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¿Hay vida en Marte?
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Blog ¿Hay vida en Marte? - Jorge Fauró

Jorge Fauró

Jorge Fauró nació en Madrid en 1966. Es periodista. Subdirector de INFORMACIÓN

Sobre este blog de Cultura

Acordes y desacuerdos y otros cantos de sirena.



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  • 14
    Octubre
    2012

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    La crisis es bella en París (1)

    La crisis es bella en París (1)

    La antigua casa y talleres de Coco Chanel en la rue Cambon de París

     

    La crisis es bella. La crise c'est jolie. Escuché la frase y me enamoré de ella. Se la oí a dos tipos mientras atravesaba días atrás la Rue de la Paix, en el corazón del París charmant y de la grandeur. Una de esas muchas frases que uno percibe en el barullo de la gran urbe, captada a vuelapluma, entre el trasiego de hombros que chocan en un palmo de acera. Hagan la prueba y dense un paseo por cualquier ciudad y anoten todas las expresiones cogidas al vuelo en una calle concurrida; la de la madre al niño, la de la pareja que discute, la de los dos jubilados que arreglan el mundo con las manos cruzadas descansando donde acaba la espalda. El juego casi dadá les va a dar una idea de la sociedad en que viven, y de paso, un tratado de literatura y aforismos.

    Puede que en ese momento, unos centenares de metros más allá de la Ópera parisina, yo entendiera mal, y aquel tipo le dijera al otro que “la Cris est jolie”, pero es mi juego y yo pongo las reglas, y la crise c'est jolie me pareció el aserto definitivo. Y ahora es mío. Nada define mejor a París que esa frase, la de la belleza de la crisis y su miseria envuelta en la pompa, las joyas y los relojes de un millón de euros de la Place Vendôme y los trajes de seis mil euros de la Avenue de Montaigne. Los surrealistas ya habían inventado el concepto: la belleza será convulsiva o no será (Bréton), pero reconózcanme que en 2012, la crisis es bella complementa a la perfección el adagio anterior.

    De eso va este reportaje, del lujo en mitad de la miseria, o de la fatalidad de ser pobre en la ciudad donde vestir démodé es casi delito. Las modas pasan de moda, el estilo jamás, dijo Coco Chanel. París es el estilo, pero también una de las ciudades europeas con mayor número de mendigos a las puertas de las casas de alta costura. La crisis es bella, pero París tiene un problema en las calles mayor que Londres o Madrid. París también pide limosna.

    Creo que es de justicia avisarles de un hecho indisimulable: amo a esa ciudad por muchas razones. Debo admitir que me apenaría más que un incendio arrasara La Coupole que un tsunami sepultara el Bernabeu. La estulticia del patriotismo de aldea se la dejo a Wert. La primera vez que uno visita París se le sale el corazón del pecho cuando se halla ante la Torre Eiffel; la segunda, acude a Montparnasse; la tercera, pasea por los cementerios de Montmartre y Pére Lachaise y muestra respeto ante las tumbas de La Goulue, Jim Morrison y Oscar Wilde. Es de ley. Esta vez, y dado el vehemente interés de mi acompañante por el mundo de la moda, trazamos entre ambos un recorrido a través del lujo insultante como meros espectadores. No hay más que darse una vuelta por los alrededores de la Rue Rivoli o sentarse a examinar el paisanaje en la terraza de cualquier café. O simplemente pasear.

    Nadie sabe dónde va tanto francés a las diez de la mañana. Se supone que a esa hora deberían estar trabajando. Pero no. Los franceses no van a ningún sitio. Los parisinos y las parisinas caminan de un lado a otro de los grandes bulevares sólo para que les mires, para que percibas su aroma a colonia cara y admires sus bolsos de Prada y Loewe; van de un lado a otro, sin rumbo, para que tomes nota de cómo será la moda en España dentro de unos años y te preguntes por qué llevan zapatos de 800 euros con unos cordones de colores a cinco euros el par (2,5 en una zapatería de Montmartre que descubrí dos horas antes de regresar a España). Los parisinos y las parisinas han decidido convertir sus calles en una gran pasarela y en una ostentación de la elegancia. Y les da lo mismo la haute couture que el prêt à porter. Ambas las lucen con el mismo arte. Hasta para ponerles nombre a los barcos areneros del Sena son parisinos: el Catherine Deneuve, el Isabelle Adjani, el Jean Marais. Comme il faut.

     

    John Malkovich anda raro

    Rue Cambon, 12 del mediodía. Objetivo: visitar la central de Chanel, la casa donde vivió y los talleres donde germinó su imperio. Antes hemos atravesado la Rue Castiglione para llegar a la Place Vendôme. La calle huele a perfume. No se trata de una floritura literaria, huele a perfume de verdad a lo largo de toda la calle por obra y magia de Jovoy, la alquimia de la fragancia en la que se preparan todo tipo de esencias a base de aceites, frutos, almizcles, alcoholes, resinas y sándalos a gusto del consumidor. Atiende un tipo impecablemente vestido, botas de cuero por dentro del pantalón, pañuelo rosa al cuello y camisa carísima, un Grenouille del siglo XXI cuyo atavío representa esa delgada línea que separa la elegancia de la extravagancia.

    Con los aromas del hijo de Süskind llega uno embriagado hasta el 31 de la Rue Cambon, a espaldas del Ritz, donde Coco albergaba su otra morada, esa cuya devolución exigió a los alemanes que la habían hecho suya en los años de la ocupación, la misma donde murió en 1971 y en la que pronunció sus últimas famosas palabras: Mira, así se muere. Toma elegancia.

    La entrada al Imperio Chanel representa algo así como los tornos que dan acceso a un parque temático del glamour de verdad, del genuino, con su portero impecable que te abre la puerta con una sonrisa y el pinganillo en la oreja por si acaso, los japos haciéndose fotos con las dependientas, un iPad en cada mesa con acceso único a las colecciones de la actual temporada y un encargada por área cuyo trabajo consiste en rematar el proceso de venta atendiendo al comprador en razón del dinero gastado. Una chaquetita, 2.800 euros; un vestido de calle, 3.500; un abrigo que te cagas, más de 8.000. Al afortunado o afortunada que dispone de tal cantidad le meten en una sala a la vista de cualquiera, le ponen cómodo, trincan su tarjeta, comprueban su solvencia y le convierten automáticamente en un cliente de Madame Coco. En una sociedad en la que la principal virtud es la apariencia, nada viste más que pasearse por esta ciudad con una bolsa de Chanel.

    De vuelta a la Rue Cambon se produce un hecho inesperado. Mientras disparo unas cuantas fotografías del entorno, reparo en que el tipo que acaba de pasar ante mí es John Malkovich. Mi chica lo confirma. Soy bastante mitómano, con lo que mi objetivo inmediato es retratarme junto al actor de Illinois. También tengo bastante jeta, pero dos son los motivos que me impiden parar a Johnny y obligarle a hacerse una foto conmigo. Primero, va hablando por el móvil y está feo que un tipo como yo interrumpa la conversación para pedirle una maldita foto; segundo, el cabrón tiene la misma cara de malo que en las películas y resuelvo que no es un buen momento para toparme cara a cara con él, cara a cara con la muerte. Decido seguirle. La fotografía con Malkovich pasa a un segundo plano cuando me coloco a su espalda y lo estudio por detrás al detalle. Lleva un pantalón vaquero anchísimo y anda raro que te cagas, como si su madre le hubiera puesto Mustela en el escroto y le hubiera advertido: “No cierres las piernas que escuece”. Mi objetivo en ese momento pasa a ser otro. Detener a John Malkovich en plena Rue Cambon y espetarle: “¿Por qué anda usted raro?” Imagino que nos podrían haber detenido en ese momento por acoso, sobre todo, cuando el actor advirtió nuestra presencia cercana y resolvió que era mejor hacer como si siguiera hablando por teléfono. Se cambió de acera y nosotros con él, hasta que se metió en ese templo de la gastronomía francesa que es Alain Ducasse y optamos por continuar con nuestro periplo parisino. A partir de ahí, yo esperaba ver actores por todas partes. De hecho, al día siguiente, en el Café de la Paix me pareció reconocer a Bruce Willis, hasta que le vi de cerca y comprobé que no. Estuve por acercarme a su mesa y gritarle: “¡Impostor! ¡Tú no eres Bruce Willis!”

    (Continuará)

     

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