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¿Hay vida en Marte?
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Blog ¿Hay vida en Marte? - Jorge Fauró

Jorge Fauró

Jorge Fauró nació en Madrid en 1966. Es periodista. Subdirector de INFORMACIÓN

Sobre este blog de Cultura

Acordes y desacuerdos y otros cantos de sirena.



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  • 19
    Diciembre
    2010

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    La chica de la línea 20

    La chica de la línea 20

    Jamás volví a verla. Nuestro encuentro apenas duró lo que tardaba entonces el autobús de la línea 20 (Sol-Moratalaz) en cubrir el trayecto entre Cibeles y Artilleros. Rubia, pelo corto, cara de asustada, azul cielo en sus ojos, alta, muy delgada. Tíñela de negro y se parece a Trinity. Vestía vaqueros con los bajos metidos dentro de unas botas que le cubrían hasta la mitad de la tibia, y una cazadora tres cuartos color granate abrochada hasta arriba. Quizá una bufanda alrededor del cuello, anudada sin demasiada presión y con la vuelta aflojada para sobrellevar el sofoco de un autobús lleno de pasajeros. Era un viernes de invierno y yo regresaba otra tarde más del centro, posiblemente con una bolsa de discos de Madrid Rock en una mano y la otra agarrada a la barandilla de seguridad del vehículo. Llevaba zapatos de rockabilly de ante azul, calcetines amarillos y un pantalón negro por encima del calzado. Una gabardina de oficinista remataba un terno de la época coronado con un tupé que había trabajado varias horas ante el espejo. En la bolsa, quizá Ghost in the Machine de Police o Tommy de los Who.

    Nuestras miradas se cruzaban, se clavaban una en otra durante unos segundos y volvían a dispersarse, huidizas. Era ella. Sabía que era ella, que aquella chica dulce de ojos tímidos era lo que yo andaba buscando hacía tiempo. Su mirada decía: “Sí, chaval, soy yo. Soy yo y eres tú. Yo quiero un tipo como tú”. Nuestros pensamientos comenzaron un diálogo sordo sin freno:
    - Estoy sola, no tengo amigos.
    - Yo tampoco, niña, apenas uno o dos.
    - ¿Me llevarás a conciertos?
    - Claro, niña, te llevo mañana al Rock Ola a ver a Gabinete o el viernes que viene al Mendel a ver a Parálisis. Hay un grupo nuevo, gallego, que hacen unas canciones preciosas jamás oídas hasta ahora.
    - Sí, me suenan. Dime algo.
    - Ya quisiera, pero no puedo, no me atrevo.
    - Yo tampoco.

    Cuando el autobús entró en el barrio advertí que el tiempo se me acababa. ¿Y si se bajaba en la próxima? ¿Y si era yo el que abandonaba antes el bus? La habría seguido hasta saber su parada para ir al día siguiente en su busca, rastrear el barrio y hacerme el encontradizo.
    - A lo mejor no eres de este barrio y vienes de visita; a lo mejor has venido a hacer de canguro para un niño cuyos padres tienen una cena esta noche. Quizá vivas en Palomeras y hayas cogido el 20 en Cibeles tras hacer transbordo desde el 10. ¡Dime algo, coño!
    - ¡Dímelo tú, jolín!
    Sí. Ella era de las que decía jolín. No me imaginaba oyéndola decir joder, o me cago en tu puta madre, o contando chistes de maricas o de negros. Ella no podía ser así. El fin de semana anterior me lié con una chica del Barrio del Pilar que se parecía a Chrissie Hynde que rompió todo el encanto cuando le dije que se corriera a la derecha en el asiento trasero de un coche. “Vas a hacer un río [si me corría yo, se entiende]”, y el mito de Chrissie Hynde se me vino abajo. Por eso la chica del 20 no podía decir esas cosas. Seguramente querría que escucháramos juntos a los Psychedelic Furs o a Echo & the Bunnymen; o descubrirme a algún cantante francés de moda en París. Sí. Podría ser francesa y no entender nada de aquel juego de miradas ni de aquel enamoramiento estúpido de adolescente que me acaloraba con cada arrancada del autobús.
    El vehículo se detuvo en la parada de Pablo Garnica, frente a unos grandes almacenes, y mis esperanzas se fueron detrás de esa chica maravillosa de aspecto tímido.
    Su parada estaba muy cerca de mi casa. Volví en la mañana del sábado deseando verla, pero no hubo suerte. Por la tarde regresé a casa a la misma hora en el mismo autobús, y tampoco la vi. Anduve buscándola cada día durante unas semanas. Veía a muchos pasajeros con los que coincidía un viaje tras otro: el señor mayor del paraguas, la señora gorda del carro de la compra, aquel compañero de un amigo mío del colegio que estudiaba administrativo en una academia de la Puerta del Sol; al actor de Crónicas de un pueblo que hacía de cartero y vivía en mi barrio. Pero nunca más volví a verla a ella.

    Han pasado más de 25 años y aún a veces, cuando tomo el 20 observo uno a uno a los pasajeros y busco esos ojos tristes y esos vaqueros metidos dentro de unas botas negras que cubren hasta la mitad de la tibia. Esta noche he vuelto a escuchar Behind blue eyes de los Who y he pensado en ella. Al actor de Crónicas de un pueblo sigo viéndole de vez en cuando, con su gorra calada, su bufanda y el mismo aire de fracaso que yo sentí cuando un día tras otro dejé de verla.

    PUBLICADO EL 5 DE JUNIO DE 2009

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