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Daniel Capó


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  • 23
    Febrero
    2012

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    De camino a Palma

    En el tren, de camino a Palma, la Serra todavía nevada, escucho a Fred Hersch – Alone at the Vanguard - y leo Boxing: A Cultural History, de Kasia Boddy. Recuerdo unas líneas de Joyce Carol Oates que leí hace tiempo: “El boxeo es un drama condensado sin palabras, una historia que se improvisa luchando y que se hermana con la danza y con la música.” Juntamente con el toreo – otra forma de arte al que se acusa de primitivismo -, el boxeo carece de  análogos. Nos habla de la masculinidad y el carácter, pero también de una cierta nobleza del alma. En el libro de Boddy, el ring refleja un sistema moral coherente, un código de conducta basado en el valor y el respeto, uno de cuyos objetivos sería instilar  la virtud del coraje en el hombre. De Hemingway a Cocteau, de T.S. Eliot a Ezra Pound, de Scorsese a Norman Mailer, no ha cesado la fascinación que la alta cultura siente por este deporte, quizá porque en su día constituyó uno de los ritos de iniciación de las elites europeas o porque nos cuenta la historia del mal y su posibilidad de redención. Quizá también porque nos muestra los abismos de la condición humana. “Como el sexo o la muerte - escribió Oates – el boxeo es una fuerza primitiva. De hecho, las experiencias más profundas de nuestras vidas son físicas, no espirituales.”


    “Persigue tus sueños” recomendó en los años ochenta el antropólogo de la religión Joseph Campbell. Es curioso que fueran éstas las primeras palabras en las que pensé después de ver Acorar, el aclamado monólogo teatral de Antoni Gomila. Hablo de pasión – los sueños - y de riesgo deliberadamente, porque ambos conceptos definen la biografía del actor manacorí. De informador juvenil a director de teatro, de animador infantil a intérprete de Chéjov, Gomila es el caso singular de un isleño que no se detiene ante el horizonte natural de lo aprendido sino que asume como parte integrante de la vida la posibilidad del fracaso. La gloria warholiana le ha llegado estos días con Acorar, un texto limpio, mediterráneo, que plantea una metafísica de la pérdida desde el humor y donde “lo nostro” – unas matances de ineludible rostro familiar – queda teñido por la ironía líquida de un consumado bufón. Lo admirable es que la obra admite distintas lecturas, sin que el actor/dramaturgo llegue a desvelar su particular hermenéutica. No busquen en ella solución a nuestros males, más allá de la intuición atávica de un exorcista que trabaja con los demonios coagulados de la tradición. Con el tiento de un funámbulo, Gomila logra bascular entre el inmovilismo y la modernidad, desnudando las metáforas fallidas de nuestra idiosincrasia más agraria. Si el filósofo lituano Emmanuel Lévinas señaló con acierto que la cultura debe descentrarse, salir continuamente de sí misma para descubrir lo esencial, Acorar describe con lucidez esa Mallorca que ya no existe. O que perdura desorientada entre el miedo, la incertidumbre y la desconfianza.

    El Conseller d’Educació Rafael Bosch haría bien en hojear el reciente estudio de la Asociación Americana de Pediatría sobre los efectos del estrés en la primera infancia. El estrés – sobre todo el infantil – se asocia con problemas conductuales en la adolescencia y, a largo plazo, intensifica determinadas patologías autodestructivas que perpetúan el fracaso escolar, la pobreza y la exclusión social. En The american family in black and white, James Heckman, premio Nobel de Economía, afirmó que “la brecha [educativa] emerge antes de que los niños entren en la escuela y persiste en el tiempo. Los colegios hacen poco por reducir esta brecha que se encuentra ya presente cuando los niños son escolarizados. El modo en que los padres educan es crucial y la ventaja o desventaja académica de los niños viene determinada en gran medida por el tipo de cuidado paterno.” Al igual que la Asociación Americana de Pediatría, Heckman aboga por la prevención, por mejorar la formación de los padres e invertir en guarderías de calidad. El Govern Balear, con Bárbara Galmés como consellera, fue en su día pionero en la apuesta por las escoletes, aunque, como sucede a menudo, la iniciativa quedó lastrada por problemas presupuestarios. Hoy, años más tarde, y a pesar de que la literatura científica sea concluyente al respecto, seguimos lejos de los estándares europeos. Un grave error, supongo.

     

     

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