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Daniel Capó


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  • 05
    Febrero
    2014

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    A la espera de 2016

    No debemos subestimar el hecho de que hemos entrado en un largo periodo electoral que durará año y medio; tiempo de acusaciones y de promesas, vacuas en la mayoría de ocasiones

    Tras la convención popular en Valladolid —que inaugura la serpiente electoral del próximo año y medio—, el PP tendrá que demostrar si es capaz de mantener el control del poder en España o si, por el contrario, el árnica amarga de la austeridad terminará por debilitar sus posiciones. Con Vox buscando aglutinar el descontento de los sectores más a la derecha, Rajoy ha puesto en marcha una campaña basada en la unidad territorial y la eficiencia frente a la incertidumbre del presente. De fondo, el azul turquesa de las luces, la mercadotecnia y un eslogan que pueda calar en el electorado: “España, en la buena dirección”. La autocrítica no forma parte de los actos propagandísticos de los partidos ni tampoco es lo que se espera. ¿Quién se mueve del guión previsto? ¿Esperanza Aguirre? ¿Jaime Mayor Oreja? ¿Un ex como Alejo Vidal Quadras? El poder aglutina como un pegamento, tritura las disidencias y se tizna cada vez más con el desprestigio del espectáculo. A falta de ideas, triunfa una concepción artificiosa y pueril de la relación entre el poder y la sociedad. La política como una continua campaña de imagen, que enmascara las auténticas necesidades de los ciudadanos. Y así triunfa la jarana.

    De todos modos, mientras el presidente del Gobierno anuncia una rebaja gradual de los impuestos para 2015, el último consejo de ministros ha impuesto una subida del 18% en el tramo fijo de la factura de la luz. No hay economía familiar que resista esta sucesión de golpes bajos. Si bien la austeridad pública y privada se sitúa en máximos históricos, el ahorro desciende como acosado por una plaga de picudos rojos que se lanzaran al asalto de las cuentas corrientes. Por supuesto, pasaron a la historia las lujosas vacaciones en el Caribe, los fines de semana en Praga o en Roma y el bemeuve financiado con el crédito tóxico de los bancos. En las familias se ha instalado la incertidumbre ante los cambios, los salarios a la baja y la preocupación por el futuro profesional de los hijos: esa fórmula adaptada del tres en uno. Los gurús se aprestan a ofrecer soluciones milagrosas, a no se sabe cuántos billetes la TED talk. ¿Que los parados tienen que convertirse en protagonistas activos de su futuro? De acuerdo, pero ¿cómo se reactivan profesiones y sectores obsoletos? ¿Y no está por llegar la robotización de la industria, como auguran los gurús de signo contrario? La responsabilidad exige hacer frente a las grietas de las finanzas públicas, promoviendo cuentas privadas de ahorro para la vejez; pero con qué dinero cuando el trabajo es precario y los servicios básicos se sitúan en modo hiperinflacionario. Alguien debería calcular cuánto han subido en la última década precisamente esos servicios que constituyen la partida central en el presupuesto de la familia prototípica: la electricidad y los libros de texto, la gasolina y las hipotecas, el transporte y los alimentos... La deflación incide en los productos tecnológicos —que, por otro lado, vienen con obsolescencia programada— y no en el día a día de nuestra contabilidad. Las generaciones IKEA —hay que definirlas ya en plural— se mueven al ritmo letárgico de la subida de precios. Hasta que el cuerpo aguante, claro está.

    Ignoro qué sucederá en el próximo año y medio, pero sí sé que casi todos los políticos están a la espera de 2016. Los nacionalistas catalanes por si la hipotética pérdida de la mayoría absoluta en el Congreso les permitirá capitalizar unas plebiscitarias; el PP y el PSOE para ver quién ocupará La Moncloa durante la siguiente legislatura; y los partidos minoritarios porque suponen que el descontento juega a su favor. No creo que debamos subestimar el hecho de que hemos entrado en un periodo de acusaciones y de promesas, vacuas la mayoría de las veces. En lugar de descansar en nuestros representantes, mejor lo hagamos en nuestro propio esfuerzo. Vivir como si Dios no existiera fue un empeño ilustrado. Vivir como si la política no existiese podría constituir el afán de la sociedad española de hoy. No porque la política no nos afecte, sino por la necesidad de tratar con indiferencia —ni a favor ni en contra— lo que no merece otro trato. Al fin y al cabo, en la épica de llegar a final de mes, sólo nos queda confiar en el repetido esfuerzo de todos los días.

     

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