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Pilar Garcés


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  • 26
    Enero
    2012

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    Y es que te juzga cualquiera

    No va a ser tan descabellado coincidir con José María Ruiz Mateos, que hace dos días se presentó en los juzgados de Palma para responder de presuntos delitos de estafa y dijo: "A los jueces me los paso por los huevos". Otros como él pueden presumir de semejante afición. En Madrid, dos organizaciones ultraderechistas formadas por cuatro gatos han puesto al tercer poder del Estado a su servicio y han conseguido sentar en el banquillo al juez de la Audiencia Nacional Baltasar Garzón por investigar los crímenes del franquismo. Un circo. Me pasma ver por la tele a esos magistrados del Supremo haciendo como que escuchan con toda seriedad las argumentaciones de dos asociaciones mindundis como Manos Limpias y Libertad e Identidad, nombres rimbombantes que en realidad esconden a la media docena de propietarios de brazos en alto que un par de veces al año, y en parques apartados, celebran que si el cumpleaños del caudillo, que si el bombardeo de Gernika. Y pasas por su lado y te alegras de que sean tan pocos y tan mayores, con sus gafas de sol demodés y sus correas que ya no les cierran bien los barrigones, pero prefieres que no se extingan por completo porque así no nos olvidamos del horror que fue cuando campaban a sus anchas por España. Memoria histórica se llama a eso también. Pero claro, de ahí a que cojan una parte de tus impuestos y la hagan servir para que todo un alto tribunal patrio se ponga en ridículo internacionalmente media un abismo. ¿Cuántos casos debe tener el Supremo parados desde hace décadas y ahora pierde su valioso tiempo atando en corto a un compañero demasiado brillante, demasiado amado por la gente, y dando carrete a los peores ciudadanos, esos que del imperio de la ley se quedan sólo con el martillo?  

    El primero que pasa y rellena un folio con membrete te procesa y ahí te quedas, dando explicaciones a quien no se las merece. Justificándote, cosa que no tiene que ver con la justicia verdadera. Ahí no hay archivo que valga. En paralelo, el primero que come opíparamente se toma luego un cafelito y aprovecha para hacerle un repaso a la vida personal del prójimo. Es lo que le ha ocurrido a Soraya Sáenz de Santamaría con el arzobispo de Valladolid, Ricardo Blázquez. El prelado ha cuestionado la idoneidad de la vicepresidenta del Gobierno para pronunciar el pregón de la Semana Santa porque está casada por lo civil. Así es la Iglesia, Soraya: le das la mano y quiere el brazo. Le pones todos los tablaos de las Jornadas de la Juventud y las Jornadas de la Familia, le riegas con dinero público los colegios concertados y le abonas religiosamente su parte del IRPF y aún le falta tu bodorrio. Insaciable. De la parábola de la adúltera, Blázquez se queda con todo menos con "no juzgues y no serás juzgado", la Biblia tiene más interpretaciones que el final de Perdidos. Pero la polémica no va a ir a más. Al arzobispo Antonio Cañizares tampoco le gustó el nombramiento de Dolores de Cospedal, una madre soltera por reproducción asistida, como líder del PP castellano-manchego, pero ya no se ha vuelto a oír una palabra de censura sobre la hoy presidenta de esa Comunidad, que fue peineta en ristre a la procesión del Corpus Christi. Por no hablar de los silenciosos divorcios en la familia real. Los pecados de las poderosas suelen ser veniales. Seguro que Blázquez se muestra indulgente e incluso te aplaude tu sermón de la pascua vallisoletana sabiendo lo liada que vas con la reforma sorpresa del sistema de elección del Consejo General del Poder Judicial, para que los jueces que juzgan a Garzón tengan más aún la sartén por el mango. Cómo vas a tener tiempo de vestirte de tul.

     

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