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Blog La montaña rusa - Javier Durán

Javier Durán

Es redactor jefe de LA PROVINCIA/DLP. Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid y estudios de Ciencias Políticas por la UNED, además de tener un máster sobre comunicación por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC).

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Solemne no es lo mismo que serio; ceremonioso es diferente a protocolario; aburrido es lo contrario de explosivo; triste tiene que ver con pesadumbre; precoz es ser un adelantado... ¿Podemos estar un día, a una hora, en semejantes cambios de tono de la agobiante realidad? Vamos a intentarlo.


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  • 13
    Noviembre
    2013

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    Wert es la tormenta perfecta

    Si usted tiene un hijo en edad escolar o universitaria y le ha tocado convivir con la gestión del ministro Wert digamos, a plena voz, que debe tirar de las jarcias con toda la fuerza posible dado que está inmerso en la tormenta perfecta. El miembro del gabinete de Rajoy más tertuliano (con tal aureola radiofónica llegó a la sede) es incapaz de colocar un ladrillo sin remover el tabique entero. Ya es singular que su reforma educativa haya sido troceada a plazos por las presiones de las autonomías, con las que fue incapaz de lograr consenso alguno en el momento de la tramitación de la ley. Pero no menos peculiar (y alarmante) resulta que unas competencias tan necesitadas de sosiego, mesura y cintura de bailarín hayan ido a parar a la personalidad más vitriólica, histriónica y dispuesta a la ocurrencia desde una presunta altanería intelectual que daña, y mucho. La apuesta de Rajoy por este sociólogo, compañero de Arriola, colegas por tanto en el lado oscuro de los afeites ideológicos, cosecha ya el rechazo mayoritario de los españoles (Wert es el ministro peor valorado). Pero también hincha las narices a la vicepresidenta, Soraya Sáenz de Santamaría, y a muchos del PP que no entienden cuál es el objetivo de este francotirador.

         La marcha atrás, aunque más bien arrancadas de caballo y paradas de burro, son las señas de identidad de Wert. El tiempo demostrará la efectividad de aportaciones ideológicas como la vuelta de la subvención pública a los colegios que separan por sexos o el fin de la Educación por la Ciudadanía, junto a otras más de principios técnico-educativos como la incorporación de la reválida. Hagamos un esfuerzo por conceder tal cortesía democrática al ministro Wert, y a su espíritu peleón (y parece que sincero) para sacar al alumnado español del furgón de cola en los ránkings de la OCDE. Las reformas, y más en la educación, llevan un tiempo para cuajar o para cortarse. Lo malo, claro, es que esta, como ha sucedido con otras anteriores, está por ver si llegará o no al punto de batido. Sin entrar aún en vigor, la oposición ya ha anunciado que saliendo Wert se aplicará la mopa turnante para no dejar vestigio alguno de sus ínfulas.

    Pero es en los recortes económicos de las becas donde el Ministerio de Educación se gana el grado máximo de antipatía. El equino, con perdón y sólo con afán de zoología explicativa, quiso provocar la semana pasada un colapso en los Erasmus españoles que,  con el petate en el extranjero, se enteraron de que Wert ordenaba una mordida de unos 100 euros a sus becas. El caballo al galope llamó al sacrificio a los padres y a los alumnos que hacen dieta forzosa por Polonia, Irlanda e Italia, y explicó que el poco dinero que había iría a parar a los más necesitados. Las redes sociales soltaban chispas, las autonomías se encolerizaron, las universidades pidieron mesura y hasta la UE de la austeridad se echó manos a la cabeza.

    El rebuzno llegó con el Informativo de TVE del mediodía, donde Wert ofreció una flamante frenada de pollino mezclado, dando a conocer que Hacienda aumentaba finalmente la partida. La impresión es que Montoro y el responsable de Educación echaron un pulso por aquí y allá estos dineros. Una escandalera, pudo pensar Wert,  pondría la balanza en su sitio. La hipótesis del forcejeo no justifica en modo alguno el talante robespierre del que hace gala el ministro del ramo, ni tampoco la ausencia de sensibilidad que ejerce el gabinete de Rajoy a la hora de meter el bisturí en la carne de los débiles.

    El resultado de este biopic sobre cómo decide un ministro viene a ser el siguiente: los padres ya saben que en España la Educación no es una excepción, y que el deseo general de que se vea fortalecida no tiene una correspondencia (o respeto) en la plasmación de sus necesidades en los presupuestos públicos. Quizás vendría bien que esas llamadas al sacrificio que se les hacen a becarios y familias se apliquen, cómo no, en los repartos. No se explica que la educación se encuentre sometida al regateo, más bien a la propina o a las máximas de la ejemplaridad antidéficit, cuando el paro acucia y rompe las economías domésticas. Demostrar con la boca llena que hay un Estado que vigila el dinero de las becas está muy bien, pero ese mismo esfuerzo (que suele acabar en demonización gracias a la habilidad de Wert) debería tener su revés en priorizar la enseñanza, en mimarla. Y en España, por ahora, sólo se habla de ella para referirse a su fracaso, a la diáspora que afecta a sus titulados, a la carencias económicas que sufre, al intervencionismo (o su intento) de la Iglesia católica...

    Aquí no vale lo que dijo Woody Allen: “Hay que buscarse problemas lo suficientemente difíciles de resolver para evitar estar preocupado por los verdaderos problemas”. El exministro Gabilondo, que el martes da una conferencia en la ULPGC, palpó en su etapa la dimensión de la cuestión educativa. Arrasó la ambición electoral, el maquillaje de los votos, los intereses corporativos e ideológicos... Y así nos va de mal... Perdió la reflexión y la perspectiva.
     

     

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