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Blog La montaña rusa - Javier Durán

Javier Durán

Es redactor jefe de LA PROVINCIA/DLP. Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid y estudios de Ciencias Políticas por la UNED, además de tener un máster sobre comunicación por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC).

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Solemne no es lo mismo que serio; ceremonioso es diferente a protocolario; aburrido es lo contrario de explosivo; triste tiene que ver con pesadumbre; precoz es ser un adelantado... ¿Podemos estar un día, a una hora, en semejantes cambios de tono de la agobiante realidad? Vamos a intentarlo.


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  • 02
    Mayo
    2012

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    Contra el papanatismo

    El  ensayo La civilización del espectáculo de Mario Vargas Llosa expande su tinta como teoría a destiempo, como si las preocupaciones del escritor por el estallido de la banalización cultural ya hubiesen sido asumidas e incorporadas por el antiguo régimen: los libreros desesperan para que uno de sus títulos se convierta en trending topic y logren un récord de ventas, o un letrista aspira a que un bloguero haga de su poema inspirado en Proust una canción protesta contra los recortes de Rajoy. El autor de La fiesta del chivo echa de menos la verticalidad de la influencia cultural, y no podía ser de otra manera en un Premio Nobel, quizás la única categoría respetable entre la progresiva disolución del poder intelectual. Él mismo, el fallecido José Saramago, el controvertido Günter Grass, Gabriel García Márquez o Carlos Fuentes son a través de su presencia o sus libros la última estirpe de unas vacas sagradas capaces de reavivar el debate de las relaciones entre Alemania e Israel, la inmanencia revolucionaria del castrismo frente a la claudicación del resto del continente o la defensa de la libertad frente al histórico caudillismo latinoamericano. ¿Está justificada la melancolía de Vargas Llosa por un poder que se desmorona? El escritor mexicano Jorge Volpi clamaba hace unos días, en un artículo, contra el elitismo del autor de El sueño del celta, contra su concepción aristocrática de la cultura, manejada y manipulada por unos pocos frente a la democratización que han auspiciado las redes sociales y el contenido gratuito, o contra su alineamiento por el discurso magistral y moralista. Para Volpi, claramente, vamos hacia un mundo mejor, y no hay duda alguna de que nos encontramos en un camino de liberación, pese a que lo antiguo, lo que se desvanece, ha sido sustituido por magnates de la bolsa, algunos imberbes, descorbatados y con aspecto de surferos.
    El miembro de la llamada generación del crack debería ser acusado de complacencia y de falta de objetividad a la hora de calibrar el carácter efímero de la voluptuosa  cultura que trata de derrotar a la anterior. El libro La civilización del espectáculo y su repercusión representa, en sí mismo, la confirmación de que es necesario cuestionar, abrir dudas y esparcir interrogantes sobre los efectos totalizadores, los movimientos globales que tienen la fuerza motriz para cambiar el signo de una época. Como lo fue con las ideologías o las tendencias artísticas que hipnotizaron, ahora también es necesaria la disidencia, la confrontación y no sólo la admiración por dirigismos tecnológicos cuyos usuarios, o navegan en una adánica adolescencia , o se aplican en la confundida idea de que la repercusión alcanzada en la Primavera Árabe es de aplicación en la tradición europea. Por supuesto,  el eurocentrismo yerra una y otra vez, a veces hasta caer en la grandilocuencia, sobre la solidez transformadora de algunos de los acontecimientos que se encuentra en la ruta.
    Más que el entierro o el funeral de un ciclo, yo diría que el libro de Vargas Llosa es la expresión de un liberal (filiación contra la que Jorge Volpi despotrica, y los liberales no son sólo Popper o Friedman), que piensa sobre un estatuto cultural dominante, del que aún  se desconoce cómo será su repercusión en el futuro de la Humanidad. Primero, es una eficaz receta contra los papanatismos, y segundo, ya en beneficio máximo del último mohicano, decir que no es, precisamente, el vocero de una clase dominante a la que pertenece y que teme perder sus privilegios. Barral contaba que mientras él se emborrachaba con los otros del Boom, Mario trabajaba indesmayable.
     

     

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