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Daniel Capó


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  • 28
    Agosto
    2012

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    1978

    Todas las grandes naciones surgen de un relato. Para Francia es la Revolución de 1789 y los Derechos del Hombre, mientras que Alemania se reconoce en el peso de su tradición científica y cultural. China se vanagloria de la antigüedad de su imperio y de la rara perfección de los usos sociales del confucionismo; Holanda, del instinto burgués y de su tolerancia religiosa. Durante años, Rusia se nutrió de la Revolución Bolchevique hasta que, décadas más tarde, la caída del muro nos mostró el auténtico rostro del comunismo. Más al norte, Suecia equivale al paraíso socialdemócrata, donde no se deja a nadie de lado. La historia de los Estados Unidos celebra a los padres fundadores y la conquista del Lejano Oeste, la libertad y el coraje, además del self-made man que llega a multimillonario, a profesor de un college o a presidente del país. Son relatos y las sociedades viven de acuerdo a esas narrativas. El filósofo canadiense Charles Taylor ha escrito que, precisamente, uno de los problemas de nuestra época es la carencia de una narración sobre los orígenes que dote de sentido a la vida. Pienso que, en gran medida, tiene razón.

    ¿Y España? ¿Cuál es la narrativa que emerge de la historia de nuestro país? En tiempo de los Austrias, hubo la defensa del catolicismo frente a los embates del luteranismo. También la picaresca como género literario —ahí el Lazarillo— o la armazón de los Derechos del Hombre, como los encontramos expuestos en Bartolomé de las Casas. Más adelante, con los segundos Borbones, fue tomando cuerpo una actitud de odio hacia lo francés que equivalía a una especial forma de rechazo a la modernidad, entre el orgullo y la ignorancia. Si el acervo literario constituye la arquitectura básica de la civilización, España carece de siglos XVIII y XIX —con la excepción de Galdós—, algo de lo que todavía nos resentimos. El XIX fue una repetición de pronunciamientos militares, que se prolongó en el XX hasta Franco y su doctrina, que apelaba a un orgullo grandilocuente y vacío de contenido. Detrás de la problemática de España —y la actual crisis no deja de ser un retrato moral de la sociedad en que vivimos—, se oculta la ausencia de una gramática del entendimiento y la confianza. Dicho de otro modo: la narrativa social es el suelo sobre el que nos edificamos, el lugar de encuentro entre el pasado que conforma y el porvenir que nos invita a trabajar juntos. Eso fue la Transición.
    La Transición responde al intento más logrado de dar con un relato lleno de sentido para España. Frente a la vieja tentación del enfrentamiento entre las dos Españas, la Transición fue ejemplar por su realismo pactista, al unir bajo la ética de la responsabilidad a las diferentes instituciones: el ejército, la Iglesia, los sindicatos, los partidos políticos… Pronto, el éxito del modelo se trasladó al panorama internacional. Se estudiaba el caso español como ejemplo para Latinoamérica y los países del Este; en la década de los ochenta ingresamos en la OTAN y en la CEE; la economía conoció un fuerte impulso y las Olimpiadas de Barcelona ofrecieron una imagen inaudita de modernidad. El relato de la Transición ofrecía la gramática de una sociedad que había sabido reinventarse.

    No deja de ser paradójico que la penuria económica que vive España en estos momentos coincida con la deslegitimación de los mejores frutos de aquel proceso: la Constitución de 1978, la Monarquía parlamentaria y la articulación autonómica. El discurso de los políticos, el runrún de las redes sociales y los medios de comunicación, el agrio malestar de los ciudadanos han vuelto a abonar la división social y la polarización ideológica. De todos los males que nos acechan, ninguno me preocupa más que la peligrosa simplificación que trae consigo la falta de realismo en política: el regreso, por así decirlo, de la tentación adolescente, del maniqueísmo ideológico y del pensamiento dogmático.

     

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