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Daniel Capó


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  • 09
    Mayo
    2012

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    Cuestión de dignidad

    La segunda mitad del siglo XX –hablo de Mallorca– supuso la destrucción del paisaje de la isla y de una parte de su idiosincrasia. No pienso en atavismos ni en conceptos identitarios, en los que no creo. La historia es básicamente un movimiento que transforma la sociedad y sus rostros, que atesora valores y sella certezas para luego renunciar a las mismas. Un conservador diría que la alternancia no se da entre lo bueno y lo óptimo sino entre lo malo y lo peor. En esa disyuntiva –de los años sesenta a hoy–, Mallorca prefirió sacrificar sus calas y playas vírgenes a cambio de una abundancia desconocida anteriormente. El dinero del turismo permitió hacer realidad el sueño de buena parte de la clase media: dos casas, dos coches, quizás una embarcación o un llaüt, cursos de inglés para los niños, sanidad privada... Resulta fácil protestar ahora y sugerir que las cosas pudieron ser distintas: que en lugar del turismo de masas se tendría que haber mimado al cliente culto y elegante o que, en vez de arruinar el entorno, debería haberse preservado el ecosistema en su integridad. Es cierto, pero cabe preguntarse también cuál era la perspectiva histórica y cultural de los mallorquines en aquel momento. Quiero decir que, en ese cruce entre lo malo y lo peor, se optó por la urgencia de crecer a costa de todo lo demás. La Mallorca de hoy es una consecuencia de aquella decisión, acertada o no.

    “Ninguna época es ajena a su locura”, afirmó en una ocasión el escritor alemán Ernst Jünger. ¿Lo es la nuestra? ¿Cómo nos juzgará el futuro? Me temo que no muy bien. Ahí está el golpe bajo, en forma de anuncio del macrohotel de Sa Ràpita, cuya ejecución supone una bofetada a la imagen del sur de la isla. Pero no hablo sólo de actitudes, sino de la reforma que se nos vende como austeridad cuando en el fondo se trata de un discurso ideológico tendente a arrinconar el gran pacto social que ha hecho posible la Europa democrática. Si en Mallorca con el cierre del siglo XX se perdió la dignidad ecológica, se obtuvo a cambio la urdimbre de un Estado del Bienestar hasta entonces desconocido. A pesar de todos los abusos cometidos, la sanidad y la educación pública, el sistema de becas, las pensiones o el seguro del desempleo representan el rostro más humano de Europa, además de un importante factor de competitividad. Nada de todo eso fue fácil ni mucho menos gratuito. Se levantó legislatura a legislatura, década a década, con errores y aciertos, gracias a los esfuerzos y a la generosidad de varias generaciones. El Estado del Bienestar, junto a la democracia, constituye el foso que nos separa de la indignidad de la historia, esa pasión ciega del poder por convertir al hombre en un siervo de sus intereses.

    Sujeto a la dura necesidad presupuestaria, el cierre del Hospital General y del Joan March anunciado por el Govern evoca recuerdos de una economía de guerra. Por primera vez en mucho tiempo, el miedo se ha convertido en un factor social clave. Las noticias se suceden: miles de profesionales despedidos, la criminalización del funcionario, la rebaja de las becas, etc. Hablo del miedo, cuando el miedo nunca ha sido proyecto de nada. De nada honorable, quiero decir. Uno se pregunta entonces cómo sería nuestra sociedad si le quitáramos lo mejor de sus instituciones: hospitales, guarderías, colegios, bibliotecas, polideportivos… Sin duda, se trataría de un mundo elitista en el peor sentido de la palabra, un lugar donde las oportunidades serían inversamente proporcionales al talento. Con algún matiz, eso es lo que nos estamos jugando ahora de cara al futuro: preservar la esencia de nuestra dignidad. Y las decisiones que tomemos ahora perdurarán en el futuro durante, al menos, unas cuantas generaciones.

     

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