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Blog ¿Hay vida en Marte? - Jorge Fauró

Jorge Fauró

Jorge Fauró nació en Madrid en 1966. Es periodista. Subdirector de INFORMACIÓN

Sobre este blog de Cultura

Acordes y desacuerdos y otros cantos de sirena.



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  • 07
    Octubre
    2013

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    Jaime Urrutia, palabra de honor

    Jaime Urrutia, palabra de honor

    Jaime Urrutia, durante el pasado Iberia Festival

    En una impagable conversación a tres bandas, a pie de costa y con sendos tercios de Mahou en la mano, Jaime Urrutia le espeta a Carlos Segarra: “¿Cómo es posible que este hombre sepa cosas de mi vida de las que ya ni me acordaba?” Carlos Segarra es el líder que ha mantenido viva la llama de Los Rebeldes durante más de tres décadas, el último rocker de este país, amigo mío hace más de diez años y un tipo sorprendente, inteligentísimo, del que ignoro de dónde saca el tiempo para saber todo lo que sabe. Jaime Urrutia es el último juglar que le queda a Madrid (con permiso de Sabina), a ese Madrid decadente que tanto amamos él y yo, un artista del verso y del costumbrismo, castizo, magnífico conversador, y que lleva 30 años escudando su evidente timidez en un manto de chulería y arrogancia que se desvanece a la tercera oración, en cuanto se siente a gusto en la charla. Si le toca ponerse a la defensiva te mata con una frase, pero ese momento no llega casi nunca, porque Jaime es un obrero de la música y una rara avis en su gremio, un tipo curioso, pero no en el sentido de que despierte la curiosidad en terceros, sino la clase de persona, al igual que Segarra, que sabe que no lo ha aprendido todo en la vida y que continuamente busca en los demás la seguridad de que al acabar la jornada sabrá cosas nuevas. No es Loquillo, pero eso es otra historia. Y por último, este hombre al que Jaime Urrutia aludía en la conversación mencionada al principio, soy yo, y es probable que Jaime exagerara cuando dijo que conozco aspectos de su música que hasta ahora él ignoraba, pero no anda muy lejos. Yo soy el fan.

    Escribo sobre Jaime Urrutia porque está de actualidad. Acaba de salir triunfante del Iberia Festival, donde tuvo la deferencia de dedicarme “Golpes” ante más de seis mil personas.”A mi amigo Jorge Fauró”, dijo. Aún lo estoy procesando. Pocos de quienes se lanzan a la plaza del pueblo a bailar “La culpa fue del cha cha chá”, que tantas orquestas de feria españolas llevan descerrajando en su cancionero desde 1989, pocos de éstos, decía, conocen “Golpes”, una canción escrita en 1981 entre Jaime y su hermano que se editó por primera vez en single a comienzos del año siguiente, en un histórico 45 rpm compartido con Parálisis Permanente, a quienes Jaime hacía también guitarras. Era el primer single de Gabinete, y para muchos de mi generación, desde ese momento nuestra concepción de la música cambió por completo. Que apenas seis años después de la muerte de Franco la radio pública emitiera una canción sobre un tipo que encuentra el placer en el dolor de ser golpeado en una relación sadomasoquista era como para que no pasara desapercibido a oídos inquietos. Las radio fórmulas ni se enteraron, y los que años después consideraron “Camino Soria” la madre de todas las canciones no creo que conozcan todavía de la existencia de aquella primera maqueta que incluía, además de “Golpes”, tres obras maestras de menos de cuatro minutos de duración: “Olor a carne quemada”, “Cómo perdimos Berlín” y la incorrectísima (y nunca editada por la propia banda), “Tren especial”, que cuenta el viaje en vagones de ganado de los judíos hacia los campos de extermino alemanes.

    Jaime Urrutia es de lo poco que queda de aquella irrepetible generación de artistas que hace 30 años pusieron al día a España tras la dictadura de Franco. Algunos se quedaron por el camino, como Antonio Vega o Enrique Urquijo. Jaime conforma una de esas valiosísimas joyas de anticuario que Enrique Bunbury definió en una canción como los restos del naufragio, ya saben, Jaime [Urrutia], Santiago [Auserón], El Loco [Loquillo] y Andrés [Calamaro].

    Le han etiquetado en numerosas ocasiones como el creador del rock torero, un género inédito hasta su creación y original por su temática, pero el calificativo se le queda corto por cuanto alude a una etapa muy concreta de su carrera como compositor y a un puñado de grandes temas que no representan, sin embargo, la globalidad de su cancionero. Si hubiera vivido siglos atrás, Jaime Urrutia habría sido un juglar arrojado a la empresa de cantar lo que pasa en la calle. Jaime y Gabinete hicieron del costumbrismo su santo y seña, y de la calle y sus frases hechas el motivo principal de las más de sus composiciones. Hay que dejar los singles a un lado y meterse de lleno en los elepés para constatar este hecho, escuchar atentamente “Malditos refranes” o “La canción del pollino” para advertir que en esas letras se describen -como nadie ha sido capaz de hacerlo hasta ahora- los hogares españoles, las clases medias y la gente normal. Jaime es un músico que de una frase hecha construye una canción perfecta (“Tierra de nadie”, “Que Dios reparta suerte”, “Amor de madre”, “Palabra de honor”, “Sólo se vive una vez”, “Delirios de grandeza”, “Castillos en el aire”, “[Por los clavos de Cristo] Qué barbaridad”, “Lo que no está escrito”, “Un petardo en el culo”. Su fuente de inspiración está en los bares, en la calle y en una conversación trivial con la vecina.

    Su timidez inicial, curada seguramente a lo largo de años de giras y de sus colaboraciones en radio con Ariel Rot, no le han impedido nunca decir lo que piensa, bien a través de canciones (hay que escuchar “Underground”, su visión sobre el movimiento indie de los 90, o “Subid  la música”, la opinión en forma de letra más preclara que se haya hecho jamás sobre los críticos musicales), bien a través de las contadas manifestaciones públicas que la prensa musical le permite. La última joya salió de su boca, precisamente, semanas antes de actuar en el festival tomado como excusa para este artículo: “Yo hago canciones que la gente recuerda  a lo largo de los años, algo que no pueden decir los grupos actuales”. Figura.

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