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Enric G. de San Miguel Gutiérrez de San Miguel Figuera

Trabajador en un hospital.Colaborador de Revista Ulises(edit Liebre de Marzo), Webislam, Instituto de Indología y otros medios, ocasionalmente.Traductor(inglés-español) Free lance.Nací en Mahón,1971.Vivo en Palma

Sobre este blog de Sociedad

Trataré en la medida de lo posible de traer a presencia con la escritura enfoques que no son muy frecuentes en los medios de comunicación, así como traducciones.En la medida en que mi trabajo me lo permita, y no esté muy cansado, trataré de actualizarlo con frecuencia.Posiblemente introduzca fotos h...


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  • 16
    Octubre
    2012

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    Juan Wilhelmi III

    Continuamos con la entrevista con Juan Wilhelmi( ver biografía resumida en la primera parte, y su artículo sobre la crisis económica en la segunda).. A modo de resumen, el lector encontrará un cuestionamiento y una  extensión del concepto de legitimidad, explicada a través de procesos históricos, y también razones por las que es pertinente luchar por un mundo más justo.

      El éxito de " la contrarevolución oligárquica ", como escribes, ha

    triunfado de la mano de la ley y con " gobiernos democráticos ". Esta
    guerra económica amparada por la violencia institucional es legal.
    ¿Crees que se puede revertir esta situación con los mismos medios que
    nos han llevado a esta situación?
     
    Creo que el concepto fundamental que debe examinarse para responder a
    tu pregunta es el de “legitimidad”. Los gobiernos pueden forzar la
    interpretación de las leyes, promulgar nuevas que contradicen las ya
    existentes e incluso utilizar la violencia para imponer sus
    decisiones, y sin embargo su acción puede ser considerada como
    legitima por parte de los ciudadanos. Si logramos hacernos una idea de
    el contenido del mencionado concepto tendremos mucho camino avanzado.
            Yo definiría la legitimidad como la creencia, por parte de los que
    obedecen, de que los que mandan tienen derecho a hacerlo y que, por
    tanto, sus decisiones deben ser acatadas. Esta creencia se implanta en
    la conciencia de los de abajo con la ayuda de los aparatos ideológicos
    que han puesto en pie los de arriba. En tiempos del Antiguo Régimen la
    iglesia era el principal de ellos y se presentaba el dominio absoluto
    de las monarquías como algo que emanaba de la voluntad de Dios. En
    nuestros tiempos la legitimidad se obtiene por medio del voto. Una vez
    elegidos, los políticos se consideran legitimados para hacer lo que
    mejor les parezca (incluso cambiar la constitución en cuyo marco se
    celebraron las elecciones), sin dar cuenta a nadie de sus actos. Al
    ciudadano le queda la posibilidad de votar, acabada la legislatura,
    por otro partido, pero dada la homogeneidad de los partidos
    mayoritarios en la mayoría de los países esta posibilidad queda
    reducida a saltar de la sartén al fuego para, transcurridos cuatro o
    seis años, saltar del fuego a la sartén. ¿No podría pensarse que en
    situaciones extraordinarias fuera elegido un gobierno afecto al pueblo
    que utilizara la legitimidad democrática para seguir una política
    favorable a los intereses de la mayoría? ¿Considerarían las élites
    económicas a este gobierno como legítimo y se someterían a sus
    decisiones?
            Volvamos al caso del Antiguo Régimen. Proviniendo la legitimidad de
    los reyes de la gracia de Dios y siendo el Papa el vicario de Cristo
    en la tierra, este último podía privar de su legitimidad al primero
    eximiendo a los súbditos de obedecerlo. Esto ocurrió más de una vez y
    los resultados fueron feroces enfrentamientos entre la monarquía y el
    papado. Unas veces gano el Papa —como cuando el emperador de Alemania
    Enrique IV se vio obligado a presentarse ante él en Canossa y pedirle
    humildemente que levantara el decreto de excomunión que contra el
    emperador había pronunciado el Papa—, y otras el rey —como cuando
    Enrique VIII, Inglaterra rompió con Roma y se convirtió en cabeza de
    la iglesia anglicana—. En estas disputas la victoria caía siempre del
    lado del más poderoso, no del más legítimo. Los conflictos de
    legitimidad se resuelven siempre por la fuerza cuando la situación se
    agrava hasta el límite.
            Situándonos en el presente, ¿aceptaría Emilio Botín la legitimidad de
    un gobierno que nacionalizara el Banco de Santander? No olvidemos que
    quien pagó el inicio de la sublevación de Franco contra una república
    absolutamente legítima fue el financiero Juan March, cuyos
    descendientes poseen uno de los bancos más saneados de España. Confiar
    en la legitimidad del voto para cambiar la estructura social es un
    piadoso sueño. Para despertar de él sólo debemos recordar que
    gobernantes legítimos como Chávez y Correa han sufrido golpes de
    Estado que sólo pudieron superar oponiendo la violencia de sus
    partidarios a la de los golpistas. Allende no tuvo la misma suerte.
            La legitimidad es un instrumento ideológico que las clases dominantes
    utilizan, con ayuda de sus intelectuales a sueldo, para producir una
    determinada forma de ver las cosas en las clases dominadas, pero esta
    situación no puede revertirse a favor de estas últimas. Las clases
    dominantes no aceptarán nunca otra legitimidad que no sea la suya por
    que “conocen el secreto”: saben lo que es la legitimidad porque pagan
    para producirla.
            La idea de que el poder del voto podía hacer evolucionar a la
    sociedad desde el capitalismo hacia una sociedad más igualitaria fue
    acuñada por Berstein y Kautsky quienes la convirtieron en el
    fundamento ideológico de la socialdemocracia, y ya hemos visto como ha
    acabado la socialdemocracia.
            No quiere decir esto que haya que renunciar a la lucha parlamentaria
    sino que hay que ser conscientes de sus limitaciones. Al capital
    financiero no se lo expropia con votos (como rápidamente advirtió
    Miterrand en el 81) sino oponiéndole una fuerza mayor de la que éste
    usa para explotar y oprimir. Las fuerzas que tendrían que alzarse
    contra el sistema para revertir la situación actual tendrían  que ser
    tan grandes que no hay motivo para que consideraran que su objetivo
    último debía ser volver a los dorados años sesenta y de detener ahí su
    lucha; muy bien podrían seguirla hasta conseguir una sociedad no
    capitalista.
     
     
     
     En el mismo sentido defiendes que "...no hay soluciones puramente
    económicas a esta crisis, sólo políticas...". Hoy se ha sabido que
    para el 26% de los encuestados la clase política española es uno de
    los principales problemas. Ellos no se dan por aludidos y la
    ciudadanía sabe que éstos no van a sacarle de la miseria.¿Hay
    solución, o sólo amarga resignación?
     
    Siendo absolutamente individualistas, la resignación podría ser una
    actitud práctica a la situación actual, pero quien la adopte tiene que
    desentenderse de la suerte que vayan a correr sus hijos, sus hermanos,
    sus compañeros de trabajo, desentenderse, en fin, de la suerte de
    todos los otros. Además quien así actúe debe ser un individuo bastante
    optimista y pensar que el despido, el desahucio, la miseria no lo
    tocarán a él. Si estuviera seguro de su propia desgracia, encontraría
    fuerzas para luchar aunque sólo tuviera una mínima esperanza.
            Se lucha por dos razones. La primera es porque se ven posibilidades
    de victoria. La segunda porque aún siendo éstas casi inexistentes uno
    no puede resignarse al triunfo de la opresión. José Martí expuso esta
    postura de forma admirable: un hombre decente, escribió, es el que
    siente en su cara toda bofetada propinada en un rostro ajeno. Quizás,
    en lo que individualmente nos toca, podríamos resignarnos a un
    empeoramiento radical de nuestras condiciones de vida, pero ¿y los
    demás? ¿Y los rostros ajenos? ¿Podemos resignarnos a no ser decentes
    en el sentido que decía Martí?
            Por otra parte, de la memoria de las derrotas de hoy pueden surgir
    las victorias de mañana. De la pasividad de hoy sólo puede seguirse un
    mañana peor, un mañana en el que los más oprimidos no tengan
    conciencia de serlo y crean que su situación corresponde al “orden
    natural de las cosas”. Ya tendremos tiempo de resignarnos cuando
    estemos muertos. Hoy debemos luchar por la esperanza aunque sea contra
    toda esperanza.
            De mi respuesta es fácil deducir que no soy muy optimista con
    respecto a posibles soluciones de la situación actual, pero una cosa
    aprendí de joven: la victoria contra la opresión puede hacerte libre a
    largo plazo (la lucha es difícil, larga y de resultado incierto), pero
    la decisión de luchar te hace libre de inmediato. En el mismo instante
    en el que te decides a luchar contra la opresión ya te has liberado de
    ella.

     

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