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Daniel Capó


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  • 22
    Agosto
    2012

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    De vacaciones en Mallorca

    En 1929 Joan Miró y Pilar Juncosa pasaron su luna de miel en el hotel Illa d’Or del Puerto de Pollensa. Uno se imagina la atmósfera festiva que se respiraba en la isla, a pesar de la crisis económica internacional. El turismo empezaba a despegar, con los oficiales ingleses que, destinados a la India, descubrían Mallorca en su camino de regreso a casa. Las Baleares se abrían al mundo, que es como decir que el mundo revelaba uno de los rostros del paraíso. Robert Graves llegó a Deià en 1929, persiguiendo la luz pura del Mediterráneo. Walter Benjamin alternaba Capri con Ibiza. El menorquín Mario Verdaguer traducía a Zweig y a Thomas Mann. Dietrich Bonhoeffer predicaba a los feligreses alemanes en el Gran Hotel de Palma. En 1931, fue Ernst Jünger y su familia —Gretha, y sus dos hijos, Ernstel y Alexander— quienes también eligieron el hotel Illa d’Or, de nuevo en el Puerto de Pollensa. En su novela Juegos africanos, el escritor alemán narra la fascinación que le suscitó el paisaje de Mallorca: “La isla se me ofrecía como el puesto avanzado de un mundo aún más bello y peligroso o como el preludio de aventuras de naturaleza fantástica”. Sabemos que subió hasta la Talaia d’Albercutx, de camino a Formentor, y que visitó la ermita de Santa Magdalena, en Inca, y el castillo de Bellver. Entre la media docena de fotografías que se conservan de su estancia en Mallorca, hay una en la que pasea junto a su mujer, vestido con americana a rayas, pajarita y bombachos —viva imagen de la culta burguesía europea—. Apenas unos años más tarde, España y Europa se convertirían en sinónimos del terror. Ninguna historia es lineal, ni siquiera las felices.

    Leo que David Cameron ha disfrutado este año de unas vacaciones en el Puerto de Pollensa, para regocijo de políticos locales, tour operators y hoteleros en general, que valoran el potencial publicitario de la figura del Premier británico. Bien pensado, es una suerte que Cameron desconozca las declaraciones del ministro Soria, el cual invita a los españoles a no salir del país, no sea que todos caigamos en una variante u otra de la tentación autárquica. Lo cierto es que desconozco cuál puede ser el impacto real de la visita de un famoso a la isla. ¿Mejora la calidad de nuestro producto? ¿Nos hace más competitivos? ¿Ilumina alguna de las excelencias de la industria hotelera? ¿A alguien realmente le importa que Aznar exhiba sus abdominales en una playa de Cerdeña? Se dirá que vivimos en el mundo del marketing, ya saben, los minutos de prime time en televisión, la prensa rosa y todas esas zarandajas.

    Dentro de unas décadas, tan sólo el especialista en historia local recordará la estancia de Cameron entre nosotros y quizás entonces detecte que, del siglo XX al XXI, la tipología del turista ilustre ha ido cambiando. También cabría averiguar si el famoseo no constituye el canto del cisne de una tierra que ya se ha desprendido de sus mejores joyas: el paisaje entendido como una forma de civilización, entre el apacible transcurrir de las estaciones y la vitalidad agreste de la naturaleza. En clave europea, Mallorca no ha necesitado al famoso, convertida por sí misma en meca de la belleza. Uno piensa en la isla que eligieron durante alguna etapa de sus vidas Jorge Luis Borges y Rubén Darío, W. B. Yeats y Robert Graves, Jorn Utzon y Chopin y se pregunta si coincide con la Mallorca de papel cuché de las celebrities y los multimillonarios —Florentino Pérez, David Cameron, Claudia Schiffer…— que navegan por nuestras aguas. La cuestión es saber si mantiene Mallorca su atractivo y, sobre todo, si lo mantendrá en el futuro. Sin la gran narrativa de la cultura, todos los paraísos palidecen. Es probable que tampoco nosotros seamos una excepción.

     

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