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Daniel Capó


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  • 26
    Marzo
    2014

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    Capital humano

    Tras la calma invernal, el Govern anuncia que piensa flexibilizar la implantación del TIL para el próximo curso, reduciendo de siete a cinco las horas lectivas de inglés en la ESO. Se constata así la difícil aplicación de una reforma, algunos de cuyos objetivos son necesarios, pero seguramente no del modo en que se plantearon. En la sociedad global de nuestro tiempo, el dominio del inglés ha adquirido una condición de franquicia para acceder a la elite profesional o académica. En inglés se cursan los mejores posgrados universitarios, se publican los artículos científicos, se comercia a nivel internacional y se maneja la diplomacia entre los gobiernos. La influencia del soft power se nutre de la capacidad de seducción de los contenidos en inglés: del cine a la literatura, de las series televisivas a los medios digitales. Un artículo en la prensa americana resulta suficiente para poner de moda el calimocho o la ensaimada; el pop ha adquirido el estatus de música global y la cultura internacional del conocimiento y de la innovación tecnológica se transmite a tiempo real en inglés. El problema del TIL no era tanto el tercer idioma sino el equilibrio entre el castellano y catalán y un calendario imposible que jugaba en contra de las intenciones del Govern. Como es sabido, en cualquier sistema complejo la flexibilidad es una virtud imprescindible para adecuar los objetivos a la realidad y no caer en peligrosos apriorismos. Sin la adecuada formación del profesorado —lo cual lleva años— ni el desarrollo gradual de las capacidades lingüísticas de los alumnos, la aplicación precipitada del Decreto de Lenguas sólo podía traducirse en un incremento de la desigualdad escolar, además de una rebaja en los contenidos de las materias cursadas en inglés. Esto plantea, por supuesto, otra cuestión: ¿qué se debe y qué no se debe enseñar en un idioma extranjero? Y, en definitiva, ¿hacia dónde orientar el futuro de la educación?

    De forma ideal las reformas exigen generosos pactos de Estado. Con el acuerdo de la comunidad implicada, la resistencia al cambio se diluye y los sacrificios se comparten. En el tema de la enseñanza, el ejemplo finlandés resulta modélico. ¿Sus virtudes? Una legislación estable que lleva décadas funcionando, unos parámetros claros y la cohesión social como regla básica. El principio de equidad se consigue por medio de la atención temprana a los alumnos con algún tipo de dificultad en el aprendizaje, al mismo tiempo que se relaja el currículum escolar: menos exámenes y más horas dedicadas a la lectura, al juego y a habilidades no propiamente académicas, tanto da que sea montar un robot de Lego, preparar a diario el desayuno en el aula o aprender a zurcir unos calcetines. Los objetivos no responden a la retórica superficial de la demagogia política, sino que se encaminan hacia una virtud pública que alinea los intereses de los profesores, los padres y los alumnos. Sin embargo, Finlandia es un modelo único no fácilmente replicable, ni siquiera en su entorno geográfico más cercano, caso de Suecia.

    La pregunta por la educación es la que marca el futuro del capital humano de una sociedad. No hay vías únicas, pero sí caminos más desbrozados que otros. Concentrar de entrada el esfuerzo en los primeros cursos parece sensato. Y eso supone mejorar la formación de los profesionales así como la calidad de las metodologías empleadas, prestar una especial atención a la diversidad y trabajar juntamente con los padres. O lo que es lo mismo: las reformas requieren tiempo, moderación, inteligencia y flexibilidad para asentarse, además de prudencia para tejer afinidades en el seno de la comunidad implicada. De vuelta al TIL, una apuesta decidida por la etapa de infantil —tal vez hasta primero de primaria—, con la contratación de profesorado nativo y la formación previa de un grueso de docentes habría sido preferible y seguramente hubiera evitado en buena parte la polémica. Pero los problemas de fondo de la escuela en Balears exigen algo más que un reequilibrio entre las tres lenguas, por muy urgente y necesario que sea el dominio del inglés. En mayor o menor medida, los ejemplos exitosos de algunos países de nuestro entorno prueban que, en periodos relativamente breves —en torno a una década—, se pueden obtener resultados notables, siempre que el diagnóstico sea acertado y los medios suficientes. Este debería ser un objetivo de Estado.

     

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