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Daniel Capó


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  • 31
    Octubre
    2012

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    El auge nacionalista

    La historia se mueve en un continuo vaivén, pero tiende a parecerse a sí misma. Galicia sigue siendo popular, con Feijóo llamado a alcanzar metas más altas en el futuro. El PSOE comienza a parecerse a la UCD, con un mensaje poco creíble y un líder que se nos antoja definitivamente superado por la herencia ruinosa de su antecesor. En Euskadi, la dinámica adquiere un distintivo movimiento pendular. Cada cuatro años, el retrato sociológico del País Vasco muestra una fisonomía en constante transformación. Llamémosle el péndulo esperanzador: de Arana al constitucionalismo, del plan Ibarretxe a la designación de Patxi López como Lehendakari. En realidad, esa apariencia variable de la política vasca tiene algo de ilusorio. Los votos cambian, las representaciones parlamentarias de los distintos partidos suben o bajan, sin embargo la correlación de fuerzas permanece inmóvil. Con la victoria de Urkullu y el ascenso indiscutible de Bildu, se podría interpretar que la derrota de ETA ha supuesto el resurgir del soberanismo. Sospecho que no es así. Al menos en Euskadi, la doctrina Lampedusa rige todavía.

    Con todos los astros jugando a su favor, el abertzalismo radical de Bildu ha tocado techo en estas elecciones. El PNV, en cambio, ha conseguido ocupar de nuevo el eje central del electorado vasco, gracias a la llegada masiva de voto socialista y popular, consecuencia en gran medida del miedo a Bildu y del hastío inherente a la crisis económica. Son votos prestados que se niegan a ir de la mano de ningún tipo de proyecto secesionista. Y es lógico, además, que el PNV no quiera pactar con los radicales, puesto que no sólo se disputan la hegemonía nacionalista, sino que sus respectivos proyectos de país —la cultura política, por así decirlo— son distintos. Desde esta perspectiva, el pasado reciente y el presente marcan mucho, con Bildu cediendo posiciones en aquellas ciudades donde ha gobernado hasta ahora. No debemos olvidar otro aspecto clave: el 33% de abstención que, de entrada, no suma independentista (de Bildu, imposible), entre otras razones porque el voto nacionalista se moviliza con mayor facilidad. El discurso de Urkullu, en la misma noche electoral, fue inteligente e integrador, con un notable sentido de Estado.
    La pregunta que surge obligadamente es: ¿qué sucede en Cataluña? Al contrario del aranismo, la tradición histórica del nacionalismo catalán no es exactamente rupturista, sino que siempre se ha insertado en la idea de España. Así, la Constitución del 78 resulta impensable sin el peso de Cataluña, al igual que la Transición fue fruto de la generosidad de muchos. Cabe sostener que el modelo institucional que, con mayor o menor acierto, se empezó a edificar en el 78 ha entrado en crisis, pero no que haya fracasado: Europa, las libertades, el progreso económico, la internacionalización, la alternancia democrática y la pluralidad social distan de ser una ficción. Con sus defectos, el sistema autonómico ha sido un polo de desarrollo y de bienestar, que precisa ahora una puesta al día para adaptarse al nuevo contexto competitivo. A lo largo de la historia, la modernización exige el continuo reformismo lúcido y no la puesta en escena de un atrezo maniqueo. Los excesos sentimentales hacen chirriar la democracia.

    Al auparse a la manifestación del 11 de septiembre, el presidente catalán pretende encarnar una emocionalidad que ha adquirido rasgos transversales y que se sostiene sobre el argumentario de las balanzas fiscales (“Espanya ens roba”), en una coyuntura histórica de gran debilidad para el conjunto de la nación. La táctica de Mas pasa por aprovecharse de la tensión, desde un discurso con formas “pulcramente democráticas” —las palabras son de Pujol— que capitalice la crispación social y económica. Las incógnitas que se abren, sin embargo, son muchas: ¿qué tipo de Estado quiere Mas? ¿Libre asociado o plenamente independiente? ¿Hay espacio para el diálogo? ¿De qué tipo? ¿Se puede obviar la legalidad? ¿Y conocemos la opinión de Europa? Me temo que, por el momento, las respuestas tendrán que esperar. La lectura más inmediata sostiene que el debate racional se aplazará hasta la poscampaña.

     

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