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Daniel Capó


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  • 04
    Diciembre
    2013

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    El credo austero

    La última ilusión que el pensamiento global nos ha vendido son los beneficios de la austeridad. La pregunta sería en qué y para qué

    Citar la conocida sentencia del canciller sueco Axel Oxenstierna (1583 - 1654) —“Si supieras, hijo mío, con qué poca cordura se gobierna el mundo”— debería hacernos reflexionar sobre el papel que desempeñan las modas en nuestras vidas. Cuando yo era niño se desaconsejaba el aceite de oliva, se ponía en cuarentena el pescado azul y reinaba la arruga importada de la serie Corrupción en Miami. Nos adherimos a Europa animados por la ilusión de la democracia y, durante un tiempo, creímos que la senda del progreso era como una gran llanura desprovista de obstáculos. Las ideas nos llegaban con cierto retraso, de forma esquemática y, a menudo, eran acogidas con la furia de un converso. Igual que ahora, el deporte llenaba el prime time del ocio en España, aunque entonces las derrotas abundaban. La narrativa empezó a responder a los intereses sociológicos más que a los literarios, como un experimento anticipado de la corrección política. En economía se hablaba de la modélica socialdemocracia escandinava hasta que surgió el neoliberalismo anglosajón de Reagan y Thatcher, la maquinaria japonesa se averió y sobrevino el colapso de la URSS. Se predicó la desregularización del mercado como una nueva divinidad a la que ofrecer el beneficio de lo público. Los Estados se apresuraron a privatizar sus industrias estratégicas bajo la advocación del “capitalismo popular”, mientras los servicios financieros adquirían un estatus de culto y las industrias manufactureras se externalizaban al Tercer Mundo. Salieron ganando las multinacionales y también sus accionistas. El PIB subió, aunque sus efectos sobre la estructura social no fueron neutros en absoluto. El estallido financiero de 2008 dejó un rastro de tierra quemada, cuyas consecuencias todavía se padecen hoy. Al desierto económico le sucedió la necesidad de una reindustrialización con el dudoso privilegio de la inestabilidad laboral y de los sueldos ínfimos. En realidad, una de las características de la moda es que se impone sin que nadie acierte muy bien a dilucidar cuáles son sus verdaderos fundamentos ni cuáles sus consecuencias. Quiero decir que, a falta de argumentos sólidos, funciona con la fuerza aplastante de la publicidad y de la propaganda.

    La última doctrina que el pensamiento global nos ha vendido son los beneficios de la austeridad. Me cuento entre los creyentes, aunque me gustaría conocer la letra pequeña del contrato. ¿Se trata de la misma austeridad preconizada en Suecia —que incluye el déficit cero en su articulado constitucional desde hace casi un siglo— o es de otra índole? Ante los recortes educativos, ¿existen evidencias claras y contrastables de que el número de alumnos en un aula no afecta al rendimiento académico? ¿Qué incidencia tienen las listas de espera en el servicio al paciente y en la calidad sanitaria? ¿Hay que entender las pensiones privadas como una alternativa o como un complemento a la Seguridad Social? ¿Cuál es la finalidad de demonizar a los funcionarios? ¿Y el coste real de mantener los privilegios de los grandes lobbies de presión, ya sea el bancario, el constructor, el farmacéutico o el de tantos otros colegios profesionales? ¿Y el de las subvenciones? Desmintiendo los resortes de la intuición, la casuística prueba que lo privado no funciona necesariamente mejor que lo público. Países con fuertes políticas sociales como Suecia o Alemania mantienen un superávit fiscal frente al déficit crónico que atenaza a otros con un Estado del Bienestar más endeble. Aferrarse, sin más, a la simplicidad de un dogma —como el de los recortes— no garantiza la solución de los problemas. No, al menos, en principio.

    La democracia es el resultado de la tensión entre la excelencia y el realismo. Descartar cualquiera de los dos conduce al delirio utópico o al más abyecto cinismo. Cuando se impone un nuevo credo, hay que saber trazar la frontera entre la necesidad —en este caso, ajustar las cuentas— y la ideología, ya que muchos de las teorías asumidas por la derecha y la izquierda en el pasado han terminado en el baúl de los fracasos. Me temo que el pensamiento crítico no consiste tanto en lanzar dardos envenenados al adversario como en cuestionar las propias convicciones. Algo que no resulta habitual en nuestra clase política.

     

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