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Blog La montaña rusa - Javier Durán

Javier Durán

Es redactor jefe de LA PROVINCIA/DLP. Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid y estudios de Ciencias Políticas por la UNED, además de tener un máster sobre comunicación por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC).

Sobre este blog de

Solemne no es lo mismo que serio; ceremonioso es diferente a protocolario; aburrido es lo contrario de explosivo; triste tiene que ver con pesadumbre; precoz es ser un adelantado... ¿Podemos estar un día, a una hora, en semejantes cambios de tono de la agobiante realidad? Vamos a intentarlo.


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  • 22
    Enero
    2014

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    Sábanas presidenciales, ardientes

    El expresidente Kennedy y aquel sexual cumpleaños feliz cantado por Marilyn Monroe; Berlusconi enredado con menores igual que un repugnante sátiro, y ahora Hollande y sus cuernos con la actriz Julie Gayet, y como consecuencia de ello la crisis de ansiedad de Valérie Trierweiler, supuesta primera dama de Francia... Y los españoles, a todas estas, sin nada de galantería ni sensualidad a la vista: siempre entre el drama monclovita, el pasado de Juan Tenorio, y sin dar respiro a la coraza. Mientras en el estado de Madame Bovary están seducidos por el calor que desprenden las ardientes sábanas de su melifluo presidente, en el país de las queridas (institución de la doble vida) nos convertimos una vez más en el ariete de la contrarreforma, dispuestos a liberar a Europa de un aborto flexible, a la carta. La costra de Gallardón (el liberador de la mujer) se nos ha pegado como un herpes y aquí, en la plazoleta, se movilizan psiquiatras, psicólogos y psicoanalistas para certificar por orden gubernativa que la interrupción del embarazo tiene que ver con la locura, con el Yo, el Superyó, el Padre o la depresión. Nacen unos vigilantes de la moral.

    La holgada y placentera vida del amor en Francia, entre las paredes de su estado mayor, nos lleva a hacer comparaciones sobre cómo nos la gastamos en España al respecto, o si seríamos capaces de soportar a un Mariano Rajoy enfundado en un casco, abrazado a la cintura de un seguritas motorizado, después de abandonar un garito espumeante de amor. No sé si el asunto, visto lo visto, llegaría a ser motivo de una comisión de investigación en el Parlamento, o causa justificada para exigir su dimisión, o bien motivo para inaugurar un debate sobre si estos temas pertenecen o no a la vida privada de un presidente.

    Casado y con amante no reconocida; casado y con amante reconocida; divorciado y con excelente relación con una ex que provoca los celos de la primera dama; separado, solitario, pero con relación oficial fuera de la sede presidencial... Un escenario de libertad, por tanto, plagado de múltiples hipótesis sobre las que los españoles somos auténticos novatos.

    En Francia se preguntan si las cuestiones de alcoba, de enamoramientos y de seducciones, dentro y en los aledaños del poder, deben ser motivo de interés público o forman parte del ámbito privado de sus protagonistas. Un estado no puede funcionar interferido por una crisis conyugal de su pareja presidencial. Los ciudadanos deben recibir una información veraz sobre carencias de representatividad o ausencias permanentes, de la misma manera que la deben tener cuando una relación clandestina le supone un coste al erario público. Hollande, sin quererlo, destapa las esencias sobre dónde está el límite: un presidente/a de estado no lo tiene, hasta cómo cuida su salud tiene consecuencias para la estabilidad institucional. ¿Tienen que informar e investigar los medios de comunicación sobre ello? Sí de todas, pues a ninguno, ni a sus directores ni a sus editores, ni a sus periodistas les gustaría ser señalados con el tiempo, con las décadas, como corresponsables del silencio o como atentos oficinistas de una orden de censura de los servicios secretos. Rajoy, Merkel, Cameron o Obama tienen la seguridad de miles de millones de ciudadanos en sus manos, y por lo tanto no pueden tener vida privada. Ello no quiere decir que su intimidad con su familia esté siempre bajo el foco, sino que ellos mismos deben ser conscientes de que la repercusión de sus actos (los que ellos decidan) no  es igual a la del carnicero del mercado. Buen ejemplo de ello fue el safari del Rey y la omnipresente Corinna.

    El desgaste que para sus protagonistas supone la difusión de la privacidad es conocido. Las encuestas colocan al socialista Hollande en sus horas más bajas, y además padece una campaña donde su frenesí amoroso es motivo para el humor visceral. Los analistas observan con deleite cuál es la reacción de la sociedad francesa: ven el revés de la hipocresía con la que se aceptó la vida doble de Mitterrand en el Palacio del Elíseo, con una hija oculta que sólo salió a la luz una vez muerto el presidente. La avidez sexual de Berlusconi no tiene parangón, y está claro que la misma es difícilmente compatible con una democracia. Los italianos convivieron con ella y sus escándalos largo tiempo, e incluso su satiriasis alcanzó óptimas cotas de aceptación. DKS, expresidente del Fondo Monetario Internacional (FMI), disfrutó largo tiempo de la benevolencia de su entorno, cómplice, en algunos casos, de sus orgías o de sus ataques de libido sobre entrevistadoras. ¿Y todavía nos preguntamos si hay que informar de la vida privada de los estadistas? Pues no lo entiendo.

    En el caso Hollande y su trío, más allá de lo romántico o de las ansias de cupido, hay una faceta divertida, casi de adolescente, pero es que hablamos del presidente de un país... Claro, no todos son iguales: los galos están en su derecho de establecer dónde está la frontera, y si queda bien tener al frente a un Romeo.
     

     

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