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Blog La montaña rusa - Javier Durán

Javier Durán

Es redactor jefe de LA PROVINCIA/DLP. Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid y estudios de Ciencias Políticas por la UNED, además de tener un máster sobre comunicación por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC).

Sobre este blog de

Solemne no es lo mismo que serio; ceremonioso es diferente a protocolario; aburrido es lo contrario de explosivo; triste tiene que ver con pesadumbre; precoz es ser un adelantado... ¿Podemos estar un día, a una hora, en semejantes cambios de tono de la agobiante realidad? Vamos a intentarlo.


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  • 18
    Marzo
    2013

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    Perplejidad democrática

    Ni el mismo Berlanga hubiese perfilado tan bien  la extemporánea  y alcanforada situación que vivió la Justicia española la semana pasada, y de camino una desgracia más para los derechos, las libertades y la tolerancia civil. De forma irremediable, el alegato de un dinosaurio de la abogacía, de 90 años, corre hoy por internet y es pasto de comentarios (a favor y en contra), cuando lo mejor es que el mismo no hubiese existido por los tiempos de los tiempos. El filósofo Javier Gomá insiste en la necesidad de la ejemplaridad de los hombres y mujeres de este país, y está claro que la jueza no fue ejemplar, ni mucho menos, pues de serlo hubiese expulsado de la sala al letrado que defendió la Ley de Vagos y Maleantes de 1933. (Aprobada por la Segunda República, aunque modificada luego por el franquismo para incluir a los homosexuales). Este señor estaba en la vista de la Audiencia Provincial de Madrid, nada más y nada menos, que para apoyar a dos cabezas rapadas de un grupo de cinco neonazis, que, presuntamente, apalearon en 2009 a un indigente que dormía en un fotomatón en un parque cercano a Moncloa.

        “Hay que apartarlos de la sociedad”. “Hoy empieza a resurgir en círculos políticos la tendencia a prohibir la mendicidad, plaga de nuestras ciudades, porque hay nostálgicos de tiempos pasados”. Fueron algunas de las perlas que vomitó ante el tribunal Ángel Pelluz, al que por casualidad (mucha casualidad, digo yo) le tocó por el turno de oficio defender a los ultras. Una oportunidad única, cómo no,  para desempolvar su cangrejilla sectaria y exponer a la concurrencia cuál es la razón que lleva a un cabeza rapada a despojarse de humanidad y a machacarle el cuerpo a un mendigo. Según las crónicas, dicha declaración de principios atravesó todos los filtros y pudo ser voceada en la sala sin que ninguna autoridad judicial pusiese objeción alguna. Quizás su señoría pensó que se anteponía la libertad de expresión del abogado frente a derechos indiscutibles ganados a pulso en guerras, revoluciones y cerrados en importantes acuerdos internacionales.

    El letrado, una especie en extinción y esperemos que falto de magisterio para inocular su veneno a colegas o herederos más jóvenes, espolvoreó su teoría de la convivencia bajo la creencia, al parecer,  de que son muchos los que piensan como él y que están hartos de sufrir el acoso en los zaguanes de sus casas y en las entradas de los supermercados de la mendicidad de los que ya han agotado la ayuda social. Queremos pensar que este anciano viene de otro mundo, que es un fantasma con ausencia de carisma y que se ha equivocado de época. Pero esta esperanza no evita la impertinencia de la duda: ¿Y si no fuera así? ¿Hay, como dice la policía española, una nata de ultraderechistas que se mueven entre las redes sociales, conectados con sus homólogos centroeuropeos con representación parlamentaria,  cada vez más envalentonados por el cansancio de los votantes ante la corrupción de los políticos, y con el reconocimiento en alza debido a la frustración económica de la clase media? ¿Es un escenario a tener en cuenta? Sea así o no, flaco favor se le hace a la convivencia democrática con una carencia de controles, que, como en el caso del abogado Pelluz, permitan una sanción rápida y eficaz por parte de su colegio profesional, y por supuesto la aplicación de la legislación correspondiente por incitación a la violencia. Sería de un absurdo elefantiásico que la sociedad estuviese todavía recuperándose de la paliza de cinco ultras a un mendigo para que, a continuación, apareciese un supuesto ideólogo a contar qué moralidad soporta este execrable comportamientos valiéndose para ello de los mecanismos democráticos.

    La condición de ciudadanos debe llevar aparejada la voluntad  ejemplar, que incluye la intransigencia frente a lo que perturba o modifica los códigos de conducta, ya sea para el abogado, el periodista, el economista, el empresario, el médico, el político, el funcionario o el historiador. Se les exige que sean eficientes, coherentes y acordes con la función que realizan en sus respectivos ámbitos. No como el ministro del Interior  que,  al amparo de su condición privilegiada,  contenta a su confesión religiosa con un ataque a los matrimonios homosexuales, avalados por el Tribunal Constitucional, sentencia que él debería anteponer frente a su acendrado y respetable catolicismo. Otro tanto de lo mismo ocurre con el diputado de UPyD que alardeó sobre denuncias falsas de mujeres en los casos de violencia. machista, una frivolidad excesiva en un contexto permanente de asesinatos por tal motivo. La fragilidad de sus argumentos y  de las estadísticas que utilizó demuestran, sin lugar a dudas, su irresponsabilidad a la hora de influir a favor de los promotores de la lacra social. Algo debe ocurrir cuando los políticos se dedican a atravesar las líneas rojas que ellos mismos, hasta un minuto antes, daban como tales y por tanto infranqueables: ocurre con el PSOE y su pacto en Ponferrada con un independiente condenado por acoso sexual. ¿Una equivocación? Yo diría que más bien un desprecio a la mujeres jóvenes, a sus padres, a la igualdad, al camino recorrido... Resulta duro decirlo, pero no es tan lejana la distancia entre la insolencia fascista del letrado Pelluz y la que manejan estos concejales de tres al cuarto a los que les importa un rábano los cambios sociales.

    Estas situaciones del día a día de la infrapolítica nacional aumentan el descreimiento hacia los partidos políticos, y fortalece la ausencia del ejemplo. Prima el espectáculo, el capullo que quiere estar en todas las redes sociales, el protagonista, el minuto de gloria... Los contribuyentes, los que amueblan una y otra vez el IRPF, no se cansan de preguntarse por los controles para que los tribunales no se conviertan en un hazmerreír,  o para que un influyente miembro del Gobierno nacional no se considere con la autoritas suficiente para socavar la jurisprudencia del Constitucional. El alegato del abogado Pelluz para defender a los cabezas rapadas, capaz de entrar como Pedro por su casa en todo un poder judicial, inquieta mucho, casi es una radiografía del caos.     
     

     

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