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Daniel Capó


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  • 20
    Diciembre
    2015

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    La España ingobernable

    Los resultados del 20-D reflejan el veloz crecimiento de la indignación. Se trata de un sentimentalismo de inyección rápida y declinación populista. De la vieja política molestan, sin duda, muchas cosas: el veneno de la corrupción metastizada en los grandes partidos, los vicios estructurales adquiridos durante décadas por los poderes públicos, la insensibilidad social confundida con el cinismo o al revés, la ausencia de soluciones inmediatas a problemas que no los tienen, ni aquí ni en ningún otro lugar. De hecho, España no se distingue demasiado del resto de la Europa afectada por la crisis financiera de 2008. En Francia asciende la extrema derecha del Frente Nacional, en Grecia gobierna la extrema izquierda de Syriza, en Polonia o en Hungría gobiernan partidos ultranacionalistas e incluso el Reino Unido coquetea con la salida de Europa. España sólo confirma unas tendencias ya en marcha.


    Como en un escenario movido por sonámbulos, el populismo ha llegado para quedarse. La italianización de la política española busca dinamitar los consensos del 78, ofreciendo a cambio la promesa falsa de un Edén impoluto. Quizás sea lo natural. Si analizamos el éxito de Podemos –el gran triunfador electoral de la noche–, percibimos una clave importante: el voto útil del miedo ha resistido frente al de la ira contra los partidos centrales de nuestra democracia. Gracias a una gran campaña perfectamente medida en sus mensajes, Podemos ha sabido capitalizar este sentimiento en contra de los partidos de la estabilidad. El PSOE, en concreto, sufre una tormenta perfecta, canibalizado por todos los frentes.

     

    El PP, por su parte, se ha visto castigado por el olor intenso de la corrupción, los ineludibles recortes de principios de la legislatura –cuando España se asomaba al abismo– y el desdén de Rajoy por el debate ideológico. Lo cierto es que el presidente saliente deja un país con mejores perspectivas económicas que hace cuatro años, aunque mucho más complicado social y políticamente. El abismo que ahora se abre es otro: el de una España ingobernable.


    Podemos y Ciudadanos representan los valores de la nueva política. Ambos carecen de pasado, al menos en lo que concierne a la experiencia de gobierno. Pero uno y otro apelaban a países muy distintos, casi opuestos. El discurso de Ciudadanos podría confundirse con el de Obama en Estados Unidos o con el de un socialdemócrata escandinavo. Ha defendido la libertad de mercado, la apertura a la competencia y a la protección social. Se trata de un discurso moderno pensado para jóvenes profesionales, urbanos y políglotas; sin embargo, carecía de auténtica transversalidad social. Durante la campaña, Albert Rivera no brilló a gran altura: se mostró excesivamente nervioso en el debate a cuatro y, ante las preguntas incómodas, optó siempre por la corrección política. Su concepto de “centro perfecto” dio la sensación de estar a medio hacer o de ser un producto de marketing. Quizás ambas cosas sean ciertas. Y, si en Cataluña gran parte de su éxito se debe a su contundencia contra el nacionalismo, su mensaje no ha sido igual de contundente en el resto del país.

     

    Rivera quería pescar en todos los caladeros y ha terminado perdiendo muchos posibles votos. Algunos habrán regresado al PP. Otros, sin embargo, han volado hacia Podemos. Puede parecer paradójico, pero no lo es. El punto que unía a la nueva política era el hartazgo en contra de los partidos mayoritarios, aunque sólo Iglesias ha hecho del malestar el único tema de su campaña. Sólo él lo ha capitalizado. Con estos resultados, Rivera es el nuevo centro y tiene el peso que le corresponde. Iglesias, en cambio, ha crecido hasta convertirse en alternativa al PSOE.


    La nueva política se escribe con un alfabeto viejo. España se divide en dos bloques ideológicos más enfrentados que antes. El fracaso de (casi) todos es evidente. Sánchez ha sido un líder nuevo en un partido viejo y la mezcla no ha cuajado. Rajoy ha resistido a duras penas, pero su falta de liderazgo político a lo largo de la legislatura le ha pasado una factura brutal. Rivera es víctima de unas expectativas irreales y de un programa reformista que no representa, a día de hoy, la centralidad del país. Sólo Iglesias puede vender unos resultados sorprendentes por su magnitud. Los viejos partidos no han muerto del todo, aunque ven sus posiciones amenazadas. La nueva política nos llega con su rostro más populista.

     

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