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Daniel Cap贸


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  • 30
    Enero
    2013

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    Dos bibliotecas

    Chestnut Hill es una biblioteca situada en un barrio de clase media alta de Philadelphia. La biblioteca Lillian Marrero, por su parte, se encuentra en un distrito socialmente marginado de la misma ciudad. El destino de los lectores de estos dos centros ser谩 presumiblemente distinto

    Distan poco la una de la otra, apenas veinte minutos. Ambas disponen de fondos bibliogr谩ficos similares, terminales de ordenador, salas aisladas para el trabajo en equipo, modernas ludotecas y un amplio horario de atenci贸n al usuario. Las dos son p煤blicas, en un pa铆s            鈥擡stados Unidos鈥 que se caracteriza por su generosidad con las instituciones culturales. Frente al oscurantismo de las monarqu铆as absolutas europeas, la rep煤blica americana quiso, desde sus inicios, establecer una alianza entre la democracia y el libre acceso a la cultura escrita. Primero en la costa este y m谩s tarde a lo largo del pa铆s se fueron propagando las bibliotecas, en buena medida gracias a la generosidad de los fil谩ntropos. Chestnut Hill y Lillian Marrero son hijas de esta tradici贸n orgullosa, que hace del ideal ilustrado el motivo de su existencia. Nuestra cultura 鈥攜, por tanto, tambi茅n el tono del debate sobre los asuntos p煤blicos鈥 refleja con milim茅trica precisi贸n la textura de lo que hemos le铆do. No deber铆a extra帽arnos. Los pa铆ses cuyo sistema educativo obtiene una mejor puntuaci贸n son aquellos que han dado prioridad al goce de la lectura desde edades muy tempranas. La riqueza de vocabulario a los cinco a帽os constituye un indicador fiable del futuro 茅xito acad茅mico de los estudiantes, como ha subrayado en repetidas ocasiones el informe PISA. Una l铆nea sutil 鈥攍o escrib铆 hace ya tiempo鈥 conecta las estanter铆as vac铆as de una biblioteca (o de las escasez de libros en un hogar) con el fracaso escolar.

    A lo largo de diez a帽os, las investigadoras Susan B. Neuman y Donna Celano han analizado el uso que se hac铆a de las prestaciones de Chestnut Hill y de Lillian Marrero. En ambos casos, el n煤mero de usuarios era similar, al igual que sus dotaciones. Sin embargo, los h谩bitos culturales han resultado significativamente distintos. En Chestnut Hill, los ni帽os rara vez van solos a la biblioteca, sino que los adultos 鈥攕us padres, un abuelo o la asistente鈥 desempe帽an un rol activo: gu铆an a los peque帽os en la elecci贸n de los libros, emplean diccionarios y enciclopedias, consultan sus dudas con el personal de servicio, orientan a los ni帽os en el manejo de los ordenadores y, en definitiva, dedican una media de cuarenta y siete minutos por cada hora que pasan en la biblioteca a leerles cuentos a sus hijos. En Lillian Marrero, en cambio, la mayor铆a de ni帽os acuden solos y, cuando lo hacen con los padres, estos suelen adoptar una actitud pasiva: no aconsejan a sus hijos en la selecci贸n de t铆tulos ni dedican tiempo a la lectura compartida. Los peque帽os entran y salen a menudo de la sala, picotean de una actividad a otra y les cuesta centrar la atenci贸n. Con la ayuda de un adulto, el ni帽o que acude a Chestnut Hill lee 2,435 palabras por cada hora que pasa en la biblioteca; el de Lillian Marrero, apenas 180. El an谩lisis de la tipolog铆a del pr茅stamo ha demostrado que el usuario infantil medio de Chestnut Hill le铆a libros de una mayor complejidad intelectual que el de Lillian Marrero. Parece una consecuencia l贸gica.

    驴A qu茅 se deben estas diferencias entre un lugar y otro? No cuesta mucho adivinar que la causa principal es el contraste en el nivel de formaci贸n de los padres. La biblioteca de Chestnut Hill se encuentra en un barrio de clase media alta. Por su parte, la biblioteca Lillian Marrero se sit煤a en un distrito marginado de la ciudad, donde s贸lo una minor铆a ha finalizado estudios superiores. A pesar de contar con infraestructuras educativas similares, el destino de los lectores de estos dos centros ser谩 presumiblemente distinto. Lo cual ejemplifica la dolorosa atomizaci贸n social que apunta en el futuro. Y que nadie sabe muy bien c贸mo detener.

     

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