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Blog La montaña rusa - Javier Durán

Javier Durán

Es redactor jefe de LA PROVINCIA/DLP. Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid y estudios de Ciencias Políticas por la UNED, además de tener un máster sobre comunicación por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC).

Sobre este blog de

Solemne no es lo mismo que serio; ceremonioso es diferente a protocolario; aburrido es lo contrario de explosivo; triste tiene que ver con pesadumbre; precoz es ser un adelantado... ¿Podemos estar un día, a una hora, en semejantes cambios de tono de la agobiante realidad? Vamos a intentarlo.


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  • 16
    Abril
    2012

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    El tam tam de Botsuana

    Está clarísimo, el Rey ha salido por patas de España aturdido, agobiado, atosigado y enfurecido con Urdangarin, con Marichalar, que le dejó la escopeta al niño, y también con las incidencias de intendencia que tiene Zarzuela por los recortes. En un deseo de evasión sin par eligió Botsuana mientras la Reina estaba en Grecia en labores filantrópicas y el resto de la familia con la vista puesta en la recuperación de Froilán. Irse de cacería a África ya no requiere la contratación de un grupo de porteadores que, a la luz de la Luna, abren sus enormes baúles y montan un campamento, colocan la vajilla y esperan a que  el avezado cazador y su bella (siempre dura de roer) acompañante empiecen el cortejo. La escena siempre suele acabar con la sombra de dos cuerpos tras un vaporoso mosquitero.

     Pero todo este romanticismo se ha ido a hacer puñetas: de hecho, nuestro Juan Carlos I no las pasó canutas, con la pierna entablillada, hundido en una camilla, sino que lo metieron en un avión privado, lleno de queroseno hasta los topes, y en un pis pas lo sacaban de la selva y le metían tornillos y plásticos varios en  su averiada cadera en una clínica nacional. Son las ventajas de ser un monarca.

    A Carlos I de España y V del Sacro Imperio Romano Germánico lo llevaron hasta su Monasterio de Yuste en una silla muy bien preparada con damascos varios, que los porteadores se pasaban unos a otros, y siempre con una delicadeza apreciable para no importunarle la gota que padecía. Es muy fácil: a usted le dice el Gobierno que no se puede tomar el cafelito ni echarle un ojo al periódico y se va con el rabo entre piernas a la oficina, con un mono de aquí te espero. En cambio, el Rey, que lo es por ser todopoderoso, ve su posesión llena de turbulencias y llama al tipo que está con él en la foto, el especialista, y le pide por teléfono que le ponga en marcha un safari con elefantes rotundos, nada de los que están a punto de ir a morir al cementerio, viejos y asqueados. O sea, el Rey acaba con su estrés y las milongas cortesanas a tiros. Y a los dos días, después de acariciar la dura piel inerte de uno de estos mamíferos placentarios, retorna a Madrid recauchutado y muy dispuesto a hacerle una verónica a los que piden una III República.
     

    Los zarzuelogos, y así son las cosas del poder, tienen ahora pertrechos suficientes para especular sobre el irrefrenable deseo de su casi octogenaria Majestad por  pulverizarse su materia ósea. La Casa Real tendrá que tirar de una precisa habilidad para entusiasmarnos con la idea, si así se puede llamar,  de que la edad de las pérgolas (decía Gil de Biedma) va a ser controlada, y que la senectud va a ser afrontada sin pasiones tan futuristas como manejar el avión, la moto o el coche más veloz, o tan versallescas (aunque sin María Antonieta) como matar a enormes ejemplares de elefantes cuya sangre es la muerte de África. Y si no puede ser, que sea el Príncipe, que tiene que ser muy republicano en gestos y gastos,  el llamado a abordar el hecho natural de la sustitución, y todo ello para que el monarca no mande un día callar a Merkel o confunda en un foro internacional la prima de riesgo con su temor frente a la lustrada melena de un león que tenía atemorizada a la aldea.  A este annus horribilis que busca desfogarse en África, en el tam tam de Botsuana, no le falta un epitafio: la foto del cazador al lado del acalorado (camisa sin mangas) muchacho de la reserva, con las armas en posición de descanso. Y tras ellos, la forzada posición de la pieza abatida, aún con su marfil, y con su cabeza y trompa en posición visible gracias a un bondadoso árbol. El elefante, caído en 2006, no va a tener una prótesis que le sirva para volver a ponerse en ruta.

     

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