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Blog ¿Hay vida en Marte? - Jorge Fauró

Jorge Fauró

Jorge Fauró nació en Madrid en 1966. Es periodista. Subdirector de INFORMACIÓN

Sobre este blog de Cultura

Acordes y desacuerdos y otros cantos de sirena.



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  • 01
    Julio
    2012

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    Los años tóxicos

    Los años tóxicos

    Sede central de la CAM en Alicante

    Aquello era una fiesta. Una fiesta casi en el sentido literal del término. Una fiesta del activo y del pasivo, de cuotas participativas, de toque de campanas en el parqué de la Bolsa de Madrid y en las páginas salmón del Financial Times. La fiesta subprime. La fiesta tóxica. Un after hour de preferentes y créditos basura. Roberto López Abad (Alcoy, 1955), el ex director general de la CAM, ahora caído en desgracia y citado como imputado por la presunta comisión de delitos societarios, estafa y manipulación del  precio de las cosas junto a otros cuatro compañeros de correrías financieras en la principal enseña económica que jamás tuvo Alicante, acabó por convencernos a todos de que la “rave” crediticia podía continuar. Quizá no con tanto champán. Probablemente con algo menos de caviar, pero proseguir al fin y al cabo, sin temor a que de repente llegaran los padres en mitad del guateque (el Banco de España, el BCE, el Ministerio de Economía o el sursuncorda) y se encontraran la casa hecha unos zorros y arrasada por los efectos de la orgía inmobiliaria.

    Aquello podía seguir con menos alharacas. Con riesgos, sí, aunque, quizá anticipándose a la popular sátira del alcoyano, Roberto López debió de pensar: “aixó ho pague jo”. Y aquella fiesta acabó convirtiendo a la caja, entonces la cuarta de España en activos, en una “cosa”. Manipulación del precio de las cosas, según sostiene el juez de la Audiencia Nacional Javier Gómez Bermúdez. La CAM como cosa. Sólo hay que imaginar el calibre de lo que se estaba fraguando entonces si tenemos en cuenta que por delante de la CAM, en el segundo y tercer puestos del ránking orgiástico, se hallaban los padres de Bankia, es decir Cajamadrid y Bancaja.

    Acabada la fiesta, arrasada y subastada la casa y reprendidos por sus progenitores (falta por determinar el castigo, si lo hubiera, que de eso se encargará la Audiencia Nacional a partir del 10 de julio), el ex primer directivo de Caja Mediterráneo y otros cuatro anfitriones deberán explicar ante la Justicia qué diablos se cocía en la entidad mientras a toda la sociedad alicantina, en particular, y al sector financiero, en general, se le hacía llegar un mensaje bien distinto al que ahora conocemos y cuyo último balance ha arrojado unas pérdidas de 1.136 millones de euros. Junto a él deberán hacerlo el ex director general de recursos de la CAM, Vicente Soriano Terol; el ex director de planificación y control de la caja alicantina, Teófilo Sogorb; el ex presidente del consejo de administración, Modesto Crespo; y la última directora general de la caja y sucesora de Roberto López, María Dolores Amorós.

    En esta dolce vita de las finanzas, los ahora imputados hicieron creer al establishment económico que aquello era lo correcto. Lo correcto y lo único posible. Corrían los años en que un ladrillo se enseñoreaba orgulloso sobre la cresta de una ola inventada años antes tras la modificación de la Ley del Suelo por el Gobierno de Aznar y que el Ejecutivo de Rodríguez Zapatero no se molestó en corregir. Una ola de mentirijillas, de parque temático, donde una manifestación pública de los ahora imputados adquiría rango de ley por arriesgada que fuese. “¿Financiaron demasiado alegremente en los años buenos?”, preguntaba el firmante de este artículo en una de las contadísimas entrevistas (INFORMACIÓN, 20 de abril de 2008) que Roberto López concedía a un medio de comunicación. La respuesta, leída hoy, es de las que eriza el vello: “Financiamos todos los proyectos que entendimos que eran viables y por tanto tenía sentido apoyarlos. Es verdad que la rotundidad de la aparición de la crisis nos ha causado sorpresa, pero hay que aprender de esas cosas. Posiblemente, hasta agosto de 2007 nadie había oído hablar de las `subprime´. Y hay que decir más cosas. No está mal el nivel de sofisticación al que se llega en un mercado cuando tú puedes ir a un tenderete a comprar una hipoteca sin tener trabajo y sin tener ingresos. No está mal siempre que haya información profunda y transparente para todos los intervinientes, o se refleje en un precio adecuado”. Hipotecas de por vida sin trabajo ni ingresos. La fiesta podía continuar. La CAM como tenderete.

    Y en ese contexto se movían todos aquellos a quienes el juez de la Audiencia ha citado como imputados a partir del 10 de julio.

     

    La terreta feliz

    Reflejo de este espejismo y en el mayor momento de gloria de los presuntos responsables de este expolio, Alicante no era la excepción del universo económico que se movía entre bambalinas. Los libros de visitas de algunos restaurantes de la capital constituyen testigos mudos de aquel ”swinging Lucentum”. En una mesa, Roberto López Abad, Mayra Amorós y Modesto Crespo preparando el camino de éste último a la presidencia de la caja de ahorros; en la mesa contigua, el dueño de Hansa Urbana diseñando su estrategia para acometer inversiones en México y el Caribe con apoyo de la entidad de ahorros; en el restaurante de al lado, el ex presidente provincial del PP, José Joaquín Ripoll, y sus acólitos de partido viendo el modo de controlar la caja y, de paso, aguarle el mandato a Camps; la gente de Camps, en otra punta de Alicante, haciendo lo propio para colocar a un presidente afín al frente de la entidad, un tal Crespo, bien conocido en Elche y Alicante, pero con apenas referencias en el cap i casal y, por supuesto, ajeno al exclusivo club de las grandes fortunas de Valencia; un poco más allá, Enrique Ortiz mostrándose a los periodistas como Marlon Brando en su famoso discurso de Julio César. Pero Bruto, es un hombre honrado.  Todos felices. Tiempos honorables.

    España crecía, el empleo se desbordaba en mitad de un cielo poblado de grúas y las fábricas de Agost no daban abasto con la comanda. Los mercados acababan de dar un aviso gravísimo y revelador, cual era la quiebra de Lehman Brothers, pero desde la cúpula de la caja, erigido ya en pope de la economía bancaria y prestigiosísimo gestor, el ex director general se convertía en su propio y eficaz “dircom” cuando aseveraba en la misma entrevista:

    Pregunta.- Estados Unidos ya ha entrado en recesión. ¿Cree que a Europa le ocurrirá lo mismo?
    Respuesta.- En la UE yo creo que no, y en España desde luego tampoco. Estamos leyendo previsiones de crecimiento para 2008 y para 2009 muy importantes. Discutiremos si es el 2,4% o el 3,1% que dice el Gobierno, o el 1,8% que ha dado el FMI, pero estamos hablando de crecimientos positivos razonables y ajustados a lo que es el nuevo contexto de un país desarrollado y en un entorno euro. Para 2009 se presupuesta algo menos de crecimiento, pero todo el mundo habla también de que se vislumbra una salida a partir de 2010, si no en la segunda mitad de 2009.

    Malditas hemerotecas. Era precisamente esa rotundidad y ese afianzamiento en los argumentos (fallidos, como el tiempo se ha encargado de poner en su sitio) con que los ahora imputados razonaban el descalabro que se estaba gestando, y que prácticamente nadie, salvo los técnicos del Banco de España (los mismos a quienes Teófilo Sogorb remitía los informes sobre los estados de cuentas de la CAM), que ya por entonces ponían sobre aviso (con escaso éxito) a Pedro Solbes, se hacía a la idea de la verdadera dimensión que estaba adquiriendo uno de los mayores fiascos financieros desde la caída del Banesto de Mario Conde. En conversaciones privadas, no obstante, Roberto López reconocía estar “bajando el Tourmalet” con el convencimiento de que si apretaba el freno, las consecuencias podrían ser mucho peores.

    A espaldas de todo el sistema bancario y mientras la caja publicaba imponentes balances presentándose no sólo como una entidad sólida, sino con aspiraciones de superar a su vecina Bancaja, los gestores de la CAM apuntalaban su prestigio a base de golpes de imagen, discursos muy bien hilados y la enorme ventaja de que ni la capital ni la provincia se habían medido nunca en la Champions League de las finanzas. López Abad, Vicente Soriano o Mayra Amorós salían en las páginas salmón de la prensa económica, hablaban de inversiones en la Riviera Maya, de abrir oficinas en cada ciudad de España y de comprar bancos nacionales y de más allá del Atlántico. Apuntaban muy alto y eran lo que había, luego eran lo mejor, sin Botines ni Goirigolzarris que les hicieran sombra en una provincia que acostumbra a mirarse el ombligo y llega a creerse lo de la millor terreta del món.

    La caja celebraba consejos de administración fuera de España y Vicente Soriano estudiaba antes del viaje el mapa de la ciudad para conocer qué zonas eran las idóneas para practicar su actividad favorita, el footing. A menudo, el orden del día era lo de menos. La rumorología sobre el futuro de Roberto López, lejos de ponerle ante un juez de la Audiencia Nacional, le colocaba fuera de la CAM, sí, pero en alguno de los grandes bancos de España o fuera de ella, incluso en Londres, donde se había codeado con los verdaderos gurús de la city y de Canary Wharf cuando la caja quiso jugar a ser grande e intentó comprar Banco Atlántico. Despuntaba Mayra Amorós como directiva de caja de ahorros con más futuro de España porque López Abad, eficiente director de comunicación en funciones una vez más, se había preocupado de gualdrapear su nombre en todos los foros económicos y periodísticos como la bandera que debía ondear en el tejado de la sede principal de la avenida de Oscar Esplá.

    Posiblemente, ninguno de los cinco imputados, salvo Modesto Crespo, pretendía deslumbrar ­-con todo aquel oropel de prestigio cimentado a base de selección natural- a cualquiera de los trabajadores y trabajadoras que no veían la CAM más allá del banco que les custodiaba sus nóminas o les concedía el crédito para la casa o el coche. Pero el espectacular crecimiento de la caja y la espuma generada en lo alto de la ola les llevó a la cúspide del establishment y a pisar moquetas del Paseo de la Castellana inimaginables a finales de la década de 1980, cuando la fusión con la CAPA situó a la institución en el mapa bancario español. Posiblemente, su enorme influencia (las contadas manifestaciones públicas de Roberto López para analizar la situación económica multiplicaban aún más su credibilidad hasta convertirlo en un Krugman a escala alicantina) se convirtiera al final en aldabonazo para afianzar su derecho a blindarse tras indemnizaciones millonarias.

    Su gestión bien lo valía, y sus opiniones también. “En este escenario –se preguntaba en aquella entrevista-, ¿Caja Mediterráneo tiene fortaleza suficiente para aguantar el tipo? “Totalmente. La fortaleza de una
    entidad financiera viene dada por  varias cosas. Somos capaces de generar recursos”, respondía el ex director general. Y añadía: “La caja creció el año pasado [2007, hace sólo cinco años] en margen de explotación en una tasa del 36%. Es decir, somos capaces de generar un flujo de recursos importante, y esa es la mejor garantía de supervivencia. La caja tiene recursos propios por importe de 5.800 millones de euros. Sobre lo que la legislación que marca el Banco de España, supone un exceso de más del 45%; hay más de 1.800 millones de exceso sobre lo que son los recursos propios que nuestro balance necesita. Tenemos fondos de insolvencia muy importantes para cubrir situaciones de morosidad que con toda seguridad se van a producir en este proceso”. Recordemos: pérdidas por 1.136 millones de euros cuatro años después de aquellas palabras.

    Aquel poderío, esa aura de infalibilidad casi papal, dejaba a todo el mundo tranquilo, hasta que dos acontecimientos, uno impredecible y menos el segundo, comenzaron a resquebrajar la potente imagen labrada en la caja desde que López Abad sustituyera en 2001 a Juan Antonio Gisbert como primer directivo: la salida a Bolsa y la elección de Modesto Crespo.

    Había que autofinanciarse. La Bolsa comenzaba a dar síntomas de cansancio, pero salir a los parqués como primera caja de España representó el mayor golpe de efecto de la historia reciente de CAM. Cuotas participativas sin poder político para sus titulares, la economía pura y dura al frente de la caja y el político de turno, por fin, lejos del mangoneo que, ya en tiempos de Zaplana, habían obligado a las cajas de ahorros valencianas a financiar imposibles (esta misma semana se ha vendido Terra Mítica, donde CAM, Bancaja y la Generalitat eran socios de referencia, a precio de saldo. El tenderete, que decía López Abad).

     

    Los dos arquitectos

    Parte de los activos de la caja salieron al mercado en julio de 2008 por un valor de 4.800 millones de euros. Todo aquello hoy no vale nada, y hay que recordar que además del equipo gestor de la caja, López Abad contrató a dos “arquitectos” de prestigio para diseñar la salida a bolsa de la entidad. Uno les sonará menos a lectores poco habituados a la información económica. Se trata de Emilio Ontiveros, presidente de Analistas Financieros Internacionales, buen amigo del ex director general y uno de sus principales cicerones a la hora de introducir a López Abad en los círculos económicos de Madrid. Ontiveros y su equipo se encargaron de dibujar el plano sobre el que la CAM debía guiarse en los parqués. Dónde, cómo y cuándo. Ontiveros fue el invitado estrella de un acto convocado por la caja, la Cámara de Comercio y Coepa para hablar de la situación económica. Fue en octubre de 2008, y la enorme preocupación por la crisis reunió en el Teatro Principal de Alicante a más de 1.400 personas de todos los sectores empresariales de la provincia. En aquel acto ya se habló de la urgencia de que el Estado inyectara dinero a la banca y se propuso sin tapujos, amnistías para aflorar el dinero negro. López Abad: "No seré yo quien lo pida, pero tampoco seré yo quien lo cuestione desde un punto de vista moral. Los casi 60.000 millones de euros en dinero negro que se calcula existen en España, dan para dos años de [funcionamiento de] la economía".

    El argumento, calcado al que acaba de llevar a la práctica el Gobierno de Mariano Rajoy, tiene dos ejecutores: el ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, y el otro arquitecto de la emisión de acciones de la CAM. Luis de Guindos, ex responsable de Lehman Brothers en España (sí, Lehman Brothers) y hoy ministro de Economía, recibió de la caja el encargo de colocar las cuotas participativas en los mercados. Luis de Guindos, el mismo que, lejos aún de intentar salvar Grecia, el euro y Europa entera, se refirió en público a la iniciativa como uno de los productos financieros más atractivos del parqué. Cuatro años más tarde, quienes confiaron en la inversión se resisten a que sus ahorros se pierdan en el sueño de lo que pudo ser y no fue.

    La apuesta de Modesto Crespo como presidente no ayudó a mantener la imagen cada vez más cuestionada de la institución y de sus directivos. Crespo, empresario ilicitano del sector de la automoción, encontró en la entidad el refugio que no consiguió hallar en la patronal de Alicante, algunas de cuyas federaciones venían contestando desde hace años su gestión al frente del metal, sector que acabó fraccionando. Acostumbrados a presidentes de escaso fuste ejecutivo y permeables al poder político, Crespo era el nombre que le dieron a Camps para presidir la caja y que éste aceptó de buen grado con tal de minimizar el poder de los zaplanistas en Alicante. Precisamente, Modesto Crespo procedía del ala más zaplanista de la patronal (como casi todos los dirigentes empresariales, por otra parte), y cuanto mayor era la oposición a su nombramiento, más crecía el apoyo del molt honorable con tal de arrinconar a sus oponentes dentro del partido. Que fuera la cuarta caja de España era lo de menos. A su predecesor, Vicente Sala, al que lo mismo utilizó Zaplana que Camps para que la CAM invirtiera allí donde no llegaban las arcas vacías de la Generalitat, se le atribuía desde las filas enemigas utilizar la presidencia para promocionar sus negocios entre los grandes clientes de la institución. Crespo no llegó a eso: directamente le pusieron un sueldo de 300.000 euros al año con carácter retroactivo en una de las empresas participadas de la entidad. Cuando todo aquello se supo, hacía meses que López Abad había desaparecido de la dirección general con un prejubilación millonaria, nombrado a María Dolores Amorós y convertido a la CAM en escándalo nacional. Los nuevos propietarios, el Banco Sabadell, aún deben de estar preguntándose qué hizo que aquellos directivos, hoy imputados, pasaran por ser lo más granado del sistema bancario español.

    En los últimos días, los clientes de Caja Mediterráneo / Banco Sabadell habrán recibido una carta de presentación del nuevo director general, Miguel Montes. “En esta carta quiero dirigirme antes que a nadie, a usted, que ha sido nuestro cliente y ha confiado en nosotros durante mucho tiempo”. Quizá demasiado.

    JORGE FAURÓ es periodista. Fue jefe de Economía de INFORMACIÓN entre los años 2006 y 2009

     

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