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Blog La montaña rusa - Javier Durán

Javier Durán

Es redactor jefe de LA PROVINCIA/DLP. Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid y estudios de Ciencias Políticas por la UNED, además de tener un máster sobre comunicación por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC).

Sobre este blog de

Solemne no es lo mismo que serio; ceremonioso es diferente a protocolario; aburrido es lo contrario de explosivo; triste tiene que ver con pesadumbre; precoz es ser un adelantado... ¿Podemos estar un día, a una hora, en semejantes cambios de tono de la agobiante realidad? Vamos a intentarlo.


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  • 28
    Octubre
    2013

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    Los yanquis y su ansiedad vigilante

    Allá en el rancho grande, en los días en que Aznar, Bush y Blair ponían sus piernas cruzadas sobre el tapete de la mesa para conjurarse contra el imperio del mal bajo el temario del fin justifica los medios, la Europa de los derechos humanos pensó que las delicatessen de la democracia arrumbaban hacía el estercolero. La llegada de Obama al poder de la primera potencia del mundo varió la perspectiva, bajo la creencia de que se abría ante nuestros ojos un melón lleno de correctivos: en definitiva, ser menos yanqui, menos dominante y despreciativo con el resto del planeta.  Fue en los prolegómenos de la invasión de Irak cuando reapareció el concepto de la vieja Europa, una manera de referirse a la herencia de derechos ganados por la soberanía popular, refrendados en constituciones enfrentadas a los absolutismos monárquicos. Mientras aquí nos preguntábamos por la existencia de armas químicas que amparasen una intervención armada, en la Casa Blanca subían las tropas a los aviones; ahora, afinan la puntería de los drones o el presidente y sus ayudantes se sientan frente a una pantalla para ver cómo un comando tritura a Osama. ¿Para qué preguntarle a Merkel, Rajoy, Hollande y a otros sobre estas acciones si no lo van a entender, si nos van a venir con sus perjuicios y peros?

        El abismo entre la dos maneras de auscultar y remediar los males del planeta vuelve a alcanzar dimensiones apreciables con el escándalo del espionaje telefónico. La documentación filtrada por Edward Snowden, exanalista de la Agencia Nacional de Seguridad de Estados Unidos (NSA) refugiado en Rusia, revela que el país de Obama pinchó los móviles de 35 líderes mundiales, entre los que podrían estar José Luis Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy. Mientras los gobiernos europeos se echan las manos a la cabeza y se autoformulan hipótesis múltiples sobre el tamaño del espionaje y qué conversaciones tienen a buen recaudo los analistas, en el Capitolio republicanos y demócratas consideran normal  que Washington se erija en guardián del mundo, siendo inevitable para tan arriesgado y complejo menester monitorizar móviles y echarse al buche todo lo que salga y entre por el oído, que ya habrá tiempo para discriminar.

    ¿Qué buscan? Las filtraciones de WikiLeaks  ofrecieron un panorama desternillante de las observaciones estadounidenses sobre la política exterior española, o sobre el día después de  la dictadura de Franco o sobre las consecuencias del 23-F. En este caso, las voces acechadas son las de estadistas,  y los afectados se hacen la señal de la cruz nada más pensar el precio que podrían alcanzar sus diálogos en el estraperlo del espionaje, en el mercachifleo de las empresas multinacionales que aspiran a un contrato con fondos europeos,  o simplemente el escalofrío que provoca que uno de los analistas de la NSA (muchos de ellos provenientes de subcontratas y subcontratas) se haga con una opinión muy íntima de un mandatario y la misma acabe en una red social. Los supuestos son infinitos: por algo está el disidente Edward Snowden bajo el manto protector de Putin.

    Esta chapuza que ha abierto un cisma entre Estados Unidos, Europa y América Latina (con Brasil como máxima afectada) resulta difícil de asimilar, como decía, entre las democracias herederas de la lucha por los derechos humanos. Pero el repudio que provoca la acción no es motivo para que la misma siga adelante, y más cuando está enredada en la hiedra de lo que debe ser o no la razón de Estado. A un lado y a otro del mundo, la opinión pública, los medios de información, las cámaras de representantes y los defensores de las libertades tienen pensamientos equidistantes sobre el particular. Hay que recordar a propósito el delirio del senador McCarthy y su caza de brujas, que lo llevó en los años cincuenta a lanzarse como un poseso sobre la estrellas de Hollywood, de las que conoció sus secretos de cama bajo la excusa del anticomunismo. Sus expedientes de espionaje contra actores como Bogart provocaron la estupefacción, y hasta un cineasta de la talla de Elia Kazan se vio  en el aprieto (y marcado para la historia) de comparecer ante el macarthismo para soplar ante la enloquecida comisión los nombres de los comunistas. Así se las ventilaba la democracia yanqui.

    ¿Representa el espionaje masivo de la Casa Blanca el retorno a una nueva época oscura de los EEUU? La escritora Barbara Probst Solomon escribía sobre aquellos extraños años de ansiedad vigilante: “El informe del FBI sobre aquel periodo oscuro de la historia de Estados Unidos, la época en la que Norman [Mailer]  se hizo adulto, presenta un mundo en torbellino, en el que los informadores estaban constantemente espiando a alumnos y profesores, en el que algunos sabían quiénes eran los espías, en el que Harvard era el centro de una educación gloriosa, mientras que en Boston, una mezcla de política corrupta apoyada en el aparato irlandés y en aristócratas reaccionarios hacía que se pudieran pisotear los derechos de los muertos y que el joven Bobby Kennedy, hijo del viejo reaccionario Joseph Kennedy, pudiera verse obligado a trabajar para Joe McCarthy y, sin embargo, acabar muriendo asesinado como hombre de izquierdas”.

    Pero volvamos a Barack Obama y a su promesa frustrada de acabar con el limbo legal de Guantánamo. Retornemos, en esencia, a su perfil demócrata de poner punto y final a los misteriosos aviones de la CIA que cruzan el cielo de Europa y que aterrizan en secreto en aeropuertos españoles con un terrorista a bordo. ¿Ha conseguido el presidente afroamericano modificar el concepto de  seguridad de los Estados Unidos? ¿Sigue viendo el mundo como un gran latifundio sobre el que mueve piezas sin percatarse donde están las fronteras? ¿Tienen sus aliados que entrar por el aro y creer que el espionaje masivo de sus móviles forma parte de la contraprestación que reciben por la protección contra el terrorismo de sus ciudadanos? Son algunas de las preguntas que ponen a la dignidad europea en un brete: ¿vale el liderazgo de Merkel para interrumpir el cotilleo aberrante de los Estados Unidos de América?

     

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