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Blog La montaña rusa - Javier Durán

Javier Durán

Es redactor jefe de LA PROVINCIA/DLP. Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid y estudios de Ciencias Políticas por la UNED, además de tener un máster sobre comunicación por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC).

Sobre este blog de

Solemne no es lo mismo que serio; ceremonioso es diferente a protocolario; aburrido es lo contrario de explosivo; triste tiene que ver con pesadumbre; precoz es ser un adelantado... ¿Podemos estar un día, a una hora, en semejantes cambios de tono de la agobiante realidad? Vamos a intentarlo.


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  • 11
    Marzo
    2013

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    Los narcóticos del poder

    La protuberancia escenográfica de las exequias de Hugo Chávez me ha situado, sin paliativos, en la gaveta literaria de los coroneles y sátrapas que pueblan mi pandemónium literario, lecturas de décadas atrás, escalofríos cruzados entre Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa o Tomás Eloy Martínez, maestros en registrar el aliento fétido de un poder alimentado por academias militares como la de La ciudad y los perros, por nostalgias de guerras fanáticas y equinocciales que rompieron el alma de la patria y por destinos políticos marcados por influyentes como López Rega, el brujo que hirvió el tuétano del peronismo con una hilera de asesinatos y secuestros de agitadores de la antorcha marxista. ¿Qué hubiese sido de Venezuela con el tórrido bolivariano? Hace años, tras un viaje en avión con él (aún no era el taumaturgo de la política latinoamericana, pero ya apuntaba maneras impetuosas para ello), el autor de Cien años de soledad le hizo un retrato para la prensa internacional donde dejaba abierta la puerta a un futuro caudillo carcomido por la esencia de las visiones más panamericanas de su continente. El culto a la personalidad que se ha desatado tras su óbito es una prueba fehaciente de que Chávez iba camino de perpetuarse a sí mismo entre los narcóticos del poder.

    La muerte de este prototipo de ambición demagógica ha desatado en estas jornadas luctuosas el ensayo sobre la mayor o menor bondad para la historia del régimen chavista, con cánticos coincidentes sobre la singularidad de un modelo calificado por algunos de los escribientes como dictablanda, en contraposición a tiburones tan ahítos de mal como lo fueron Pinochet o Videla (ahora en el banquillo por la Operación Cóndor, plan multinacional del exterminio de los izquierdosos). Un juicio moderado, apto para los titulares de los gobiernos de Bielorrusia o Irán (excéntricos aliados de Venezuela y presentes en los previos a la ceremonia de momificación), pero impresentables para los que aspiran a la limpieza electoral, a unos mecanismos constitucionales contrarios a la idea de perpetuarse en el poder, a la transparencia institucional suficiente para saber si Venezuela cobra o no la factura de sus exportaciones de petróleo o a un sistema de control para evitar que determinados clanes consigan posiciones ventajosas. ¿Importa o no importa ello a los venezolanos? Aquí habría que bucear en la amargura depositada por Vargas Llosa en El pez en el agua, donde reflexiona sobre su frustración al perder la carrera presidencial frente al palanquín de Fujimori, pero sobre todo en cómo el populismo puede desplazar en Latinoamérica el interés por principios democráticos intocables en Europa (o que al menos él pensó que iban a poner la balanza a su favor).

    En la trayectoria de los que inspiraron el llamado género de las novelas de los dictadores, flujo y reflujo permanente para el Boom latinoamericano, no puede quedar a atrás Yo el supremo, un título como anillo al dedo para la etapa de idolatría por que transitan ahora los venezolanos. Augusto Roa Bastos refleja en su libro las aberraciones de  José Gaspar Rodríguez de Francia, el tiranosaurio  de Paraguay. En el laberinto de los caudillos, enredados en la selva de su bipolaridad o en los vicios de estercolero (el dominicano Rafael Trujillo por las niñas vírgenes en La fiesta del chivo), no me resisto a rescatar una borgería de Borges a la hora de definir a Perón, al que se le ha visto cierta ascendencia sobre el de Venezuela. Dice el autor de El jardín de los senderos que se bifurcan: “Perón era un demagogo irresponsable. La prueba es que dejó al país en manos de una pobre infeliz y de un astrólogo que estaba completamente loco y cuya mayor ambición era ser comisario de policía”. La puntería analítica del ilustre ciego no le sirvió, en todo caso, para calibrar su entusiasmo por la caída de la llamada Revolución Libertadora del peronismo y por su vuelta al puesto de la Biblioteca Nacional (fue destituido y mandado a mercados para certificar la salud de los pollos y cerdos). Su alegría por el golpe militar le costó el Premio Nobel de Literatura, aunque en 1980 mostró su arrepentimiento  por apoyar a “unos caballeros” que aplicaron un plan sistemático de torturas y desapariciones. Así de complejo es el continente.

    De acuerdo con que a Hugo Chávez no se le han descubierto salas de tortura ni tampoco que haya tirado al mar a opositores que le ponían en cuestión, y que por ello, según dicha reflexión, nos encontraríamos ante un caso de mera apropiación estética y de realización de una democracia acorde con un determinado nivel de desarrollo social y en estado permanente de guerra frente a las multinacionales. ¿Serían justificaciones para la opereta de Maduro, el presidente encargado? ¿Resultaría lícito pedirle más democracia a un estado agobiado por el menester de reducir la pobreza en sintonía con lo que es su buen entender? ¿No caeríamos en el eurocentrismo por descalificar su proceder democrático frente a los modelos de nuestra vieja Europa? Retornar aquí a la tensión literaria del poder político en Latinoamérica no es, ni mucho menos, para anunciar con campanas al vuelo la fragilidad por la que atraviesa Venezuela desaparecido su timonel.  

    Volver al cosmos de los escritores del Boom es advertir sobre el transcurrir de esa maravillosa tierra, siempre espantada (aunque a la primera no lo coge) de los militarotes que engrasan sus fusiles para hacer la revolución y luego endiosarse dando órdenes para matar, enriquecerse, amargar a un pueblo o empobrecer sus vidas. Ha sucedido así con las que vieron en la desaparición de las desigualdades el motor de la historia (Che Guevara, caído en Bolivia en su guerrilla contra la oligarquía), con otras que trataban de romper el estatuto de los poderosos frente a los campesinos (el comandante Marcos, con su revolución zapatista en México, o Sendero Luminoso en Perú) o con los que lo consiguieron y hoy están en el limbo de la Historia (Fidel Castro, los sandinistas)...

    Todo empieza por el ideario, que acaba siendo pasto de las llamas de la omnipotencia. Sólo hay que preguntarle a Guillermo Cabrera Infante, muerto exiliado en Londres.

     

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