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La montaña rusa
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Blog La montaña rusa - Javier Durán

Javier Durán

Es redactor jefe de LA PROVINCIA/DLP. Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid y estudios de Ciencias Políticas por la UNED, además de tener un máster sobre comunicación por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC).

Sobre este blog de

Solemne no es lo mismo que serio; ceremonioso es diferente a protocolario; aburrido es lo contrario de explosivo; triste tiene que ver con pesadumbre; precoz es ser un adelantado... ¿Podemos estar un día, a una hora, en semejantes cambios de tono de la agobiante realidad? Vamos a intentarlo.


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  • 02
    Octubre
    2013

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    Teclear, a fin de cuentas

    Igual que un esfumato de color indeterminado y contornos débiles ha entrado en casa una máquina de escribir antigua que yace, embrujada, sobre una repisa dando por saco a la generación de los engrasadores y envalentonando a la de los analistas informáticos. Antonio Muñoz Molina escribía hace poco sobre el susto que le provocó encontrar en Misericordia de Galdós a un ciclista, relieve inusitado en una novela de un Madrid de arrabales, de caminos de fango, de carretas ruidosas y de jinetes atosigantes. El ciclista, bala mecánica, cruzaba la oscura capital igual que una ventosidad futurista, adelantando en modernidad a todo lo que quedaba a su alrededor. Quizás el aparato sólo fuese un velocípedo arcaico, pero con la autosuficiencia única para rebasar la época.

        He vuelto a... Parece el himno que va de boca en boca. Mi sueldo está ahora como en 2006. He recuperado la Butsir porque no me llega para pagar la factura de la luz. El país, acunado por la crisis económica, expatria de garajes y trasteros objetos que vienen de décadas atrás, y a los que ahora se les mira con la admiración que siempre reciben los que logran volver a la vida. Vueltos a la escena diaria, sus herederos de herederos se paran ante ellos para diseccionar qué ocurrió en el momento de su llegada, con qué innovación venían, los colores de sus metales, el dispositivo o freno automático que modificaba toda la gama, el sello made in Germany, la apertura lateral, las curvas de la puerta...

    La máquina de escribir no volverá, ni mucho menos, a teclear fantasmagórica en el silencio del barrio, igual que un espíritu atronador que decide acallar para siempre al ordenador. Su estrafalaria fisonomía, casi del primer autómata, reposa en cientos de páginas web donde sus excéntricos seguidores buscan la pieza única, el taller que vuelva a afinar el rodillo, la sustitución de una tecla o la venta de un ejemplar exclusivo que perteneció a un escritor que, para su amargura, quemaba las horas con la redacción para su jefe de impostadas cartas comerciales.

    Permítanme  la redacción de un anuncio: “Esta Voss mediana, en ningún caso portátil, tiene la arrogancia de los primeros pinitos en el diseño, y fue capaz de desafiar su época con un verde metalizado que dejaba muy atrás, casi en las catatumbas, a la sonada austeridad de las Remington, enlutadas de arriba a abajo, negadas a cualquier coquetería y nada dadas a pasar desapercibidas. La convivencia con la eléctrica, toda una revolución,  la convierte en una pieza única. La S24, como se la conoce entre los extravagantes, está en la onda de las primeras oleadas de consumo individual, y su uso constituía un síntoma de la palpitante bonanza económica que vivía el sector”.

    Todos lo que se paran ante ella viven una extraña sensación: la ven obsoleta, incómoda y observan con curiosidad sus tripas. Alguien me pide hasta permiso para levantar la tapa que oculta sus intimidades mecánicas. Walter Benjamin hablaba del aura de determinados objetos, que venía siendo algo así como la capacidad que tienen los mismos para expandir a su alrededor un halo invisible, aunque hipnótico. En los años 50, las pulsaciones ante un teclado cotizaban, y hasta muchas jóvenes consiguieron la primera liberación gracias a la academia de mecanografía: fue anterior a las aulas universitarias, la única alternativa para escapar del fregadero o del alpendre donde se ordeñaban las vacas.

    Años atrás (no sé ni cuántos), en las redacciones de los periódicos, un órgano vivo de tecleadores, cuando se montaba algún follón, y se llegaba a las manos, la amenaza más visual era levantar en peso la máquina de escribir y hacer el amago de que se iba a  lanzar contra el incordio. Al final volvía a su sitio, aunque para los anales del gallinero quedaba subrayada en rojo la altisonante fechoría. Tras la reconversión (como en los astilleros), todavía no he visto a nadie que haga el mismo gesto con el ordenador.  En los días del ruido, todavía se podía saber cuándo el redactor traía algo bueno: empezaba a teclear frenéticamente, con gran escándalo, y dando un buen impulso al carro de la máquina cada vez que llegaba al final. El signo de que el artículo tenía forma lo daba el sonido característico del tirón del folio para extraerlo del rodillo. Y así un día tras otro.

    Lo relevante de la Voss, la Remington o la Olympia es que se niegan a desaparecer. Igual que un icono, se insertan en la publicidad que trata de captar alumnos para un máster de periodismo, o en la portada de cualquier creación que pretenda demostrar que su contenido responde, en esencia, a lo más hondo del ser humano.

    En mi caso, la culpa de que yo me ponga en plan moviola con la máquina de escribir lo tienen dos asuntos: por un lado, como he dicho, la aparición (y el correspondiente desasosiego) del artilugio ante mis ojos, y por otro,  que voy a comprar el libro de Julio Camba Maneras de ser periodista (exquisito por cierto) y me encuentro con una portada donde está el invento, aunque en la parte superior tiene adaptada una irónica licuadora. El utensilio doméstico convierte la máquina de escribir en un instrumento cargado de doble sentido. Para colmo, entre las hojas, a modo de póster, una sucesión de viñetas bajo el título Instrucciones para ser Julio Camba. Elijo la leyenda que acompaña a la última de ellas: “El articulista es casi como el avestruz. El avestruz lo convierte todo en cosa de comer y lo digiere todo: el articulista lo reduce todo a un artículo de periódico”.

    Sigue ahí, recuperada por la aspiradora de los sentimientos,  capaz de discriminar y saber que su mecánica, necesitada de grasa, escapa de cualquier clasificación. Ha vuelto a la vida, y a lo mejor, como ha ocurrido con algunos autómatas, lo mismo recibe un poco de cuerda y empieza a moverse lentamente cuando la casa se quede vacía. ¡A teclear por sí sola!
     

     

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