasta con el fracaso español. Schröder sacrificó su capital político en beneficio de sus sucesores, Angela Merkel en primer lugar. Un líder prudente debe saber tomar medidas impopulares, aún a costa del futuro inmediato de su partido. No se trata sólo de una cuestión de responsabilidad sino también de ahuyentar la tentación infantilista, esa falta de aprecio a la democracia. En definitiva, pactos de Estado, transversalidad reformista, pragmatismo y convicción frente a los utopismos ideológicos, las retóricas victimistas y el despilfarro de la abundancia. No es necesario buscar mucho más allá para encontrar las raíces del descrédito: el gobernar a golpe de sondeos, la sociología del halago, el oportunismo como arma política, la ausencia de una mentalidad global que sepa interpretar los cambiantes flujos de la prosperidad en el nuevo atlas de las naciones. En un sentido más limitado, el jurista italiano Luigi Ferrajoli se ha referido a los “poderes salvajes” que buscan redefinir –a peor– las claves de la convivencia democrática, amenazando su línea de flotación. Sin duda, una sociedad moderna y culta exige un liderazgo que no reniegue de su deber. Lo contrario entra en la categoría del espejismo.

    ¿Qué nos depararán los próximos veinte años? Con toda certeza un mundo más complejo en lo económico, interconectado por la tecnología y sometido a una feroz redistribución de la riqueza, y no precisamente de arriba abajo. El poder se transfiere de Occidente hacia Asia, la industria y el comercio adquieren un renovado protagonismo, los salarios se estacan en provecho de una deflación competitiva. Quizás la gran clave del futuro sea –una vez más– el capital humano, en un panorama donde primará la meritocracia más radical. ¿Cómo se posiciona España? ¿Y cómo responden nuestros políticos? De entrada, con torpeza: entre el hedonismo de ayer y la premura asfixiante de hoy. Y luego con miopía, esto es, dando la espalda a la realidad. Y ahí seguimos.

     

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