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Daniel Capó


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  • 30
    Octubre
    2013

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    Borrar el misterio

    La pérdida de la conciencia del misterio coincide con el uso y el abuso de la retórica de los valores y con un empobrecimiento general del debate público

    Vivimos en un mundo empeñado en borrar las huellas del misterio, quizás porque nos creemos todopoderosos o porque nos repugna asumir nuestras propias limitaciones, precisamente cuando la conciencia de los límites constituye una de las experiencias humanas fundamentales, igual que lo son el amor, la generosidad, la belleza, el arte y la bondad. Los      neodarwinistas argumentan que, detrás de nuestro comportamiento, se oculta una fría voluntad egoísta que facilita la supervivencia de la especie. Los lazos familiares y tribales, el altruismo o la benevolencia, funcionarían como una especie de táctica evolutiva que nos protegería ante las adversidades de la naturaleza. Los neurocientíficos pretenden diseccionar la estructura de lo artístico – como si un cuadro de Velázquez o una fuga de Bach se pudieran deconstruir – a partir de las sinapsis neuronales. Una religión edulcorada frivoliza los mitos que han dado sustento a las grandes narrativas de la Historia. Se protege a los niños de la crueldad gratuita presente en los relatos infantiles – empezando por los cuentos de los hermanos Grimm -, con el pretexto de cualquier moralina de nuevo cuño. Es el mundo obsesionado por la higiene intelectual de la corrección política, que ha reducido el misterio a un indicador cuantitativo. Fabuladores de la aritmética, su estricta lógica numérica sería digna heredera de la avaricia de un Mr. Scrooge. De este modo, la justificación de nuestras vidas pasa por la cuenta de resultados, la consecuencia de diversas medias calculadas de forma precisa, fácilmente digeribles y sin espacio para la interpretación. Ni para el misterio, claro está.

    Pensé en todo esto hace unos días, al topar con un texto del escritor inglés Neil Gaiman, donde reflexionaba sobre la importancia de la lectura. Leer educa la imaginación, nos da un sentido del pasado – y, por tanto, una perspectiva para analizar el presente – y nos habilita para soñar el futuro. La literatura indaga en las relaciones humanas, nos ofrece pedazos de vida y, a menudo, erige una narrativa de sentido, en medio de las habituales retóricas del nihilismo. La lectura concede el placer del voyerismo, ya que nos adentra en mundos ajenos – que, a su vez, nos son propios -, sujetos a la arquitectura verbal de la belleza. A nivel de anécdota, Gaiman apunta que, a la hora de planificar la construcción de futuros presidios, las autoridades norteamericanas toman en cuenta las tasas de analfabetismo entre los niños de diez años en una demarcación concreta. El informe PISA, por su parte, ha establecido que una de las variables decisivas para determinar el futuro académico de los niños de preescolar es el número de cuentos a la semana que sus padres les leen en voz alta. Se trata de argumentos estadísticos y funcionales repetidos hasta la saciedad – y con razón - por los defensores de la lectura, que, sin embargo, obvian lo verdaderamente crucial en la literatura. “El escritor   – afirma Flannery O’Connor – se ocupa del misterio vivido […]. La pobreza que le preocupa es una pobreza fundamental para el hombre. Creo que la experiencia elemental de todo el mundo es la experiencia de la limitación humana”.

    La propia Flannery ironizó sobre  el novelista de nuestro tiempo, preguntándose si, antes de ponerse a escribir, no debería realizar un examen estadístico en lugar de un examen de conciencia. Si en una editorial los criterios de éxito los marca el número de ventas, en una biblioteca el buen funcionamiento viene definido por la cantidad de préstamos. ¿Necesidades del balance o anorexia intelectual? Seguramente ambos, aunque, como suele suceder en estos casos, nunca se termine de saber qué fue antes: si el huevo o la gallina. La pérdida de la conciencia del misterio como fundamento de la vida coincide con el uso y el abuso de la retórica de los valores y con un empobrecimiento del debate público. La pedagogía se empeña en vendernos las bondades de esa aburrida literatura “para la ciudadanía” que consumen en las escuelas niños y adolescentes. Yo más bien creo todo lo contrario: el aburrimiento no nos hace mejores lectores, ni la enseñanza de valores tiene que ver con la literatura. No es que la literatura no deba ofrecer una visión moral – que lo hace -, sino que lo realmente importante no se deja cuantificar.

     

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