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La montaña rusa
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Blog La montaña rusa - Javier Durán

Javier Durán

Es redactor jefe de LA PROVINCIA/DLP. Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid y estudios de Ciencias Políticas por la UNED, además de tener un máster sobre comunicación por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC).

Sobre este blog de

Solemne no es lo mismo que serio; ceremonioso es diferente a protocolario; aburrido es lo contrario de explosivo; triste tiene que ver con pesadumbre; precoz es ser un adelantado... ¿Podemos estar un día, a una hora, en semejantes cambios de tono de la agobiante realidad? Vamos a intentarlo.


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  • 20
    Febrero
    2012

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    Asustados

    Ya no son las bombas que llueven del cielo ni el temor que se arrincona en los refugios antiaéreos, son los Consejos de Ministros. Me asusta Soraya Sáenz de Santamaría: cada vez que finaliza la sesión la veo perversa, entusiasmada en su papel de retorcernos el cuello y contemplar luego cómo de nuestras narices sale un hilillo de líquido. Mientras ella recoge sus papeles tras una intervención terriblemente plagada de malos augurios,  mi mirada se pierde entre las cáscaras de fruta. Me digo para mis adentros que  hoy no ha sucedido nada, que todo sigue igual, que no hay retroceso, que han pospuesto las medidas, que mañana será otro día, que aún piso suelo seguro, que le ha tocado a los banqueros, que se han entretenido con los sueldos de los directivos de las empresas públicas...

    Ya no soy una persona normal: ni el homicidio que contemplé en la puerta del zaguán me había afectado tanto emocionalmente. "Tiene que existir una letra pequeña". Y así era: al día siguiente del Consejo de Ministros (aunque también me bebía las comparecencias parlamentarias retransmitidas en directo por televisión) salía muy alterado a la calle para comprar la prensa (el digital no me sirve, mejor el susto rodeado de gente que en privado) y comprobar que había algo que Soraya no había desmenuzado, un apartado de la cláusula del artículo referido a la interrupción de las indemnizaciones que carecen de valor acumulativo. Brutal. Me consolaba con el camarero: "Yo creo que ella sufre. Tengo la impresión, humanista, si quiere usted, que la señora no desea el mal, que restringe y racionaliza la cascada de comunicaciones desalentadoras en un deseo de no desbordar el límite de nuestro susto". Contratado un mes sí y otro no, me miraba con cara de perro desgraciado para añadir: "Usted tardará en superar el síndrome que los une a ellos. Usted se siente solidario, piensa que lo pasan muy mal cada vez que le anuncian un estropicio más en su vida cotidiana. Yo creo que no, que disfrutan, que por fin pueden poner en vigor todas las ilusiones acumuladas en la travesía del desierto y que para ello no les importa convertirnos en unos miserables".
     

      La teoría del camarero basada en la víctima complaciente no le afectó. Hasta empezó a confundir el panorama con una especie de guerra en la que el ejército que tenía la sartén por el mango se guardaba, a buen recaudo, material de importancia. Total que se preparaba para el Consejo de Ministros, la madre de todas las batallas, una obsesión que le llevó a conversar sobre la dimensión de su susto con otras personas que se encontraba por la calle: damnificados, algún catalán que no sabía qué iba a perder al mes siguiente, gente con el IBI atragantado, un lavacoches al que todos los meses ponían a prueba con una bayeta distinta, un empleado de banca que caería fulminado por la concentración de oficinas...

    Un bodegón que sin ningún tipo de acuerdo solía coincidir ante alguna televisión para seguir de cerca la apariciones de Soraya. Todos, sin excepción, tenían cara de susto: un rictus desagradable, una palidez sobresaliente, unos ojos sin brillo, una expresión de cólera, una ropa arrugada, unas camisas con el cuello gastado, unos zapatos con la suela hambrienta... Una vida cargada de viejos BOE manchados de grasa, de recortes de periódicos de meses atrás, de conversaciones en voz baja que anunciaban la caída en desgracia de un viejo colega, de sueños que entraban en campos de margaritas y salían por  eternas colas de personas muy magulladas... Una vez más, como otro día cualquiera, ahí estaba la Portavoz con su tijera de podar y crear trompas de elefante  y algún que otro rinoceronte.

     

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