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Daniel Capó


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  • 08
    Agosto
    2012

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    Adiós al obispo

    A Jesús Murgui lo han acusado de no encajar con el clero de la isla y de falta de carácter. Yo creo que fue un buen hombre. En los años que estuvo aquí, molestó poco y esto le hizo ser raramente moderno

    Se marcha de Mallorca el obispo Jesús Murgui. Sus críticos le acusaron de no encajar con el clero isleño y de falta de espíritu resolutivo. Se ve que, para algunos, el episcopado se asemeja al generalato; es decir, que hay que saber manejar la tropa y además contar con dotes de mando. A mí me caía bien, aunque por ningún motivo en particular. En los años que estuvo con nosotros, molestó poco y esto le hizo ser raramente moderno. No concedía entrevistas ni sermoneaba sobre la corrupción política, la polémica lingüística o cualquier otro asunto de la actualidad periodística. Diríamos que, de este modo, fue un liberal alejado del activismo de otros obispos. Yo lo prefiero así, porque en este aspecto la historia de la Iglesia española ha sido poco ejemplar, viciada sin duda por la tentación del poder y por una especie de soberbia maniquea. En una homilía dirigida a los católicos alemanes, Benedicto XVI invocó la necesidad de apartar “el fardo material y político” que atenaza a la Iglesia y la hace poco creíble. Las sensibilidades, incluso las intraeclesiales, son distintas y no faltan los que preferirían una iglesia triunfante que llenase estadios a otra más humilde y precaria, que viva apegada a la identidad evangélica. Los hay también –y entre ellos se cuentan muchos de los críticos de nuestro prelado– que confunden la puesta al día del catolicismo con sumarse al último eslogan del momento, lo cual, además de ridículo, acaba en el menosprecio general.  Uno, por supuesto, no tiene ni idea de si Jesús Murgui fue un buen obispo, aunque probablemente no haya sido extraordinario. Pero dudo que fuese tan ineficaz como se pretende, al menos si los comparamos con otros colegas suyos del episcopado español. Tuvo la virtud de enviar a bastantes sacerdotes jóvenes de la diócesis a estudiar a Roma, consciente – supongo – de la necesidad de mejorar la formación del clero, de hacerlo en este sentido más católico, más “universal” y, por eso mismo, más apto para confrontarse con las escalas del pensamiento moderno. Quizás el paso del tiempo ayude a valorar positivamente este empeño personal de Murgui.

    De hecho, la actual irrelevancia de la Iglesia española se debe a su falta de conexión intelectual con la sensibilidad contemporánea. Al menos en parte, claro está. España en su conjunto, pero sobre todo la Iglesia, llegó tarde y mal al siglo XX. Mientras en Inglaterra el movimiento de Oxford estaba revitalizando el sesgo intelectual del catolicismo, o en Alemania se trabajaba la exégesis y la teología a nivel científico, los seminarios españoles seguían ofreciendo una dogmática trasnochada. Hay problemas que se repiten a lo largo de la historia, sencillamente porque el peso de la tradición es enorme. Pueden mutar los rostros, transformarse la ideología, rotar los discursos, y sin embargo persiste un ruido de fondo que apenas cambia. Dicho de otro modo: no somos tan distintos a nuestros padres, aunque una época pueda distar mucho de otra. Si pensamos en clave social, la crisis económica se explica desde ese desajuste entre lo que ofrece nuestro país y lo que exige la globalización. Los fallos de la inteligencia suelen traer resultados catastróficos. Algo así le sucedió –y le sucede– a la Iglesia española, y la mallorquina no es excepción. Murgui no tuvo una tarea fácil y quiero suponer que hizo lo mejor que pudo. Hubieran sido de agradecer unas palabras más firmes contra la corrupción, una denuncia más contundente del mal moral que subyace en la soberbia de la clase política. Quizá fue un hombre al que le faltó coraje, que pecó por exceso de prudencia. Pero creo que fue un buen hombre. Mucho más honesto que los políticos que nos han gobernado.

     

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