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Enric G. de San Miguel Gutiérrez de San Miguel Figuera

Trabajador en un hospital.Colaborador de Revista Ulises(edit Liebre de Marzo), Webislam, Instituto de Indología y otros medios, ocasionalmente.Traductor(inglés-español) Free lance.Nací en Mahón,1971.Vivo en Palma

Sobre este blog de Sociedad

Trataré en la medida de lo posible de traer a presencia con la escritura enfoques que no son muy frecuentes en los medios de comunicación, así como traducciones.En la medida en que mi trabajo me lo permita, y no esté muy cansado, trataré de actualizarlo con frecuencia.Posiblemente introduzca fotos h...


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  • 04
    Enero
    2013

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    Vuelta

     Llevaba cuatro días en Bodh Gaya. La mayor parte del tiempo lo había pasado visitando lugares de culto budistas. El árbol bajo el cual Buda alcanzó al parecer la iluminación y decenas de templos construídos con capital de los distintos países asiáticos por donde se extendieron las ideas de Buda. También leía aforismos o dichos de Buda y contemplaba. Escribió Joan Mascaró que ' Europa es acción. Asia es contemplación. El ideal de Europa es descubrir trabajando: el de Asia descubrir reposando...'. La situación ha cambiado bastante desde entonces. Europa y EEUU, sirven al sistema usurero internacional e impiden que ningún país, por ejemplo, vuelva al patrón  dinerario refrendado en oro. El sistema monetario internacional impuesto por Occidente al resto del mundo no tiene ningún valor intrínseco y tiraniza a la humanidad, creando hambre y guerras. Generaciones en Europa hemos sido programados para asentir a este mayúsculo crimen concebido por las élites. En Asia los dirigentes, en general, imitan a Occidente aunque por fortuna, hay fisuras. Occidente se apoya en los petrodólares y ha sido secuestrado por el sionismo.

    Bodh Gaya está situado en el estado más paupérrimo de India, Bihar. Muchos tienen que emigrar. El tercer día salí de los lugares de peregrinación, y con unos conocidos nos adentramos en una zona rural. Caminamos unas dos horas bajo un sol abrasador pisando una arena ardiente y dimos con un pequeño poblado de chozas donde encontramos a unos niños dando vueltas a una especie de noria con la que sacaban agua. Tenían las manos duras y el limo incustrado en la piel. Al vernos sonrieron con un entusiasmo y una suavidad difícil de describir. No vimos adultos, ni escuelas. Tampoco hospitales, sólo unas pocas mujeres. Los críos iban descalzos y eran ajenos a las remotas y milenarias ruinas que rodeaban su aislado poblado. Ruinas dispersas de construcciones de alabastro raidas y muy hermosas, sobrevolaba una intuición antigua, tal vez certera, que me acompañaba desde la infancia y que nació en algunos lugares del bosque de Bellver, extendiéndose en pueblos y medinas del sur de España, y que se constituían en signos poéticos que me llevaban a sentir e imaginar civilizaciones mucho más avanzadas que ésta. 

    Ese cuarto día debía regresar a Varanasi en un tren que pasaría por Gaya a media tarde. Me acompañaba una amiga nórdica artista que había conocido unos días antes y a la que no le agradaba viajar sola pues no se sentía segura, como muchas mujeres occidentales en India. Si los nativos notan que pueden estar acompañadas no se atreven a molestarlas.

    Nos detuvimos a comer algo en un pequeño restaurante. Poco tiempo después mientras caminaba noté violentas e incesantes arcadas que sacudían con una agitación volcánica todo mi cuerpo. Me sentía muy mal, cada vez peor. Un sudor frío acompañado de temblores y, por si esto fuera poco, una creciente debilidad, una sed insaciable y una diarrea  extrema que me obligaba a detenerme cada pocos metros, esconderme y expulsar ingentes cantidades de  líquido. Con la ayuda de esta amiga entré en la estación. Me desmayé...

    Algún tiempo después abrí los ojos. Desde el suelo vi como una multitud de indios me contemplaban en silencio, muy serios. Eran tantos que no podía ver el cielo. Al rato vino un médico y me formuló algunas preguntas, una de ellas fue : '¿ qué has comido?

    -Palak Paneer

    Me puso una inyección en el brazo derecho y glucosa en un litro de agua. Quise pagarle pero se negó a aceptar dinero. Le di las gracias. Me ayudaron a levantarme cuando llegaba el tren, completamente abarrotado de peregrinos que se encaminaban a Kashi(Varanasi) desde distintas aldeas de Bihar. Un hombre al verme tan disminuido, se levantó y me  ofreció con un gesto su litera. Me tumbé y algún tiempo después estaba recuperado como si nada hubiese pasado. Aunque parezca increíble disfruté la segunda mitad del viaje. Me levanté  sin secuelas. Los síntomas habían desaparecido y seís horas después, de madrugada, llegábamos a Varanasi, gracias a Dios...

     

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