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Blog La montaña rusa - Javier Durán

Javier Durán

Es redactor jefe de LA PROVINCIA/DLP. Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid y estudios de Ciencias Políticas por la UNED, además de tener un máster sobre comunicación por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC).

Sobre este blog de

Solemne no es lo mismo que serio; ceremonioso es diferente a protocolario; aburrido es lo contrario de explosivo; triste tiene que ver con pesadumbre; precoz es ser un adelantado... ¿Podemos estar un día, a una hora, en semejantes cambios de tono de la agobiante realidad? Vamos a intentarlo.


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  • 27
    Diciembre
    2013

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    Rueda y la burbuja

    Ahora que sale en el despanorama nacional el nombre de Gerardo Rueda en el caso Blesa/Caja de Madrid/Aznar e hijo por la pelotera del amaño en la venta de la colección del artista por la catastrófica entidad financiera, uno recuerda, años atrás, una entrevista con Martín Chirino. Giraba en torno a las vanidades personales, al éxito, la fama y el dinero, y cómo influyó todo ello -y ahí estaba la pregunta- en la disolución del grupo artístico de posguerra El Paso. El escultor se refirió, como tema capital para el desenlace, a Cuenca y a su papel ambivalente, primero como polo de atracción y luego como un lugar que sería determinante para cortar amarras. Allí, en el sitio de las Casa Colgantes, se empezaron a materializar la primeras inversiones de los artistas del franquismo con proyección internacional, y allí surgieron las primeras rivalidades -o egos- incompatibles con el sentido grupal. Manolo Millares se compraba una casa en Cuenca, y Gerardo Rueda, el acaudalado filipino Zóbel y Gustavo Torner movían los hilos de la infraestructura cultural para fundar en 1966 el Museo de Arte Abstracto Español de Cuenca. Chirino, que optó por edificar su casa-taller en San Sebastián de los Reyes, me habló de la especulación conquense, del poder de las compraventa, y en especial del fetiche dinero para una creadores que habían trabajado duramente bajo una atmósfera sociopolítica adversa.

        La sed por alcanzar el reconocimiento podría justificar (o al menos atenuar) unas ambiciones  donde la crítica, el salto a la galería de Nueva York  y un progresivo boom económico formaban el maridaje imprescindible. Y como reparto actoral un ecosistema de trepas, de lazos bien hilvanados y  de compromisos y promesas articuladas a la sombra de un régimen político necesitado de vender su marca España en las bienales de Hispanoamérica y de Venecia, aunque los artistas fuesen abstractos, informalistas, barbudos o filocomunistas emparentados con exiliados. Una entente cordiale, un aprovechamiento mutuo, que acarreó disidencias, debate en los órganos de dirección de los partidos en la clandestinidad y juicios peyorativos -a posteriori- que no tenían en cuenta -en descargo de los señalados como colaboracionistas- cuán dura era la cárcel para los que se olvidaban de que España era una dictadura.

    Pero he vuelto a aquella conversación con Chirino en razón del contraste entre las aspiraciones de Rueda y de los otros en los 60/70 del pasado siglo, y las que ahora -evolución de las evoluciones- se ventilan entre fundaciones, correos electrónicos conspiratorios, presiones de jóvenes cachorros educados en Manhattan, sospecha de precios inflados... Esta especulación, claro está, poco o nada tiene que ver con el dinero ganado a pulso tras días y días encerrado en el estudio, ni con el legítimo deseo que tuvo Rueda de crear en Cuenca la Arcadia feliz, aunque ello finalmente fuese nocivo para el espíritu unionista de los artistas que trataban de encontrar su camino. Un efecto colateral que, en modo alguno, menoscaba la voluntad, el esfuerzo, el sacrificio en medio del témpano sulfuroso de El Pardo. Sólo hay que ver el destino que les aguardaba a los que en 1963, en la calle Preciados de Madrid, decoraban el escaparate de El Corte Inglés: estaba Gerardo Rueda, Manuel Rivera, Eusebio Sempere, Pablo Serrano, y los canarios Manolo Millares y César Manrique.

    Sin dudar aquí del aprecio sincero y animoso del expresidente Aznar por la obra de Rueda, nada puede evitar que sus gestiones ante Blesa, exdirectivo máximo de la volatizada Caja Madrid, caigan en el saco de la burbuja artística sobre la que llevamos patinando desde hace años. El disparo con pólvora ajena ha llenado el mapa de España de costosas sedes de colecciones de imposible mantenimiento, de alambicada financiación, gestionadas desde los  improcedentes caprichos de herederos y cerradas a cal y canto cuando la crisis arrecia sin tener en cuenta las consecuencias para el artista. Nada hay más doloroso para un creador, si todavía vive, que ver como su sueño acaba siendo un escándalo que parece no tener vuelta atrás, y que las décadas de trabajo reciben el varapalo de una orden judicial, de un acuerdo plenario o de un decreto que pone fin al proyecto.

    Hemos vivido años y años donde han crecido sin parar contenedores de arte, diseñados por arquitectos buenos y malos, cuyas inauguraciones han pasado a formar parte del medallero del cargo público de turno. Otra cosa es que tengan los conservadores, los documentalistas o el sistema informático necesario. En realidad, esta ristra de acontecimientos responde a una cuestión más sencilla: un gestor que nunca se ha preocupado por Picasso ni por el ecce homo de su parroquia, pero que siente que le ha llegado la hora de codearse (a él o a su esposa) con el ámbito más sensible de la dimensión humana. En el caso Rueda/Aznar e hijo/Blesa resulta potente saber que el banquero estuvo a punto de abrir la puerta del cortijo, toda una desgracia para lo realmente esencial: no dañar la obra.   
     

     

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