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Blog La montaña rusa - Javier Durán

Javier Durán

Es redactor jefe de LA PROVINCIA/DLP. Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid y estudios de Ciencias Políticas por la UNED, además de tener un máster sobre comunicación por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC).

Sobre este blog de

Solemne no es lo mismo que serio; ceremonioso es diferente a protocolario; aburrido es lo contrario de explosivo; triste tiene que ver con pesadumbre; precoz es ser un adelantado... ¿Podemos estar un día, a una hora, en semejantes cambios de tono de la agobiante realidad? Vamos a intentarlo.


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  • 04
    Diciembre
    2013

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    El extraño mundo del arte

    Todavía no repuestos del golpe del mazo en la subasta de Tres estudios de Lucien Freud de Francis Bacon por la astronómica y delirante cifra de 105,8 millones de euros, lanzada al orbe de la especulación artística por una orden de la jequesa de Qatar, insaciable acaparadora de todo lo imaginable: pensemos por un momento en una visita suya al Museo del Prado, y en el miedo de nuestros egregios conservadores ante el capricho del ave rapaz, que tiene el antojo de un Velázquez o un Goya para llevárselo al emporio que levanta sobre la arena del desierto. Habría que explicarle, si lo entiende, claro, que esas obras de arte que ella trata de esnifarse son el alma de España. Así y todo tratará de tentar al déficit de la nación con un suculento cheque...

    Pero decía que aún no repuestos de este mazazo que superó El grito de Munch va y aparece la reciente historia de Cornelius Gurlitt, un tímido e insustancial alemán que escondía en su casa un tesoro artístico sensacional: Marc Chagall, Max Beckmann, Franz Marc, Pablo Picasso, Henri Matisse... Resulta sorprendente el solapamiento en el tiempo entre el irrefrenable ímpetu de la jequesa, deseosa de culturizar su monarquía absoluta cueste lo que cueste, y la aparente entrega del coleccionista por custodiar una herencia cuyo paradero se había difuminado en el tiempo, o al memos había quedado fuera del control de la administración pública germana.

    Dentro de un siglo, por poner un periodo esplendoroso, investigadores de universidades europeas harán estudios para saber cómo el cuadro Los jugadores de cartas de Paul Cézanne acabó en el país del aire acondicionado, de los jeeps negros de cristales tintados, de los petrodólares a destajo y de las mujeres que  luchan por poder conducir. No sería la primera vez que una teocracia (o semiteocracia) se rodea de joyas de arte o de una arquitectura majestuosa para romper el ciclo de la Historia. En el caso de Cornelius Gurlitt no ha pasado tanto tiempo: la policía y los peritos tratan de averiguar cuál es la procedencia de una colección reunida por su padre durante la época nazi, negociada con chusqueros de Hitler o asesinos de monóculo que perseguían un “arte degenerado” que luego ponían a la venta para huir algún día a Bariloche.

    La conservadora del Museo del Prado Manuela Mena escribía con motivo de la venta del Francis Bacon: “Recuerdo la primera vez que lo recibí en el Prado, que ese día estaba cerrado. Le abrí el portón del Botánico, que da al mediodía. Ahí estaba él, envuelto en una extraña luz potente, que parecía suya y no del sol a sus espaldas”. Las obras arte que hacen y deshacen la Historia nunca se agotan. ¿Por qué Johannes Vermeer le puso unas perlas a sus joven modelo? ¿Pintó Velázquez otro Meninas?  Esa fuerza poderosa que encandila a Mena no tiene precio, forma parte del laberinto inextricable y del complejo azar que lleva al tríptico inspirado en el nieto del gran teórico del psicoanálisis a acabar en un emirato árabe. La guerras y el dinero son los grandes impulsores de la movilidad del arte: siempre estará ahí el sueño del historiador que encuentra la gruta donde se protegió el lienzo de las llamas, o el papel escondido, amarillo, que echa por tierra la autoría consolidada. La posesión, por su parte, es la representación de una codicia ambivalente: la repelente idea de una masa ingente de dinero que podría acallar tantas y tantas necesidades, pero también el placer de ver cómo un cuadro (y toda la historia que se arremolina en torno a él) asciende por la espiral hasta romper todas las previsiones posibles. Diríamos que Van Gogh no lo pudo ver, pero el planeta lo disfruta ahora.

    Cornelius Gurlitt, silencioso y de otro mundo, frenó el remolino y logró vivir décadas y décadas con su Jinetes en la playa, de Max Liebermann, su cuadro preferido, dispuesto a la mirada íntima en su discreto piso de Múnich. El secreto, que arrancaba de los cimientos de la II Guerra Mundial, quedó al descubierto por una casualidad. La policía interceptó al anciano en un control y le llamó la atención la respetable suma de dinero que llevaba encima. Decidieron pedir una orden de registro que tardó meses. La espera resultó rentable: colgados, embalados, apoyados en las paredes, metidos en roperos... Allí había un patrimonio de valor incalculable. Sobre el origen, todo tipo de especulaciones: Gurlitt sostiene que es una colección lícita, pero los investigadores sospechan de transacciones que cuajaron bajo el terror antisemita. La lupa tendrá que excavar en éxodos, supuestas operaciones innombrables, en pactos cerrados en el gueto, en la recogida de testimonios de herederos que llevan años y años tras el expolio. El investigado, ajeno a una labor tan inconmensurable, espera que le devuelvan alguna obra para ponerla en venta y pagar la factura del médico que lo trata de su dolencia cardíaca.

    El espeso contoneo del arte parece aletargado, pero de pronto hay un nuevo golpe del mazo, una fuga en el tiempo, y vuelve a tomar el poder el influjo de la creación, capaz de mover las cifras más astronómicas.
     

     

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