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Daniel Capó


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  • 26
    Febrero
    2013

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    El club Med

    Durante un tiempo los dirigentes españoles se pavoneaban ante los italianos, que nos contemplaban —o eso creíamos— entre la envidia y la admiración. Fueron unos años ficticios que nos han devuelto al club de los sospechosos

     

    ¿Le está marcando Italia el camino a España? Hace apenas unos años, los políticos de nuestro país se pavoneaban ante sus homólogos italianos valiéndose de algunos datos: la creciente renta per cápita, los triunfos deportivos, el desprestigio de la casta de los Berlusconi, el aparente vigor almodovariano de la cultura, así como el brillo reciente de las infraestructuras... Se tenía entonces a Italia por el enfermo de Europa: un Estado administrativamente anticuado, socialmente envejecido y económicamente obsoleto, reacio a las reformas y cuyas instituciones se resentían debido al poder corrosivo de la mafia. Habíamos pasado de la izquierda gramsciana, el neorrealismo y la gran literatura de la posguerra a la estética kitsch de las Mamachicho, que —todo hay que decir— pronto se trasladó a España. De la pizza (o los spaghetti) como icono gastronómico global pasamos al estrellato Michelin de El Bulli; y, en lugar del prosciutto, pronto llegó el reinado de los Cinco Jotas. Inditex empequeñecía a Benetton, a la vez que Telefónica tomaba el control accionarial de su rival italiana y los bancos españoles se aprestaban a dominar la City londinense. La conocida finezza de la política romana —heredera, supongo, del viejo principio lampedusiano que subraya la necesidad del cambio para preservar el statu quo— parecía llegar a su fin.

    La inestabilidad parlamentaria dificultaba cualquier proyecto de futuro. Al lado de un Berlusconi —o de un Bossi—, Zapatero hubiera contado como un estadista de dimensión europea. Las regiones ricas del Norte buscaban separarse del empobrecido Sur, mientras se hablaba con naturalidad de la existencia de dos Italias, sin que llegáramos a distinguir muy bien —hablo a nivel político— la una de la otra. Por supuesto, cualquier lector avezado se habrá dado cuenta de que estoy caricaturizando, porque, incluso en sus peores momentos, la potencia industrial y exportadora del país fue notable —de todos modos muy superior a la española— y nadie puede dudar de la lógica hondamente europea ni del rigor intelectual de sus figuras más representativas: de Umberto Eco a Claudio Magris, pasando por Erri de Luca, el insigne director de orquesta Claudio Abbado o el pianista Maurizio Pollini. Las comparaciones, como es sabido, resultan odiosas y, en este caso, tratándose de naciones tan similares en muchos aspectos, todavía más. La gloria de Zapatero —ese “hemos superado a nuestros vecinos en renta per cápita”— duró poco, sin que Italia hubiera mejorado de forma manifiesta. Sencillamente, tras el estallido de la burbuja, España se hundió y con él la grotesca retórica del nouveau riche. Cosas de la vida, dejamos de ser ejemplares como dos décadas antes lo habían dejado de ser los italianos. De repente, ambos países volvieron a formar parte del club de los sospechosos, al menos para los que pagan, que en Europa son los alemanes. Una vez más, la Historia —y supongo que también la geografía— nos unió.

    La continua banalización de la vida pública, el desprestigio institucional, el colapso demográfico o la rigidez de las estructuras productivas son parte de este legado común que hermana a Italia con España. Las elecciones del pasado domingo han puesto a prueba el auténtico estado moral de una sociedad que debe decidir entre el populismo y la civilización. Me temo que el futuro de España no será muy distinto. No por mímesis         —que también—, sino por la renuencia ante las reformas. De seguir así, en las próximas generales, el deterioro de los partidos políticos centrales abrirá la espita de la atomización del voto, entorpeciendo el buen gobierno del país, la adopción de las medidas necesarias y el rediseño institucional. Y lo más triste es que el PP y el PSOE se lo habrán ganado a pulso, pero las víctimas seremos nosotros. En realidad, ya lo somos.

     

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